Opinión

La Jenízara ama a su papá

Una chimuela que masca tuercas.

  • 23/06/2015
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“¿Cuáles son, las lluvias que me mojan?”: Sandra Lorenzano.

               

La Jenízara se despertó en la madrugada del domingo (Día del Padre) con una serenata bajo su ventana. Se la trajo su papá.  Ajá. ¿Ya les dije que su papá es como Tarzán? Bueno, se lo digo. Aunque en esta ocasión venía vestido con guayabera blanca, pantalón negro de lino y un sombrero Panamá, de esos que se tejen en las cuevas de Becal, en Campeche. La luna brillaba intensísima,  y arrojaba como lluviecita de luces, de allí lo indispensable del sombrero. El sombrero Panamá también se llama Jipijapa, y es, junto al Borsalino, de los sombreros más guapos de este mundo. 

 

En fin, me desvío.

 

Cuando la Jenízara quiere escribir de su papá, yo siempre me desvío.

 

Me explico: Aunque lo mío, lo que se dice lo mío, no sea leer inconscientes ajenos, me ha parecido observar que el amor por su padre –ahora ya muy mayor- es en la vida de la Jenízara como una especie de dolor extraño, infinito, atravesado. Subterráneo y constante. Como una herida abierta. Un anhelo contrariado. Porque ella, como era “normal”, como era su derecho que nadie cuestionó: se fue lejos y luego más lejos, y luego lejos pero más cerca.

 

Y lo “abandonó”, a su papá.

 

Una especie de traición geográfica.

 

Nada más geográfica.

 

Y por años y años él le escribió cartas con muchos dibujos, paquetes de fotos de animalitos, árboles, plantas y agua: becerros, lagartos, guacamayas, vaquitas, iguanas, lagartijas. Matas de plátano, palmeras, olas, nenúfares.

 

 

Y muy poquitas palabras.

 

Por ejemplo: Un dibujo de un cayuco y una frase debajo: “En uno de estos me voy a ir remando y remando, para irte a visitar”.

 

La Jenízara le respondía con fotos de unas piedras romanas, un barquito en el Sena, una foto de su hijo/sus hijos, y frases igual de parcas que todas significaban: “Te estoy esperando”.

 

Cuando regresó a México dejaron de escribirse.

 

Por correo.

 

Ella jamás podría dejar de escribirle.

 

A su papá.

 

Tarzán, su esposa y su hija. Cuando la Jenízara –quizá- sí era chimuela de a de veras, pero no imaginaba que –como casi todas/os- tendría que aprender a mascar tuercas. Identifico esta foto con una escena de celos: el padre mira a la madre. La mocosa ofendida le da la espalda.

 

Uno de los más grandes misterios en su vida (la de ella) es ¿cómo fue capaz de atravesar una sola calle sin su papá? No la juzguen mal. En la realidad, ha sido una mujer independiente y (como dirían en los juzgados): hasta temeraria. Que si corrió para acá, que si corrió para allá. Que si ha vivido en varias ciudades y en varios países. Que si: “A mí la soledad no es que me haga los mandados (sería discriminatorio), pero me acompaña mientras los hago”. Dos ex maridos, tres chamacos. Y unos ciertos aires de chipocludita muy bien trabajados. No, no fue su intención “trabajarlos”, nada más así sucedió, con ella, o a pesar de ella. Me imagino que como parte del proceso interior de una hija favorita, que en el fondo, nunca se ha sentido capaz de cruzar ni una calle sin su papá. Aunque las cruce. Así vamos.

               

Lo anterior corresponde, por supuesto, al terreno de lo inconfesable. Pero quizá la escritura es justamente: el territorio del rompe y rasga. Lo que arranca las tripas. El territorio para chapotear (o nadar, depende de los casos) en lo inconfesable. Hay mucho de maravilloso en el vínculo de la hija favorita con el padre, y hay, al mismo tiempo, una marca para la hija, como un tatuaje invisible en la piel. ¿O quizá sucede así –por tantas razones y sinrazones- con todas las hijas de todos los padres?  ¿Quizá de no haber sido la favorita estaría escribiendo una historia muy distinta, pero escribiéndola de todas maneras y hablando de tatuajes? Es muy probable.  Pero aún  a estas alturas de la vida se le pueden escurrir las lágrimas cuando recuerda aquello de: “No la saquen de sus novelas, es que ella es lunática como mi madre”.  Tremendo honor: el padre adoraba a su madre. 

               

“Soy lunática como su madre”, se decía la Jenízara convencida de que aquello era el más grande halago jamás escuchado.  Su padre nunca pensó que las mujeres estuvieran destinadas a floreritos, a menos que se tratara de la Jenízara. “Estudia lo que quieras o no estudies, haz lo que quieras, pero nunca se te olvide que tú siempre vas a necesitar de un marido que te cuide. Sola, te perderías a la vuelta de tu casa”.  Ese “tratamiento especial”, claro que podría haber sido un mensaje complicadísimo. Es más, lo ha sido: la Jenízara tiene fundida esa parte del cerebro que guarda el sentido de la orientación. No es grave,  interroga a cantidad de personas hasta que llega a donde va, lo que le ha permitido constatar la solidaridad humana: aunque no sepan, todos se acomiden y te dicen en qué dirección tienes que caminar.

