Opinión

La fotógrafa surrealista Lee Miller

En el Museo de Arte moderno.

  • 27/10/2015
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“Siempre he buscado una combinación utópica de libertad y seguridad”.- Lee Miller.

 

“El surrealismo es más que un movimiento artístico, es una forma de vida que creía en la libertad, la paz y los sueños”.- Antony Penrose Miller.

 

LA EXPOSICIÓN

 

Lee Miller–Fotógrafa surrealista se presenta en el siguiente orden: Man Ray: amor y pareja creativa (1929-1932). El estudio en Nueva York (1932-1934). Trabajo independiente en Egipto (1934-1939). Londres bajo las bombas durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). La liberación de Europa (1944-1945).  Amarga desilusión después de la guerra (1945-1946). Vida en Inglaterra: artistas y amigos (1946-1964).  La muestra continúa hasta el 7 de febrero del 2016.

 

Miller nació en 1907 en  Poughkeepsie (Estados Unidos), a los veinte años le ofrecieron su primera portada en la revista Vogue. Pero ser un hermoso cuerpo que se muestra no era realmente lo suyo. Después de un exitoso periodo de modelaje dejó Nueva York para viajar a París en 1929, su proyecto: continuar su carrera de modelo y ser alumna del fotógrafo surrealista Man Ray. Inventarse ella como otra, distinta, ajena a sus orígenes. El exilio, la vida bohemia en los espacios intelectuales en París, uno de los –sobre todo entonces- ombligos del mundo. Su contacto con Man Ray fue fulgurante.

 

“Quiero ser su alumna”. “Yo no tengo alumnos”. Y sin embargo… Al día siguiente de su encuentro emprendieron un viaje de verano y una historia de amor que duró tres años.  Junto a él Miller se convirtió en fotógrafa, y en una de sus más entrañables musas. Ella tenía 22 años y Man Ray 39. “Cuando trabajábamos, éramos casi la misma persona”, dijo Lee, pero ese “casi la misma persona” a la hora de revelar negativos o imaginar encuadres,  no era suficiente para Man Ray. Miller necesitaba vivirse libre y él le expresaba sus contradicciones interiores: “Eres tan joven, hermosa y libre, y me odio por tratar de coartar eso que es lo que más admiro en ti”.

 

Leonora Carrington y Max Ernst, foto tomada por Lee Miller. 

 

En 1930 Jean Cocteau la elige para  actuar en su película “La sangre de un poeta”. En 1931, durante la visita de Theodore, el padre de Lee a París, Man Ray les tomó unas imágenes padre-hija inquietantes. Lee posa como si fuera una niña, sentada sobre las piernas de su padre. Algo entendió y recreó Man Ray: la intensísima y quizá un tanto ominosa relación entre padre e hija.  Después de tres años junto a Man Ray, un buen día decidió regresar a Nueva York. Encontró mecenas para armar un estudio fotográfico en Manhattan que durante dos años fue un éxito.

 

Lee anuncia su compromiso con un millonario egipcio Aziz Eloui Bey a quien conoció a través de Charles Chaplin. Abandona su estudio y se muda con él a Egipto, pero la tranquilidad y los espacios sobreprotegidos nunca fueron lo suyo. A pesar de las maravillosas fotografías que tomó en esa época, comenzó a asfixiarse en el centro de una sociedad tan conservadora. En 1937 regresa a París. Otra ciudad, otro amor. Conoció a Roland Penrose, junto a él conoció a Picasso. El pintor y la fotógrafa posaron el uno para el otro y fueron amigos hasta el final.  

 

Miller regresó un tiempo con su esposo, después alcanzó a Penrose en Francia ya de manera definitiva. Antes, Lee le escribió a Penrose refiriéndose al hecho de abandonar a Aziz Eloui Bey: “Mi ‘para siempre’ no parece significar mucho…y me hace sentir cínicamente sospechosa de cualquier vínculo que pueda hacer”. Penrose dio acuse de recibo y la esperó de todas maneras. Después vendría el trabajo de Lee como fotoperiodista de guerra. En 1947, Lee –embarazada de Antony- se casó con Penrose.

 

Siwa, Egipto. Lee Miller en 1937. 

 

LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

 

En 1944 Lee Miller llega al Frente de guerra en Normandía como corresponsal de la revista Vogue. Durante diez meses sigue la guerra vestida de soldado. “Sé que no publicarán mis fotos”, escribe a la revista, pero se equivoca, Vogue sí las publica.  Lee llega al campo de concentración de Dachau en abril de 1945,  entre los primeros periodistas que  entraron.  Los guardias y oficiales SS abandonaron sus uniformes y vistieron ropa de civiles en una huida precipitada. Las víctimas reconocieron en las calles a muchos de ellos, fueron detenidos y entregados al ejército estadounidense.

