Opinión

La ilusión viaja en transporte público

El fin de las vacaciones escolares trae consigo un tema recurrente: la vuelta de un tráfico desesperante

  • 10/08/2017
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El fin de las vacaciones escolares trae consigo un tema recurrente: la vuelta de un tráfico desesperante que complica la vida cotidiana de millones de personas, entre las que se incluyen por supuesto, alumnos de todas las edades.

Es una etapa del año en la que indicadores de toda índole se alborotan y pegan un brinco, por ejemplo: la hora de salida de la casa pasa a ser un poco más temprano; los tiempos de traslado a la escuela o al trabajo se incrementan; el consumo de combustible por viaje aumenta porque hay más congestionamientos; la emisión total de contaminantes atmosféricos también crece y con ello los daños sobre la morbilidad y la mortalidad de las personas, la productividad tanto académica como laboral se ve presionada a la baja y la desesperación generalizada se desfoga en todo tipo de pláticas en el trabajo, en las reuniones familiares y en las redes sociales.

Como en la ciudad de Los Ángeles, la frase universal para romper el hielo en una junta o simplemente para disculparse por el retraso excesivo en cualquier situación es: “perdón, el tráfico estaba horrible”. Bueno, eso ya lo sabíamos, pero lo peor del caso es que, al menos en las ciudades mexicanas, no se están creando las condiciones para que este mejore, sino todo lo contrario.

A este tema del tráfico al que hay volver una y otra vez porque es la punta de un iceberg de cuya enorme masa oculta se sabe poco. Sí, la verdad es que nos falta mucho por aprender sobre la fenomenología del tráfico vehicular, aunque abunden, entre opinólogos, columnistas y académicos, quienes están seguros de tener la solución definitiva.

La mayoría de las veces su solución mágica no es otra que invertir más en transporte público. Hay, en efecto, una creencia generalizada de que el número excesivo de autos circulando es una consecuencia directa de la falta de un transporte público eficiente y de buena calidad. La lógica subyacente no puede ser más simple: si tuviéramos un buen transporte público la gente dejaría sus autos estacionados en su cochera, utilizaría más el transporte público y los congestionamientos se reducirían notablemente.

La lógica anterior es reforzada por organismos no gubernamentales (algunos de ellos internacionales con mucha presencia en México) y su cúmulo de entusiastas locales a través de campañas que utilizan imágenes como la que muestra un autobús junto a un auto y las personas que caben en uno y en otro, paradas junto a cada vehículo. El mensaje va en el sentido de decir que en un autobús caben más personas, por tanto, con más autobuses circulando se transporta más gente y se reduce el número de autos en la calle.

Lamento demoler el optimismo de quienes han caído en la trampa, pero esa es una ilusión que no funciona en nuestra realidad actual. Es un caso análogo al de la idea, ya comentada en otras entregas, de que la construcción de más vialidades y autopistas urbanas reduce los congestionamientos y los tiempos de traslado. Decíamos alguna vez que esa ilusión se parece a cuando queremos dar la impresión de que estamos bajando de peso, comprándonos tallas cada vez más grandes.

Son muchas las razones que explican por qué la creencia generalizada que dice que invertir más en transporte público reduce el número de autos circulando, es una simple ilusión. Me limitaré por el momento a mencionar sólo la más importante, que incluye de hecho un conjunto más amplio de razones que van en el mismo sentido. La razón de fondo es que el argumento podría funcionar sólo en un sistema urbano que no se parece nada a nuestra realidad actual.

Técnicamente hablando ese sistema hipotético tendría, entre otras características, las siguientes: sería un sistema cerrado (v. gr. la población y el número de autos no aumentan, se mantienen constantes), gobernado por relaciones lineales de corte determinístico (v. gr. los deseos y las preferencias de los viajes se conocen de antemano y no pueden cambiar), los orígenes y los destinos de todos los viajes estarían fijos (la gente no puede cambiar de escuela o de trabajo) y la cobertura del sistema de transporte y las facilidades de interconexión tendrían que ser tales que el cambio del auto por el transporte público sería una alternativa viable que no implicaría una disminución importante de la calidad de los viajes (no se incrementarían mucho los tiempos de traslado, ni la incomodidad, ni la inseguridad).

Pero en el mundo real, los ecosistemas urbanos no solamente no son así, sino que además se caracterizan porque las tasas de crecimiento de las necesidades de desplazamiento (tanto de personas como de bienes) suelen ser mayores que las tasas de crecimiento de los alcances de los sistemas de transporte público (esto es de la combinación de cobertura y eficiencias de interconexión). En otras palabras, mientras no se incida sobre las necesidades de desplazamiento en vehículos automotores (sean públicos o privados), no habrá dinero que alcance para construir a tiempo sistemas de transporte que satisfagan la siempre creciente demanda de viajes.

El problema es muy complicado, pero sigo pensando que, en el fondo, la solución estructural y de largo plazo es trabajar sobre la modificación de la estructura urbana (la plataforma de los orígenes y destinos), así como en la eliminación permanente de ciertas necesidades de desplazamiento en vehículos automotores. Lo anterior, por supuesto, sin dejar de invertir en el mejoramiento de la infraestructura y los alcances de las redes de transporte público.

El punto es que esto último no debería verse como la solución que pregonan los apasionados de la movilidad, ya que es sólo una de muchas acciones que contribuyen a mejorarla. Seguir vendiéndola como la mejor solución, es simple y llanamente, jugar el rol de un vendedor de ilusiones.

@lmf_Aequum