 

Pero ¿cómo explicarlo? También ese “tratamiento especial” ha sido de muchas maneras un regalo. El regalo de planetas remotos, de libertades apasionadas y lúdicas. Eso: el juego, se lo regaló su papá. Es parte de su manera de amar y de sentirse amada.  Su papá el mutista -¿acaso no es paradójico?- también le regaló su compulsión por las palabras. Y ese hombre tan, pero tan práctico, le ofreció una certeza: la de los mundos que corren paralelos a la realidad.

 

Los sábados, la Jenízara escuchaba a su padre despertando a sus hermanos para llevarlos a trabajar. “Es normal, se decía ella: son los varones”.  Y sí, así era el mundo: las niñas por un lado, los niños por el otro. Hasta que un sábado tuvo que aceptar que era ligeramente extravagante que en las brigadas sabatinas estuviera incluida su hermana cinco años menor que ella.  Y ella no. ¿Por qué ella no?  A su hermana  su padre la llevaba a aprender contabilidad.  “¿Y yo, papá?”. “¿Tú vas a aprender a hacer números?”. Y soltaba su risa maravillosa. “No caben en tu cabecita los números. ¿Para qué los quieres? Escríbeme unos versos para cuando regrese. Píntate las uñas, vete a la clase de ballet en el agua. Tú nunca vas a tener que trabajar”. ¿Podría sonar a una descalificación? Pareciera, pero no. Era toda una idea de femineidad de su papá, y ella, “la elegida del padre”, aprendía una manera de ser amada, y el oscuro miedo a atravesar las calles sola. A subirse a los aviones (de algún tiempo para acá). A manejar.

               

En un arranque de lucidez (ajá) la Jenízara prefirió privilegiar lo de: “Haz lo que quieras”, dejando de ladito lo demás. Y más o menos así le ha hecho. Intuyó que el feminismo existía, y descubrió que –sin saberlo, se había ido construyendo feminista. Su abuelita paterna, “la lunática”, le explicó con mucho detalle que “las mujeres necesitamos un oficio, aprende un oficio para que no te pase lo que a mí”. Su abuelita María se había quedado sola con ocho hijos. La Jenízara nunca le transmitió a su papá los consejos de su abuelita. “Ser bonita no es un oficio”. Cosas así le decía su abuelita en secreto, y la Jenízara se las bebía. Pero jamás en la vida ha enfrentado el discurso amoroso de su padre, no con palabras, aunque en los hechos su vida no se haya deslizado –ni remotamente- en la dirección de la niña/adolescente privilegiada/excluida  (“sigue durmiendo cabecita de chorlo”) de las brigadas de los sábados.

 

 

 

María Broca, la mamá del papá de la Jenízara, un poco antes de la huida de Tabasco hacia Yucatán. Allí se completó la familia de ocho chamacos. Hasta que su marido tuvo a bien ‘desacompletarla’, para pasar a otra  vida con “una comadre de malos hábitos”.

 

Su papá le canta y ella canta con él. Ambos cantan pésimo. Le llama y le deja “versos” en la grabadora, para ella y para sus hijos. Los concursos de “rima” entre ellos han perdido mucho de su fuerza, porque Tarzán ha perdido mucho de su oído. Mucho. Pero igual se divierten haciéndose señas.  E inventándose nombres. Hay algo de profundamente infantil en el amor que la une a su padre. Y así está bien. Porque al mismo tiempo, su padre ha sido el “conservador” más liberal que conoce. Rarísimo para un hombre de su generación educado en el sureste mexicano.  Cuando la Jenízara decidió divorciarse y quedarse a vivir fuera de México se lo informó a su padre por teléfono, él no discutió, no le auguró cantidad de desgracias, como hubiera correspondido a la lógica de: “la hija lunática”. Sólo le preguntó: “¿Allá te brilla el sol más bonito?” “Sí, papá”. “Está bien, hija”.

               

Su papá es un hombre de poquísimas palabras.  Insisto.  En otra ocasión sólo le preguntó: “¿Te lastimó, hija?”. “Me lastimó”. “¿Muchísimo?”. “Muchísimo”.  “No te quedes donde te lastiman. ¿Quieres que vaya a buscar a ese citadino y le rompa la cara con mis guantes de box?”. “No es urgente, papá”. “Ay, hija, ¿viste lo mal que montaba  a caballo, qué se podía esperar?” “Eres un bobo, papá”.  “Eso me reprocha tu mamá”.

