Opinión

La hora de los chamanes

La realidad del México de hoy, al descubierto. | Leonardo Martínez

  • 21/04/2021
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Elif Shafak es una brillante y prestigiada escritora turca que ha tenido que huir del régimen autoritario instaurado en su país. El duelo por lo que fue su patria antes del régimen de Erogan lo vive en Londres, desde donde escribe principalmente obras de ficción, aunque también difunde ideas claras sobre el fenómeno político que ha engullido no sólo a su país sino a muchos otros en años recientes, empujándolos por igual hacia estadios en los que se vive en zozobra emocional y con las libertades cercenadas.

Y es justamente recurriendo a las emociones que Elif plantea uno de los escenarios que ayudan a comprender el surgimiento de estos regímenes autoritarios, pues pone un énfasis particular en las emociones que se van acumulando entre la gente por la persistencia de las desigualdades y las actuaciones de malos gobiernos encabezados por políticos corruptos y sin escrúpulos. La desesperanza, la desilusión, el coraje, el hartazgo, la frustración, todo se mezcla en un remolino de sentimientos que temperan el desánimo de la gente.

Esa mezcla de emociones y la creciente complejidad de los problemas económicos y sociales que enfrentamos se complementan para incrementar los desasosiegos y los temores de la gente, provocando una creciente necesidad de certidumbre y sed para entender de manera clara y sencilla lo que pasa ahora y lo que vendrá enseguida. Surge entonces de manera generalizada un rechazo a las explicaciones técnicas y complejas, a las promesas tradicionales de los políticos de siempre y aparece una urgencia por mensajes simples, tranquilizadores, que devuelvan la esperanza y el ánimo de seguir adelante. Y es allí, en esa precisa encrucijada a la que se refiere Elif Shafak, en la que rigen el desánimo y la desesperanza en donde surgen algunas de las condiciones ideales para que triunfe la peligrosa figura del demagogo populista.

Queda claro que la fuerza y el batir de las emociones compartidas no son una condición suficiente para el triunfo electoral del populista, pues ello también depende de otra serie de circunstancias y factores sistémicos y estructurales. Pero si estos últimos aspectos son específicos de cada país y por lo tanto no son exportables, vale la pena preguntarse entonces qué otros aspectos han contribuido a generar el fenómeno de contagio que ha propulsado al populismo en tantos países en tan pocos años, como lo hemos observado, por ejemplo, en Argentina, Perú, Ecuador, Bolivia, Hungría, la República Checa, Polonia, Rumania, Italia, Filipinas, Estados Unidos, la India y por supuesto en México.

Una clave indica que, en el mundo hiperconectado de hoy, son las emociones y los sentimientos lo que se transmite y se comparte instantáneamente entre comunidades geográficamente distantes y culturalmente distintas. Y que primero son el desánimo y la desesperanza, por ejemplo, y después el júbilo y la alegría del cambio lo que se comparte y se contagia. Y al final del día, eso genera cambios reales.

Creo que el fenómeno se puede ver a través de una analogía con las situaciones de hartazgo y frustración que sienten las personas que han padecido por mucho tiempo una enfermedad y que, después de haber probado con todos aquellos médicos especialistas que les fueron recomendados, no sólo no se curan, sino que además se enteran de que cada vez hay más personas diezmadas por la misma enfermedad. Un día, entre las pláticas en las salas de espera y en reuniones sociales, alguien dice que sabe de otros enfermos que han acudido con alguien que ofrece una cura milagrosa para la funesta enfermedad. El hartazgo enquistado y la frustración acumulada por los prolongados malestares son los pilares de un comprensible optimismo repentino. Los dolientes por fin se enteran de una nueva alternativa de cura, distinta a las que han probado y que han terminado en fracasos recurrentes. Pero resulta que el personaje que tiene la solución a todos sus padecimientos es un chamán, un brujo cuyos mayores méritos son tener una habilidad innata para manipular la frustración, la desesperación y el resentimiento de los enfermos, y un aguzado sentido de la oportunidad.

El chamán tiene muy claro que lo que los enfermos ya no quieren oír son explicaciones médicas crípticas y complicadas, sino soluciones mágicas que prometan acabar de una vez por todas con su sufrimiento. Los enfermos quieren escuchar augurios simples que les devuelvan la esperanza, no complicados procedimientos médicos y promesas gastadas que nunca se cumplen. Y en esas artes, el chamán se pinta solo.

En ese trance a nadie le importa si el chamán es alguien bien intencionado o si es un narcisista ignorante, un macho egoísta o un mitómano consuetudinario. Los enfermos sólo ven en él lo que ellos quieren, y ellos escogen verlo como el redentor, la persona bondadosa y preocupada por ellos que les va a curar la enfermedad y que por añadidura los va a sacar de su situación de vida miserable. Lo ven como un rayo de esperanza.

La analogía es escalable a lo que ha sucedido en muchos países que han escogido al populismo como el enfermo que cambia al mal médico por el chamán que engaña con sus artes de curandero. Fenómenos como este hacen que la historia no sea lineal, que no necesariamente se mueva hacia adelante, sino que a veces lo haga en círculos, y que en ocasiones resbale hacia atrás haciendo que los pueblos revivan épocas oscuras a pesar de las cicatrices que éstas han dejado en la sociedad.

Esto último es a todas luces lo que estamos viviendo en México, un populismo de derecha torpemente disfrazado de izquierda que nos regresa a revivir y padecer el autoritarismo por el que ya pasamos durante algunas décadas del siglo veinte.

En su libro El Pueblo soy Yo, Krauze define al populismo no como una ideología sino como una forma de poder y dice que se trata “...del uso demagógico que un líder carismático hace de la legitimidad democrática para prometer la vuelta de un orden tradicional o el acceso a una utopía posible y, logrado el triunfo, consolidar un poder personal al margen de las leyes, las instituciones y las libertades”. La realidad del México de hoy, al descubierto.

En el contexto que he descrito la lucha primitiva entre los partidos políticos y las acusaciones pueriles entre candidatos tradicionales y ofuscados se revelan como jueguitos torpes, inmaduros, inútiles y políticamente ineficaces. Todos muestran una desesperante ceguera ante el poder que ofrecen la empatía y el manejo de las emociones. Si no cambian de estrategias, la tienen perdida.   

Lamentablemente acabamos siendo, como país, parte de la cadena de contagios que provocó el surgimiento de los demagogos populistas que estamos padeciendo. Llegó la hora de los chamanes y acomedidos y prestos les abrimos todas las puertas.

Como dice Roger Bartra, el mañana en México es el cementerio de los proyectos fallidos. Pero también es el cementerio de los intentos para romper los pactos patriarcales, para acabar con la corrupción, para erradicar la discriminación y para reducir las desigualdades estructurales. El mañana en México seguirá siendo el camposanto de una vida mejorada para todos, hasta que nos decidamos a cambiarlo.

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