Opinión

La 'multiplicidad babilónica' de la gobernanza

Las diversas definiciones de la gobernanza siguen siendo atractivas para mucha gente.

  • 01/05/2016
  • Escuchar

Si a usted le interesan los temas relacionados al buen gobierno, la transparencia y la rendición de cuentas, los problemas del desarrollo y la democracia, o trabaja en el gobierno o estudia ciencias sociales, probablemente se ha topado con el término “gobernanza”, que es la traducción española del término inglés “governance”. La gobernanza es utilizada cada vez más por académicos, gobernantes, miembros de la sociedad civil organizada, asesores que trabajan en think tanks y organismos internacionales como el Banco Mundial, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Unión Europea. El término ha rebasado el mundo de los especialistas, entrando en los documentos y discursos dirigidos al gran público. El problema es que nadie se pone de acuerdo en lo que significa.

 

Para algunos, la gobernanza es sinónimo de un gobierno eficiente, capaz de responder al mismo tiempo a las demandas ciudadanas de una manera transparente y democrática; para otros es diseñar, implementar o evaluar la política pública con la participación ciudadana. Para unos es timonear a través del uso de la información y otros instrumentos suaves, en lugar de tratar de regular fundamentalmente a través de leyes y reglamentos; para otros es incorporar redes formadas por diversas personas e instituciones, algunas provenientes de la sociedad organizada y los mercados, a los procesos de gobierno.

 

Para algunos autores la gobernanza se identifica con políticas o instrumentos de la Nueva Gestión Pública, que buscan introducir la medición de objetivos en la acción gubernamental; pero para otros la gobernanza es indistinguible de las propuestas del “Estado mínimo”, por lo que es un término que se emplea para dar una cara más aceptable a los despidos y al achicamiento de los gobiernos, como famosamente argumentó Gerry Stoker. Finalmente, para unos la gobernanza tiene que ver con sociedades que están más fragmentadas y que se “auto-gobiernan” en mayor medida que antes. Tanja Börzel ha argumentado que la gobernanza despliega una “multiplicidad babilónica” porque cada quien la usa desde perspectivas diversas, dando un contenido diferente al término y aumentando la inconsistencia de sus propuestas. Quizá sería mejor hablar de una “multiplicidad babélica” pues esta expresión manifiesta de mejor manera la confusión que genera esta inconsistencia, dando la impresión que no es posible desarrollar categorías comunes que permitan un diálogo significativo.

 

Al mismo tiempo, las definiciones de la gobernanza siguen siendo atractivas para mucha gente. Los que usan el término seguramente tienen en mente los grandes defectos del gobierno y de la administración pública, pero también su gran potencial de mejora o al menos la necesidad de buscar tal mejora. Ante esta situación, quien se siente interpelado por las literaturas académicas de la gobernanza parece enfrentarse a un dilema: o acepta sus proposiciones teóricas, exponiéndose a la crítica que la gobernanza no es lo suficientemente coherente como para hacer una propuesta relevante, o la rechaza, dejando de lado la discusión que se está realizando en ambos lados del Atlántico sobre la necesidad de reformar los gobiernos y redefinir sus relaciones con la sociedad hacia estilos más participativos y cooperativos. ¿Qué hacer?

 

En mi opinión tanto “tragarse la piedra de molino” como ignorar totalmente la literatura académica no hace justicia a las propuestas de la gobernanza. En el fondo, la actitud más sensata es una que evite los dos extremos mencionados, reconociendo que si bien las literaturas de la gobernanza están en proceso de consolidación, también apuntan hacia problemáticas objetivas y posibles soluciones. Esta posición intermedia pone énfasis en los problemas fundamentales de la gobernanza, a saber, el problema de la redefinición de los límites funcionales entre el Estado y la sociedad, la capacidad del gobierno para timonear a una sociedad altamente fragmentada y crítica y, sobre todo, la necesidad de la coordinación de actores e instituciones del gobierno, la sociedad y los mercados para el logro de objetivos comunes, como muy bien ha argumentado Luis F. Aguilar.

 

El presupuesto básico de la mayoría, si no es que de todos, los cuerpos de literatura de la gobernanza es que la única manera sustentable de abordar problemas complejos y retorcidos es a través de la coordinación entre actores públicos y privados. Nadie tiene toda la información, ni toda la legitimidad, ni todo el dinero para resolver un problema complejo. La gobernanza es el estudio de las condiciones y posibilidades de tal coordinación y, en ese sentido, estudia cómo las condiciones para cooperar mejoran o se deterioran.

 

El reto clásico de las ciencias sociales, de cómo vincular problemas o estudios de caso específicos con los grandes problemas sociales, es especialmente evidente en las literaturas de la gobernanza. Sin embargo, todavía hay mucho por hacer. En la medida en que en la academia y el gobierno se cuestionen las propuestas teóricas de la gobernanza así como su utilidad empírica, se podrá afinar y corregir el término. Y así, quizá en algunos años, la multiplicidad babélica disminuya de intensidad.

 

@PorrasFrancisco

@institutomora

www.mora.edu.mx

 

*Dr. Francisco Porras
Es doctor en Política y Estudios Internacionales por la Universidad de Warwick, Reino Unido; Profesor-Investigador del Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora. Su línea de investigación versa sobre formas contemporáneas de gobernanza.

Para La Silla Rota es importante la participación de sus lectores a través de  comentarios sobre nuestros textos periodísticos, sean de opinión o informativos. Su participación, fundada, argumentada, con respeto y tolerancia hacia las ideas de otros, contribuye a enriquecer nuestros contenidos y a fortalecer el debate en torno a los asuntos de carácter público. Sin embargo, buscaremos bloquear los comentarios que contengan insultos y ataques personales, opiniones xenófobas, racistas, homófobas o discriminatorias. El objetivo es convivir en una discusión que puede ser fuerte, pero distanciarnos de la toxicidad.