Opinión

La inequidad urbana como política de Estado

Hay que romper con la política de Estado que nos ahoga en ciudades ineficientes.

  • 05/05/2016
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El Estado mexicano sigue acumulando deudas históricas con la sociedad que gobierna. Son deudas de bienestar y calidad de vida, de justicia,  de derechos no cumplidos y de rendimiento de cuentas. Los montos crecen y ningún mecanismo político o de participación ciudadana ha podido cobrar siquiera una parte razonable del adeudo en materias importantes como justicia, equidad, salud, educación y seguridad pública. En cuanto al desarrollo urbano los adeudos históricos también son importantes, pues el Estado a través de un andamiaje legal que cubre los órdenes federal, estatal y municipal, ha propiciado desde hace décadas la construcción de ciudades altamente ineficientes en las que la inequidad ha pasado a ser una de sus características intrínsecas.

 

Me refiero en este caso única y exclusivamente a la falta de equidad provocada por la estructura urbana (y por lo tanto a la forma en la que la ciudad se va organizando espacialmente) y no a la que proviene de problemas seculares como podrían ser la mala distribución de la riqueza o los rezagos históricos en materia de educación y salud pública.

 

La ciudad se va estructurando a través de un proceso que incluye la distribución de los usos del suelo y la construcción de todo tipo de infraestructura y equipamiento. Se va constituyendo así una cierta distribución espacial de los orígenes y los destinos de las actividades de la población, lo cual explica los viajes que realiza la gente para una gran cantidad de propósitos y los desplazamientos realizados por el transporte público, el transporte de carga y vehículos de servicio público como patrullas, camiones de limpia y muchos otros.

 

Pues bien, es interesante notar cómo esta organización espacial de la ciudad es tan distinta, por ejemplo, entre muchas ciudades europeas y las ciudades americanas y mexicanas. En Europa las ciudades suelen ser más densas y están estructuradas de manera que las distancias a recorrer para satisfacer las necesidades cotidianas de la población no son tan largas, lo cual facilita que los sistemas de transporte público ofrezcan un servicio más eficiente. En los Estados Unidos y México las ciudades son menos densas, más extensas y dispersas, lo cual implica que las distancias a recorrer para los mismos propósitos sean mucho más largas.

 

Lo mismo sucede con la distribución de insumos para la producción y todo tipo de mercancías. En nuestras ciudades los costos de distribución de las empresas son más altos por unidad de volumen de carga, no sólo por las distancias sino también por el combustible desperdiciado en congestionamientos de tránsito, lo cual encarece los costos de los productos y por lo tanto eleva los precios que paga el consumidor final. La organización espacial de la ciudad como factor de pérdida de poder adquisitivo.

 

No está por demás decir, a propósito de las contingencias ambientales de estas semanas, que la enorme cantidad de kilómetros que tiene que recorrer toda suerte de vehículos en esta ciudad se debe justamente a su estructura urbana y la forma en la que está organizada espacialmente. Para recorrer esa descomunal cantidad de kilómetros se consume un enorme volumen de combustible, lo cual genera grandes cantidades de emisiones contaminantes. Por ello la medida de largo plazo más importante para ir resolviendo el problema de la calidad del aire es, sin lugar a dudas, una reestructuración urbana con base en una visión ecosistémica.

 

Regresando al tema de la inequidad, ésta se manifiesta tanto a través de grandes diferencias en el acceso a bienes y servicios públicos, como en los costos que muchas personas tienen que pagar para poder realizar los viajes al trabajo, a la escuela, para ir de compras, al médico o para visitar a alguien. Se ha estimado que en la ZMVM los costos de transporte de una familia de bajos recursos económicos corresponden a un rango que frecuentemente oscila entre el 30 y el 40% del ingreso familiar.

 

El panorama empeora cuando se consideran los efectos de la estructura urbana sobre el desempleo. Los altos costos de transporte impiden que la gente de bajos recursos económicos pueda buscar trabajo, pues cada viaje cuesta y si no cuentan con un ingreso no pueden realizar los viajes que quisieran. La consecuencia es una prolongación del desempleo, no porque la gente no quiera trabajar, sino porque no puede buscar trabajo con la intensidad necesaria.

 

El mismo razonamiento es aplicable a muchas otras cosas, como los bienes ambientales y culturales. La accesibilidad que la población tiene a un parque, a un museo o a cualquier centro cultural, está limitada para muchos por las distancias que hay que recorrer, y por lo tanto por los costos que ello implica. El resultado para esos muchos es simplemente no ir, porque no les alcanza para los viajes. La inequidad rampante como una consecuencia de la planeación urbana vigente.

 

Claro que el panorama puede cambiar, pero ello requeriría de una suma de voluntades lo suficientemente fuerte como para romper con la política de Estado que nos ahoga en ciudades ineficientes, costosas y mal planeadas que aplastan nuestra calidad de vida. A pesar de los discursos oficiales que empiezan a retomar cosméticamente estos temas, la verdad es que el cambio no se avizora en el futuro cercano.

 

@lmf_Aequum

@OpinionLSR

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