Opinión

La muerte de Raúl el pingüino

Estaba ya resignado a apechugar y aceptar el poderío de Raúl hasta hace un par de días. | Alejandro Basave

  • 12/07/2019
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Llevo varios días fantaseando con la muerte de un pingüino de nombre “Raúl”. Antes de que se imagine otra cosa, apreciable lector, me permito explicarle. Raúl es uno de los tantos peluches que mi papá le ha dado a mi hija Camila en su inimaginada faceta de abuelo espléndido y consentidor.

El personaje central de esta historia es un peluche de pingüino de Adelia de unos veinte centímetros de altura y un par de ojos saltones. Su irrupción a la fama se dio en una típica mañana de domingo en la que se me acababan las ideas para entretener a mi hija de dos años de edad. Confieso que no sé si fueron las cinco tazas de café que ya llevaba encima, o si fue una especie de desorden de personalidad múltiple, pero lo tomé de la caja de juguetes de mi hija y grité con una agudísima voz “¡Hola, Camila! Soy Raúl”.

Acto seguido, mi hija me volteó a ver desconcertada. Bajó la mirada hacia el recién bautizado Raúl, volvió a dirigírmela a mí y para mi sorpresa respondió con pena pero asomos de entretenimiento: “Hola”.

Desde ese fatídico momento y hasta la fecha, Raúl el pingüino llegó para quedarse. Poco a poco se fue convirtiendo en el mejor amigo de mi hija y en su inseparable cómplice de aventuras. Desplazó juguetes, peluches, compañeros de escuela y hasta a su familia. Su poder es tal, que ha logrado -con mejor porcentaje de efectividad que mi esposa y yo- que mi hija coma, se vista o recoja cuando no tiene tantas ganas de hacerlo.

No me tomó mucho tiempo comprender que el vínculo que había creado mi hija con Raúl no era cualquier cosa. Raúl fue adquiriendo personalidad propia y -como personaje con muchas capas que es- se fue nutriendo de gustos y de pasiones, de anécdotas de la infancia, de problemáticas familiares y hasta de una fobia a las arañas que sorprendería hasta a Mary Shelley.

Así, de un día a otro me convertí en el médium de un pingüino de peluche. Nos dimos cuenta de esto cuando en una ocasión en la que mi esposa quería que mi hija se comiera sus tacos de frijoles y queso, tomó a Raúl e, imitando la voz con la que lo interpreto, le pidió a mi hija que se terminara su comida. Mi esposa no iba ni a la mitad de la oración cuando con mucha firmeza mi hija la interrumpió y espetó: “No. Raúl, papá.” Otro día, por ejemplo, tuve que interrumpir una junta para contestarle el teléfono a mi hija y agendar un playdate con Raúl.

Al percatarme del nivel de popularidad del peluche en cuestión, busqué alternar con otros muñecos pero la respuesta de mi hija siempre fue la misma; “Quiero a Raúl”. Y es que sería tozudo de mi parte no reconocer que mi creación me ha superado. Solo así me explico como he tenido que sobrellevar el bateo de mi hija a platicarme de su día, para luego presenciar como inmediatamente después, se lo platica con lujo de detalle a Raúl.

Estaba ya resignado a apechugar y aceptar el poderío de Raúl hasta hace un par de días. Mi hija lo regañó y cuando lo fue a guardar nació en mí una nueva esperanza. Me resultó imposible no ver en este episodio una ventana de oportunidad. Un hilo de aire. Una oportunidad para quitarle el emporio al tiránico pingüino Raúl y regresárselo a il popolo.

Mientras escribo esta columna mi hija sigue bajo los efectos del embrujo de Raúl. Sin embargo, su influencia sobre mi hija decrece cada día. Algunas veces cuando me pide jugar y mecánicamente voy por el mentado pingüino, mi hija me detiene y me pide que juguemos solos. Creo que en el fondo comparte conmigo el mismo diagnóstico de la situación; el pingüino se tiene que ir. Al menos un tiempo.

¿Podré desaparecerlo? ¿Cuándo y cómo? ¿Un viaje por el mundo? ¿Un heroico acto de valentía en el que se verá forzado a sacrificar su vida por el señor cara de papa? ¿Un extravío en una visita al supermercado? Se aceptan recomendaciones.