Opinión

La muerte es una Catrina despótica

Con frecuencia se anuncia, sí. Decimos, que era irremediable, que ya nos lo esperábamos. ¿Cómo podría ser verdad? Si es tan inaprehensible la muerte

  • 31/10/2017
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Con frecuencia se anuncia, sí. Decimos, que era irremediable, que ya nos lo esperábamos. ¿Cómo podría ser verdad? Si es tan inaprehensible la muerte. Si la medicina ha avanzado tanto, si ha aprendido a combatirla de tantas maneras. Si de esa misma enfermedad se han librado muchas personas.

“¿Cuánto tiempo?” Preguntó Ella. Dijeron: “Un mes o dos”. Me quedé muda ante esa pregunta. Cuando mi momento llegue de estar en su lugar, ¿querría saberlo? ¿Tendría el valor de preguntar? ¿Qué hace una con esa respuesta? “Uno o dos meses”. Había que creerlo, pero no lo creyó casi nadie. ¿Cómo se mide el tiempo? ¿Qué significa cada minuto, cada hora, cada día, si el “todo” se reduce a dos meses? Esa brutal redefinición del tiempo. Un mes. Sólo fue un mes.

Ella dijo: “Ya no quiero más. Así está bien”. Regresó a su casa. A sus objetos, a sus libros, a su escondite secreto. Hay una tumba con su nombre. Quedó vacío su lugar en la mesa. Busqué sus libros, volví a leerla. Hablamos de ella. El tiempo pasado no es aún un tiempo que pueda acompañar su nombre. “Esa es la realidad”, dicen. Pero “la realidad”, a una a cada rato se le olvida. Esa larguísima costumbre de sabernos vivas. Escribirnos. Hacer citas. Esa larguísima costumbre de planear, de inventar proyectos. Esa certeza extravagante de que el “siempre”, necesariamente será largo. Y tanto que tenía aún por imaginar, por crear. La muerte es rotunda. Terrible y despótica. La anteceden el sufrimiento físico, el vaivén entre la desolación y la esperanza. Los silencios. Las frases que se tropiezan entre ellas porque una tendría que decir lo indispensable, ¿Y cómo saber qué es indispensable? Los tratamientos.

Escuchar. La despedida se instala como en un murmullo. “¿Dónde van los que se van? Y si se van, ¿por qué se van?” Esa canción escrita por Liliana Felipe. “¿Por qué nos llevan, si se van?” Esta vez, miro a las Catrinas con enojo, con rechazo. La muerte llegó. La imagino deslizándose por la ventana con sus gestos displicentes. Como una enemiga que llega de fuera. Y sin embargo, estaba allí, en su cuerpo. En su sangre, en sus células. En su cuerpo que intentó resistirse. La muerte es una traidora que ataca desde adentro. Cuando esa foto donde sonríe con tanta dulzura y con tantas ganas, lo ignorábamos, pero la muerte ya estaba. Tomando el espacio. Controlando el territorio de su piel. El mal se fue instalando sin síntomas. Hasta un día. Ese día en donde el desorden estalla. Falla la respiración, la posibilidad de desplazarse, la fuerza que sostiene la mano. Ese gesto tan cotidiano de una mano capaz de sostener una pluma y ponerse a escribir, se convierte en un tormento.

La atroz traición del cuerpo. De golpe. Tan antes de tiempo. “Está bien así. Ya no hay nada más qué hacer. Ya no quiero despedirme de mis hijos todos los días”. Los días pasan y la sensación de irrealidad no disminuye. Algo adentro nuestro se aferra a negar. Se escuchan unos pasos en el estacionamiento, se abre la puerta. No va a ser ella. Pero casi podría serlo. Hace tan poco tiempo aún era posible. Enviarle un mensajito por mail. Marcar un número. Leerla y conversar alrededor de su escritura. Los duelos están hechos de sorpresa, de dolor, de enojo, de arranques de rebeldía que se estampan contra un muro. Y lo que se estampa contra el muro se nos regresa. El compromiso de estar vivos.

El miedo a la muerte de quienes amamos. A nuestra propia muerte. Y el miedo, ¡Cuánto miedo a la vida! Este caminar a veces tan a tientas. Preguntándonos de qué está hecho el tiempo. El tiempo que se escurre. ¿Cuánto tiempo? ¿Qué hacemos con nuestras horas, con nuestros días? Nos despedimos haciendo la cita para un viaje que sabíamos que no tendría lugar. Pero, ¿lo sabíamos? Se anunció la Catrina despótica y no quise escucharla. “El año que viene en primavera”. Esas frases que intentan sofocar el otro murmullo. ¿Ella sabía? Sí. Y fue tan generosa: “Sí, el año que viene en primavera”.

Les comparto tres canciones que me acompañan en estos días:  ¿A dónde van los que se van?;  Montón de tierraVasija de barroLa fragilidad. Nuestra inmensa fragilidad. Y saber al mismo tiempo que es de esa fragilidad, de esa finitud… de donde extraemos nuestra fuerza. Para vivir nuestra única vida. Única. Esa amiga ausente. Esa ausencia que nos inscribe en una inédita versión del “para siempre”. La hemos perdido para siempre.

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