Opinión

La fresa maldita…

¿Cuánto tiempo trabajan? Doce y hasta quince horas, pregunto a los recolectores.

  • 07/06/2017
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No me di cuenta cuando cerré los ojos, el silencio era tanto, que mi respiración apenas si la sentía. Empecé a dormitar, y luego profundamente me perdí, fueron cuatro horas de sueño que me parecieron minutos.

Apenas si desperté y me apresuré para encontrarme con un grupo de campesinos, recolectores de fresa, para conocer de sus condiciones de trabajo.  Eran casi las cinco de la mañana y cuando llegué ya estaban trabajando. El sol empieza a salir temprano y tienen que apurarse cuando llegue a su mayor intensidad.

Eran una gran extensión de tierra donde me encontraba, y eran cientos de recolectores que en medio de surcos recogían la fresa. Siempre agachados y sin levantarse ponían el producto en pequeñas cajas con mucho cuidado para no lastimarlo. 

Es el trabajo de recolectar la fresa maldita y bendita a la vez; ya ni la probamos, nos sabe insípida, pero la necesitamos; su aroma nos acompaña todo el tiempo, y cuando se aleja le extrañamos.

La mayor parte de los recolectores su trabajo lo hacen sin guantes para sentir la fresa y saber que está en buen estado.  Sus manos no importan, todas callosas y con un color rojizo, por el fruto que los marca. Es un trabajo delicado pero muy duro a la vez, no se quejan, pero no es resignación, es desesperación, es rabia el saber que sus condiciones no mejoran.

Me vino a mi mente, mientras escuchaba a los recolectores, la poesía de Ernesto Kavi, en La luz impronunciable:

Vi

la desesperación

bajo el sol

el arduo trabajo

De su esfuerzo nada

queda al hombre

bajo el sol nada

del deseo

en su corazón

por el día sufre

por la noche carece de parpados

su dolor

¿Cuánto tiempo trabajan? Doce y hasta quince horas. Pero me dicen que laboran ocho horas. No es cierto, me replican ¿Cuánto ganan? Ciento treinta, ciento cincuenta pesos diarios, depende lo que hagamos.

Los lugares donde duermen, se cocen de calor, hacinados, casi en el límite, unos junto a otros; un aire asfixiante se siente en la habitación modesta donde recogen sus sueños profundos. 

No los molestes, déjalos en paz. Mañana deben cumplir.

Son iguales todos los días en este valle; una y otra vez hay que recoger la fresa.  Cuando está nublado es la gloria, me dicen, pero en estos tiempos el calor es muy pesado y hay que aguantar, no queda de otra.

Algunos se cubren del sol con una gorra de beisbolista, con un sombrero, con una mascada; la piel se les quema, y ellos y ellas impasibles. Parecen de hierro, pero no lo son.

Cuando llega la hora de comer es la gloria. Muchos se sientan en la tierra, en una piedra, donde sea, y allí comen lo que ya prepararon, lo hacen rápido y hasta les da tiempo de burlarse unos de otros. Se oyen carcajadas, profundas, contagiosas.

Otros apenas acaban de comer y se tiran en el piso por unos minutos antes de seguirle. Algunos se duermen en un instante. El cansancio no lo disimulan. Se tocan la espalda, esa espalda que cuanto aguanta.

La mayoría no tiene seguro social, no hay médicos que los atiendan en la zona de labor. Me dicen que Mary se desmayó ayer por el arduo trabajo y por ese sol maldito, y todos saben que cuando ello ocurre deben ponerse a la sombra, (pero ¿cuál?) a quién le pasa esa desgracia le dan un poco de agua y con una palmada le dicen: ¡a seguirle!

Pero hay que apurarse, porque si se detienen los recolectores de fresa pierden y el capataz se enoja. No les gusta la gente débil, por eso seguimos en este trabajo, me dicen.

Las protestas han servido poco, el gobierno sólo promete que llegarán los inspectores y nos enteramos que de vez en cuando aparecen por ahí. Que multarán a los patrones y nosotros sabemos que es pura burla, porque nada más no mejoramos y todo sigue igual.

¿Dónde estamos? No lo digas para que no nos persigan, pero ¿por qué?

A muchos les da miedo el sindicato porque si se afilian los despedirán, pero ¿qué perdemos? Nuestra vida no puede seguir así, todos vamos parejos de amolados. Tenemos que luchar, escucho.

Las mujeres y hombres se dan aliento unos y otros, y hasta compiten entre sí y se animan diciéndose: ¡échale ganas cabrón!

@Manuel_FuentesM

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