 

Miller fotografía a dos jóvenes SS  prisioneros: “Se arrojaban al suelo para pedir clemencia cada vez que la puerta se abría”. Le escribió a  Roland Penrose: “Mis sentimientos hacia este país (Alemania) son horriblemente confusos y no puedo ordenar mis ideas…Creo que debería haber regresado a París, para tomar un poco de distancia”. 

 

 

 Campo de concentración de Buchenwald, tomada por Lee Miller. 

 

Lee Miller en la bañera de Adolf Hitler tras la llegada de los aliados.

  

La polémica foto de Lee Miller en la bañera del departamento abandonado de Adolf Hitler en Múnich, fue tomada por su amigo David E. Scherman, fotoperiodista para la revista Life. Al fondo a la izquierda la foto del dictador, a la derecha una escultura que (dicen) representa a Eva Braun. Al frente la ropa de la fotógrafa  y sus botas con el polvo y el lodo del campo de concentración de Dachau en donde Miller tomó escenas terribles. Ese mismo día, Hitler y Eva Braun se suicidaron en su bunker en Berlín.

 

Algunas versiones cuentan que  los fotógrafos llegaron allí por casualidad, otras, que un improvisado guía de la ciudad les ofreció llevarlos a un lugar “inusual”.  En todo caso, la escena es más que perturbadora. “Bueno, está bien (Hitler), está muerto. Nunca había estado realmente vivo para mí hasta hoy. Había sido un una máquina del mal, un monstruo, durante todos estos años, pero nunca lo consideré real hasta que visité los lugares que hizo famosos, hablé con gente que lo conoció, excavé en los chismes y comí y dormí en su casa. Entonces se convirtió en menos fabuloso y, por lo tanto más terrible, sobre todo por la evidencia de que tenía algunos hábitos casi humanos… como un mono que te avergüenza y humilla con sus gestos, como una caricatura“, escribió Miller.

 

Tan perturbadora como las imágenes de Miller de los (jovencísimos) guardias asesinos de la SS pidiendo esa clemencia que no tuvieron con sus víctimas, o el cuerpo tendido de un oficial nazi suicida (con un ángel a distancia en su balcón). La caída de los más crueles amos. Y del otro lado de la historia: los cuerpos de los deportados. Los huesos de los vivos y los huesos de los muertos.  El horror de los cuerpos apilados. Lee Miller nunca se recuperó de su experiencia durante la guerra. Nunca superó el impacto de haber sido testigo del exterminio nazi.

 

Para cuando Antony convivió con su madre, su experiencia fue la de un hijo ante una mujer emocionalmente devastada. Desde 1949, Lee, Roland Penrose y Antony vivieron en una especie de retiro en Farley Farm House en Sussex (ahora un museo). Una casa en el campo en donde Antony vivió su infancia  rodeado de artistas como Picasso, Max Ernst, Joan Miro, Matta, Antoni Tàpies y Man Ray. En algún momento de su vida Antony escucharía una historia silenciada: la violación de su madre durante la infancia, historia que le ayudaría a comprender un poco más el constante desasosiego y la angustia de Lee.

 

Lee Miller pintada por Picasso.

 

LA VIOLACIÓN SEXUAL INCESTUOSA. EL PADRE DE LEE

 

Antony Penrose  en “The lives of Lee Miller” (1985) reveló un no-dicho familiar que sin embargo se hablaba a voces: su madre fue abusada sexualmente a los siete años por un amigo de la familia y la niña fue contagiada de gonorrea. Algunas versiones hablan de que fue violada por un marinero durante su viaje hacia el encuentro de una familia cercana. Otros han sugerido que pudo ser víctima del abuso por parte de su padre.

 

¿Quién violó a esa niña que fue lee Miller? Dada las dificultades de la época para la cura de enfermedades venéreas, los tratamientos fueron brutales: irrigaciones muy dolorosas aplicadas por el médico y por su madre.  John, el hermano de Lee, recordaba mucho tiempo después los gritos de la niña durante las curaciones que le quemaban la piel.

