Opinión

La nostalgia es un arma cargada de futuro

La película Youth de Paolo Sorrentino.

  • 07/06/2016
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“El deseo es lo que nos hace estar vivos”.

 

“Dices que las emociones están sobrevaloradas, pero eso es mentira, las emociones son todo cuanto tenemos”.

Youth

 

Quizá las emociones no son “todo cuanto tenemos”, pero si son lo más importante que tenemos. Están allí desde el primer segundo de vida. Antes de la vida fuera del vientre materno, antes que las palabras, antes que la socialización. Están mucho antes de esa primera vez en que nos reconocemos en un espejo y aprendemos a decir: yo. Nos estructuramos con ellas, a partir de ellas, contra ellas. Por eso Youth  (Juventud) es una película fascinante. Una indagación de la vida, del pasado, del presente y de lo indispensable de imaginar un futuro. A cualquier edad.  

 

Una indagación de lo que significa la nostalgia en sus diversas formas. La nostalgia de lo que tuvimos, la nostalgia de lo que quisiéramos haber tenido. La nostalgia de lo que fuimos y no fuimos como una manera de aprehender quiénes queremos ser.  Como un detonador de esperanza y de futuro. El lugar de la memoria. Y del deseo. Los protagonistas son dos amigos cercanos a los ochenta años: Fred, un director de orquesta  y compositor que no quiere nunca más estar al frente de una orquesta y que se describe – en esos momentos de su vida- como un “enfermo de apatía”, y su mejor amigo: Mick, un director de cine que pasa toda la película trabajando en su próxima película.

 

Lena, la hija de Fred “hija y asistente de su padre”, abandonada por su marido quien le confiesa -en un aeropuerto- que se enamoró de una diva del Pop. Los jóvenes compañeros de Mick en la creación de una película cuyo final no logran decidir.  La joven masajista que no habla “porque nunca tengo nada que decir”, y que pasa horas bailando a la manera de la estrella que mira en la pantalla. El joven actor de cine que observa la vida con su distancia escéptica, mientras estudia a su próximo personaje.

           

Un futbolista con problemas de obesidad que habla castellano, tiene tatuado un gigantesco Marx en la espalda, patea y le da cabezazos a una pelota de tenis y no puede ser sino Diego Maradona.  Con su incondicional esposa al lado, como su sombra. "Para mi generación, en Nápoles, Maradona fue un dios laico al que idolatrar", declaró Sorrentino en una entrevista.  Y “Maradona es mi infancia. Él es el mundo antes de cualquier cosa. La primera idea para la película, de hecho, nació de visualizarle en el hotel al que fue a desintoxicarse”.

 

Las generaciones deambulan y se entrecruzan en el espacio de un balneario suizo. Youth no es una película “de jóvenes”. Tampoco narra las nostalgias de la juventud perdida, aunque la nostalgia esté tan presente. Sus contenidos son otra cosa: la necesidad de vivir cuando una/o está vivo.  A cualquier edad.  La urgencia de imaginar un futuro, porque el futuro puede ser una larguísima propuesta a los 20 años, pero el futuro puede ser también una larguísima propuesta a los ochenta. ¿Cuántos años por vivir? No puede convertirse en la pregunta fundamental. Los que sean: es todo lo que hay. El absoluto del tiempo que queda.  La pregunta de Sorrentino ante ese futuro cuya longitud desconocemos es: ¿cómo elegimos vivirlo?

 

Ese, ¿cómo? Tan distinto para cada persona, pero que para el director napolitano gira sobre goznes que aparecen como constantes en su obra: ¿cuáles son mis emociones y mis deseos? ¿Estoy dispuesta/o a reconocerlos?  y ¿por dónde queda la belleza? El actor que aparece disfrazado de Hitler  porque lo convocaron a interpretarlo, dice: “entre el horror y el deseo, elijo el deseo”.  Fred visitaba ese balneario cada año con su esposa. Ahora lo visita con su hija y con su amigo. Suponemos que la esposa está muerta. Un corte brutal.  No le gusta esa parte de su obra que pareciera la que el mundo a su alrededor recuerda: sus “Canciones simpes”. A través de las palabras de un niño violinista recupera el valor de esas composiciones dejadas de lado: “no sólo son simples”, le dice “también son hermosas”.

 

La película avanza y ese dejar de lado se revela bastante más profundo que sólo el hastío: es música que compuso para ser interpretada por su esposa “a la que no le ha llevado flores en diez años”.  Hasta que se las lleva, en Venecia. El cuerpo de su esposa no está muerto.  Permanece, deshabitado, en una casa de reposo. Una ausencia. “A nosotros nos gustaban las cosas simples”, le dice a esa mujer extraviada. Una entiende esa parte de horror en la vida de Fred: la que no podía enfrentar.  

 

¿Qué tan vivo está él, quien ha ido eligiendo deshabitarse (poco a poco), en un acto de lealtad por su amor ausente?  ¿Qué tan vivo –entre todo lo vivo que podría estar- está él, quien eligió retirarse de sus emociones insoportables? Escucha los reproches de su hija por sus años de indiferencia hacia su madre y hacia ella. Él descubre todo lo que no sabe de esa hija. La hija descubre todo lo que no sabe de su padre. Como en un hermoso resarcimiento. Perdonarse. Recomenzar.  Por fin le lleva flores a su esposa y a su maestro Igor Stravinski.

 

Mira –contra su voluntad- como su mejor amigo salta desde el balcón después de pronunciar la frase: “Voy a escribir otra película”.  Ese amigo con el cual  mantenía largas, divertidas y pudorosas conversaciones acerca de la edad que avanza, la pérdida de la memoria, los desfallecimientos del cuerpo. ¿Elegir entre el horror y el deseo? Fred elige regresar al deseo.  Reconocerlo. Subir al escenario, dirigir una orquesta, permitir que otra soprano cante esas canciones compuestas sólo para la voz de su esposa. La mujer del cuerpo vivo y deshabitado. La mujer que habita su memoria.

 

“La escuela auténtica para rodar películas son los enredos de la vida; tienes que tener bastante mala suerte para poder hacer cine. Hay sentimientos acumulados en la adolescencia, la rabia, el dolor, el sentirse inapropiado, que entonces te aterran pero determinan una sensibilidad particular”, declaró Sorrentino en una entrevista.  Y en otra: “Mi hija tiene ahora 18 años. ¿Qué pensaría de mí mi hija, qué recordaría, si, de repente, muriera? Empecé a hacerme esta pregunta antes de escribir el guión y acabé obsesionado hasta la enfermedad. Necesitaba hacer La juventud para liberarme”.

 

 

No sabemos si Sorrentino logró “liberarse”. Lo que sí logro fue una extraordinaria película.  Un capolavoro como llaman los italianos a esas cintas que nos dejan sin aliento. Honda, amorosa, llena de esperanzas.  Con grandes actuaciones. Michael Caine espectacular en su papel de Fred. Escenas bellísimas. Por momentos –a su manera- muy divertida.  Cantidad de emociones encontradas. Tras la escena final con la interpretación de la soprano Sumi Jo, llegan los créditos. Les comparto –porque me encanta- la canción que los acompaña: Just, con letra de David Lang, interpretada por el Trío Medieval e inspirada en el Cantar de los Cantares.  

https://www.youtube.com/watch?v=1ToL6hpDY0M

 

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