Opinión

La nueva prórroga

Tal parece que el proyecto político se ha convertido en un fin en sí mismo en vez de ser el medio para generar mejores condiciones de vida. | Agustín Castilla

  • 05/12/2019
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En el mitin del pasado domingo con el que López Obrador celebró su primer año de gobierno, no se registraron muchas novedades, pues aunque se trató de un discurso de 80 minutos, básicamente repitió lo que ha venido diciendo a lo largo de estos doce meses en sus conferencias de prensa mañaneras así como en los eventos con motivo del aniversario del triunfo electoral el 1º de julio y de su primer informe apenas en septiembre.

Una vez más quedó demostrada su gran capacidad de convocatoria ya que si bien la movilización desplegada desde los espacios de poder que ahora ocupa la 4T -gobiernos federal y locales, legisladores, sindicatos, partidos políticos- y la actuación de grupos musicales contribuyeron a llenar el Zócalo capitalino, es innegable que cuenta con una importante base de apoyo principalmente por su austeridad personal y cercanía con la gente al hablarles en un lenguaje sencillo, particularmente a quienes por lo general habían sido excluidos, y continuar con sus recorridos por el país -al igual que cuando andaba en campaña-. Como lo ha hecho en cada oportunidad, enumeró lo que considera son los logros de su gobierno poniendo énfasis en los programas sociales y sobre todo apelando más a las emociones -lo que maneja con maestría- que a resultados tangibles.

Por supuesto no hizo reconocimiento alguno de errores en su administración y apenas hizo una breve referencia a los principales problemas del país atribuyéndolos a gobiernos anteriores, al neoliberalismo etc., por lo que no se advierte intención de rectificar en nada -incluso así lo manifestó expresamente respecto a la estrategia de seguridad- a pesar de que claramente ha incumplido, por ejemplo, con el compromiso de pacificar al país en poco tiempo. No olvidemos que en enero López Obrador afirmó que ya se observaba una tendencia a la baja en el índice de homicidios dolosos mientras que en octubre el titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana señaló que se había logrado un punto de inflexión, cuando la realidad es que 2019 terminará siendo el año más violento en la historia y paradójicamente el mismo día de la celebración presidencial se registraron 127 asesinatos.

Quizá lo más destacable sea la nueva prórroga de un año que pidió para consolidar la transformación, pero no parece que su principal preocupación esté en resolver los temas más desafiantes como la creciente violencia e inseguridad así como el estancamiento económico, sino en asegurar que su proyecto político sea irreversible acabando para ello con cualquier resquicio del pasado, lo que en su lógica pasa por desarticular los contrapesos institucionales, las organizaciones sociales que no le sean afines y a todo lo que pueda representar alguna oposición -es de suponer que no le preocupan mucho los partidos políticos que, salvo honrosas excepciones, están prácticamente borrados-.

Tal parece que el proyecto político del presidente se ha convertido en un fin en sí mismo en vez de ser el medio para generar mejores condiciones de vida para los mexicanos, y que su trascendencia está por encima de todo. En este contexto, es de preocupar la polarización social que se ha generado a partir de una visión maniquea, el menosprecio a quienes piensan distinto y la ausencia de diálogo, así como la captura y desmantelamiento de las instituciones. Manuel Clouthier lo ha dicho muy bien “la soberbia del triunfo los ha llevado a pensar que ellos, especialmente el presidente, tienen el monopolio de la verdad y por tanto no hay que escuchar a nadie más”, y también vale la pena citar a Jesús Silva-Herzog Márquez “el empeño por destruir las autonomías, y el desprecio por la capacidad técnica, nos hace enormemente vulnerables al capricho y la arbitrariedad”.