Opinión

La lógica de la vacunación

La letalidad de esta enfermedad es mayor a medida que aumenta la edad. | Ricardo de la Peña

  • 22/02/2021
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La estrategia para vacunar a la población mexicana contra la covid-19 depende de los objetivos que se pretendan alcanzar y estos a su vez pueden establecerse en razón de lo que efectivamente es posible lograr con la inmunización artificial de las personas.

La eficiencia de la vacunación

Las vacunas actualmente disponibles en el mundo para prevenir la covid-19 cuentan en todas las naciones con autorizaciones de emergencia otorgadas por las autoridades competentes en aras de acelerar el proceso de prevención de nuevos decesos provocados por el eventual contagio de aquellas personas que vayan siendo inmunizadas. Las pruebas existentes muestran una eficacia de estas vacunas específicamente para evitar que el contagio con el SARS-CoV-2 se manifieste con síntomas que pongan en riesgo la salud y la vida de quienes se vacunan, disminuyendo significativamente la probabilidad de que los individuos requieran hospitalización, cuidados intensivos o que fallezcan. Pero no está demostrado que estas vacunas posibiliten la reducción del esparcimiento de contagios, puesto que se carece de pruebas de que una persona vacunada no pueda trasmitir el virus a otras personas.

Si se parte del supuesto de que la vacunación puede prevenir nuevos contagios, lo que estaría por demostrarse, lo pertinente desde luego sería iniciar un proceso de vacunación inoculando a la población más susceptible de trasmitir una posible infección: las personas con mayor movilidad y contactos, lo que llevaría a privilegiar a personas jóvenes y de edad media, con actividad productiva o que demanden desplazamiento en el espacio público y radiquen en zonas de gran concentración poblacional.

Los supuestos para la planeación

Pero esto no es así, pues se desconoce si la vacunación previene que alguien disemine la enfermedad y lo único que se sabe con certeza es que aumenta la protección de los individuos que son inoculados. En este caso, la estrategia no tiene por qué considerar la concentración geográfica o la movilidad de las personas para establecer los criterios de prelación para acceder a la vacuna, sino que lo que debiera tomarse en cuenta primordialmente es el riesgo de cada persona en particular de presentar un cuadro severo o fallecer en caso de contagiarse con este coronavirus. Y las estadísticas disponibles en el mundo son claras al respecto: la letalidad de esta enfermedad es mayor a medida que aumenta la edad. Además, en el caso de nuestro país, hay evidencia de una mayor letalidad entre la población de zonas rurales que en las urbanas.

Eso define los criterios que deben regir la vacunación en México: privilegiar a las personas de mayor edad e iniciar de lo rural a lo metropolitano. En ello es factible que no haya sido idóneo decidir los lugares de arranque a partir de la división político-administrativa, sino que debió recurrirse a un aglutinamiento de localidades a partir del nivel de riesgo de deceso de contraer la infección y diferenciar efectivamente lo rural de lo urbano. Pero, en todo caso, la estrategia de vacunación definida en el país se apega a criterios lógicos que concuerdan con lo adoptado por la mayoría de naciones que han iniciado su vacunación. A fin de cuentas, mientras no se demuestre lo contrario, la vacuna protege a quien la recibe y a nadie más.

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