Opinión

La fenominalidad del otro

El “otro” ya no está dentro de un museo, pero “aquellos que no son los otros” han optado por mantenerlos en lugares donde “se les pueda controlar”. | Leonardo Bastida

  • 01/06/2019
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Elegante, con gran porte, atractivo para las mujeres, gallardo, valiente, corpulento, talentoso, amable eran parte de las descripciones alrededor de Angelo Solimán, un hombre africano que logró sobrevivir a las vicisitudes de la sociedad europea del siglo XVIII que vio en él a ese “salvaje” que pudo refinarse y adaptarse a los modos y costumbres de una comunidad europea a punto de presenciar la irrupción de la Ilustración.

De origen nigeriano, el rastro de su infancia y su llegada a Europa es confuso. Cuentan que él mismo se decía descendiente de una dinastía de gobernantes de tribus en su natal África. Lo que le hizo destacar fue su gran capacidad intelectual, aprendiendo seis idiomas, un gran discurso, valiente soldado y llegó a ser Gran Maestre dentro de una logia masónica. Sin embargo, al fallecer, su cuerpo fue disecado y exhibido en el Museo de Historia Natural de Viena para mostrar como era un “salvaje” africano.

Su vida ha quedado plasmada en la película Angelo, de Markus Schleinzer, actualmente en cartelera de la Cineteca Nacional. Al igual que otros casos similares como el retratado en el filme Venus Negra, de Abdellatif Kechiche, en el que se narra la vida de Saartjie Baartman, conocida como la Venus Hotentote, una mujer extraída de la zona suroeste de África, identificada como integrante de la cultura khoisan, cuya vida transcurrió en espectáculos para adultos, circos, ferias de pueblos, exhibiciones y gabinetes de museos de historia natural, donde la estudiaron, disecaron su cuerpo y lo exhibieron como una atracción más del Museo del Hombre de París hasta 1974.

Sin una película o libro al respecto, la indígena sinaloense, Julia Pastrana, solía ser anunciada en Europa como “la mujer más fea del mundo” o “la mujer simio”. Ella cantaba en inglés, francés y español, tocaba la guitarra y bailaba. Su esposo la explotó por todo Estados Unidos y Europa, exhibiéndola y cobrando por ello. Una vez muerta, vendió su cadáver al dueño de un parque de atracciones en Noruega, hasta que más de 100 años después fue repatriado a México.

Hace tiempo, Omar Freixa, cuestionó a muchos museos y espacios culturales europeos que durante el siglo XIX, y las primeras décadas del XX, solían ofertar como atracción la exhibición de personas o grupos humanos considerados como “salvajes”, inferiores al Europeo, quienes debían estar resguardados por una cerca para que la gente pudiera ver como era la humanidad en un “estado primitivo”, sin sufrir daños, llamándoles “zoológicos humanos”.

Hoy en día, ese tipo de exposiciones y museos ya no existen, pues, por muchos años, se trabajó en concientizar a la sociedad que la diferencia a partir de la raza, el origen étnico, la lengua y muchas otras características de las personas dejaran de ser motivos para marcar distinciones y que las sociedades pudieran incluir a todas las personas por igual, sin separación.

Sin embargo, cada día hay más barreras invisibles para quienes no son considerados parte de ese “nosotros occidentalizado”. Campos de refugiados y barrios de inmigrantes alrededor del mundo, donde se da un espacio a aquellas personas que por diversas razones han tenido que desplazarse de sus lugares de origen hacia otros. Allí permanecen “encerrados” para evitar que se mezclen con la población del lugar. Así están el campamento de haitianos en Tijuana, las estaciones migratorias de personas de Centroamérica en Chiapas, los de gente de Siria en otros países del Medio Oriente, los de desplazados de África a las orillas de Ceuta y Melilla, entre muchos otros alrededor del mundo.

Como señala Zygmunt Bauman, estas comunidades están ahí pero son invisibles, dentro de un vacío, buscando ser borrados ante los ojos de los demás, son los extraños, los que no pertenecen al lugar, son quienes la gente prefiere que estén lejos, bajo control, delimitados.

El “otro” ha dejado de estar dentro de un museo o zoológico, pero “aquellos que no son los otros”, quienes quiera que estos sean, han optado por mantenerles en lugares donde “se les pueda controlar” y no causen “peligro” para la sociedad, donde se les pueda “admirar” pero no interactuar ni permitir que sus culturas florezcan. Donde vivan, pero no tengan posibilidad de acceder a la misma educación, los mismos servicios de salud, seguridad social, el libre tránsito, y la posibilidad de vivir conforme a su cultura, costumbre y creencias. Haciéndoles ver como fenómenos, cuando al igual que todas las demás personas, son seres humanos.

¿Sólo una disculpa?

@leonardobastida | @OpinionLSR | @lasillarota


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