               

Desde que su papá está más flaquito, cuando la Jenízara los visita en Tabasco, conversan sobre todo en la madrugada.  Deja la ventana abierta para escucharlo. Se levanta, llama, se hace bolas con las horas de los días y de las noches. La Jenízara baja corriendo como si le urgiera un vaso de leche y se lo tropieza “por casualidad”. “¿Qué horas son lagartija?” “Las tres de la mañana, saraguato”. “¿Y tú qué haces despierta?”. “Pues aquí nomás, untando una tortilla con nata”. Cosas así.  Conversan un poco. O se callan. Se han callado muchísimo entre ellos. “Tu mamá cada vez anda más guapa, para mí que se está preparando para ser ‘viuda codiciada’”. “Pues te veo muy mejoradito”. “Eso sí, soy capaz de todo para aguarle la fiesta a ese viejito desgraciado”. “¿A cuál viejito, papá?” “Al que se quiera quedar con tu mamá”.  A su papá le gusta tantísimo la vida.  Eso es lo más bonito.

               

Hay demasiado de su padre que la Jenízara no sabe, pero a veces sí le cuenta de su infancia y de los cenotes de Yucatán.  Su padre comenzó a trabajar a los 11 años, repartía la leche en el vecindario antes de ir a la escuela.  Allá en Mérida. Y vaya si tuvo que picar piedra. Hay –también- demasiado de la Jenízara que su padre no sabe.  Quizá así sucede entre padres e hijas.  La vida es tan secreta y tan vasta. “¿Estás contenta?”. “Sí papá”. “¿Pero a veces no estás contenta?”. “A veces no, papá”.  “Escríbelo todo en un cuaderno”. “Eso hago papá. Es un cuaderno de tapas rojas”.  “Cuando podía ir al rancho era mi manera de escribir en un cuaderno. También el mar”. “Sí papá, yo sé que tu cuaderno ha sido el mar”. 

                 

Vuelvo a la serenata. Resulta que su papá, que se llama Marco Antonio, tomó un barco en las orillas del Grijalva, no me pregunten cómo, porque ignoro los detalles, pero ese barco avanzó entre las corrientes del río –bravo y caudaloso, rodeado de peligros a sortear, en fin, quizá no tanto- hasta que de alguna misteriosa manera alcanzó las corrientes del río Magdalena en el antiguo barrio de Chimalistac. (Si alguien me dice que el Magdalena lleva años y años entubado, no le vuelvo a dirigir la palabra. No me lo hagan). Allí desembarcó acompañado de un trío de trovadores yucatecos (vestidos de blanco todos ellos y con sombreros de palma) y avanzó –venciendo a cantidad de monstruos y cocodrilos-  hasta la ventana de su hija-lagartija que tenía insomnio. Qué serenata tan linda. ¿Importa si es una serenata imaginaria? Además de una estrella que la ha acompañado por el mundo, la Jenízara tiene dos canciones que le regaló su papá, les comparto la primera con breve explicación:

 

Peregrina”, la letra que escribió don Luis Rosado Vega para la periodista y activista por los Derechos Humanos Alma Reed,  a petición del amor de sus amores: Felipe Carrillo Puerto (“El dragón rojo de los ojos verdes”) gobernador socialista de Yucatán.  La música es de don Ricardo Palmerín.

 

“Y claro que quisiera volver hacia atrás, papá”, que le dice la Jenízara en esa madrugada de insomnio en la ciudad de México, en la que corre a youtube para escuchar la canciones de ella y de su padre. “Volver a ese punto en el que tus brazos se abrían para mí y yo sentía que era la niña más protegida del mundo. Volver a aquel nuestro Miramar”. Allí sigue Miramar. “Voy a mi agua”, decía el poeta Pellicer cuando viajaba a Tabasco, su tierra. Allí siguen Palenque, el  Grijalva, el agua fría del Puyacatengo.

 

Las grutas del Coconá.

 

¿Será indispensable aclarar que “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”? Esas son de las tuercas más duras de mascar. Para una chimuela libertaria y profundamente co-dependiente.

 

Pero hay un punto donde podríamos pensar, imaginar, reconocer, que a lo largo de  nuestras vidas transitamos en espacios que corren paralelos a la realidad y al presente.

Los espacios “otros”.

 

Los del tiempo detenido. Recurrente. Generoso. Eterno.

 

El asunto del tiempo es muy complicado, pero es un hecho: el tiempo de la subjetividad no necesariamente corresponde al tiempo de los calendarios.

 

Es más: con demasiada frecuencia no corresponde.

 

Como les decía: Si se encuentra la ruta adecuada, el río Grijalva termina sumándose al cauce del río Magdalena en el antiguo barrio de Chimalistac.

 

La Jenízara escribe (con su  letra muy  chuequita) en su cuaderno de tapas rojas: “El tiempo de la subjetividad”.

 

La canción que su papá le cantaba a la Jenízara desde su primer “abandono” geográfico a los quince años.

 

La Jenízara le llama a su mamá por teléfono para que le diga a su papá  (que hace años no escucha en el teléfono) que lo ama muchísimo, muchísimo, como sólo una  lunática, cabeza de chorlo, lagartija extraviada, animala acuática (que no sabe dividir ni multiplicar)… puede amar a su papá.

 

@Marteresapriego