 

Antony reveló que sus abuelos consultaron un psiquiatra a quien lo único que se le ocurrió fue pedirle a los padres que le explicaran a una niña de siete años que el sexo era un acto mecánico, que –no se preocupara- el amor era otra cosa.  Al parecer, nunca hubo un espacio para nombrar la violencia y el abuso infantil en su verdadera dimensión. El tratamiento fue el trauma tras el trauma. La fotografía “December Morn”, fue tomada poco tiempo después. Judith Turman en un análisis de la vida de Lee Miller sugiere, que quizá el ritual del padre de comenzar a fotografiar a su hija desnuda formaba parte de un intento de regresarle –de manera simbólica- su cuerpo, como en un intento de “terapia de choque”.

 

Puede que tal haya sido la intención del padre. Como escribió Turman “si una intenta imaginar el mejor de los casos”. Difícil aprehender lo que pudo sentir una niña violada por un adulto -víctima además de violación incestuosa, dado que se supone fue un familiar-  invitada a posar para su padre, desnuda y en medio de la nieve de un helado mes de abril. ¿Liberador o alienante? ¿Podía la niña “recuperar” su cuerpo, apropiarse de él, a través del acto de posar desnuda para su padre? ¿O se habrá vivido una vez más como un cuerpo cosificable, doblemente expuesto por  la singularidad de su belleza?

 

Lee Miller y su padre tomada por Man Ray, 

 

UN HIJO HABLA DE SU MADRE

 

Antony Penrose toma la palabra. Es un sábado de septiembre en el Museo de Arte Moderno, y Antony visita México para presentar la exposición de su madre, la fotógrafa surrealista Lee Miller.  Primero modelo de Vogue, después fotógrafa, más tarde fotoperiodista de guerra. Compañera, alumna y musa de Man Ray. Fotógrafa, amiga y musa de Picasso.

 

Un larguísimo camino emocional  para el hijo de Miller: desde el pequeño que se vivió abandonado por una madre sufriente (asolada por un sufrimiento inexplicable para su hijo), retirada ya de la fotografía, amiga de algunos de los más grandes talentos de su época, distraída, alcohólica; el hombre joven que no pudo sino odiarla, y el hombre maduro que ha dedicado casi cuarenta años de su vida a salvaguardar la memoria de su madre a través de la clasificación,  selección y exposición de sus fotografías.  

 

Tras la muerte de Lee Miller en  1977, Suzanna, su nuera – quien contribuyó a que Antony recuperara el vínculo con su madre- encontró un escondite en un ático en la casa de su suegra: contenía más de 60,000 negativos, manuscritos e impresiones. El material se convirtió en la base del archivo Lee Miller. Escuchamos en la conferencia-preámbulo de una muestra tan versátil y por momentos antagónica (como si una época de la vida de Miller peleara con la otra) como su autora, pero estamos –también-  ante el discurso de un hijo que pudoroso y conmovido, es ahora capaz de poner en palabras sus intentos de respuestas a las preguntas que lo persiguieron con respecto a su madre.

 

 

 Antony Penrose en las piernas de Picasso, foto de Lee Miller. 

 

 

Las preguntas de toda una vida: “¿Quién es esta mujer fascinante? ¿Por qué sufría así? ¿Por qué bebía alcohol así? ¿Cómo fue su infancia? ¿Cómo fue su vida? ¿Por qué siento que no me quiso? ¿Quién fue mi padre para ella?” Antony no explicita sus preguntas, una las va escuchando. Así. Como de fondo. Al final lo sigo por las escaleras para expresarle cuán admirable me parece, no sólo ese trabajo de rescate de la obra de su madre, sino lo más conmovedor: su trabajo interior  (el de él) y su capacidad –así de difícil como es- para nombrar los silencios familiares. Los temas prohibidos. Lo no dicho.  Su capacidad para resarcir.

 

Remo por alguna expresión en inglés que tenga la fuerza de la frase en castellano y no la encuentro. Le digo: “Le non dit”.  “Do you understand ‘No dicho’, ‘non dit’?”. Y responde: “Lo viví demasiado tiempo”. Me cuenta que cada vez que habla del trabajo de su madre y de su infancia,  de su huida de ella y su regreso hacia ella, le sucede algo parecido: una o varias personas lo abordan para hablarle de los silencios familiares y la necesidad de indagarlos.

 

 

Hasta el fin de sus días Miller padeció esa fuerte angustia de estar viva. Alguna vez le preguntó a un médico amigo suyo por qué se aburría y desesperaba tanto, él le respondió: “Lee, no podemos inventar otra guerra sólo para que tú no te aburras”.

 

 

@Marteresapriego