Opinión

La expansión feminista

La autonomía de las mujeres está en momento de emergencia expandiendo el feminismo en las aulas y campos universitarios al sentido común de las mujeres. | Teresa Incháustegui

  • 12/04/2019
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Si hay algo que caracterice la imagen actual de las mujeres en los medios tradicionales y nuevos, es la presencia de demandas y cuestiones que hace unos años se quedaban en los grupúsculos de la militancia feminista. Feminicidios, violencia sexual, derechos sexuales y reproductivos, participación paritaria, igualdad laboral, han dejado de ser banderas de las organizaciones surgidas de los años 60 y 80 para convertirse en consignas populares, movilizaciones masivas de un activismo que trasciende con mucho a las anteriores organizaciones. Es un feminismo actitudinal y emocional más que teórico o universitario, que ha logrado romper el cascarón y montar una ola expansiva en los medios de comunicación, haciendo pasar temas como la violencia y la discriminación femenina, de la nota roja y de los malos chistes sexistas, a la agenda pública.

El feminismo universitario de la segunda ola (60 y 80) tuvo siempre muy claro algunos temas esenciales en la constitución de las mujeres como sujetos de derechos: el derecho a la contracepción y el aborto y, el derecho a una vida libre de violencia.

La centralidad de estos temas tiene que ver con la constitución de las mujeres como individuos autónomos, a quienes las instituciones modernas dejaron de lado desde los años de fundación de la modernidad. La génesis de los derechos del hombre y del ciudadano puestos en blanco y negro en la Declaración Universal de 1789 es como se sabe una proclamación en clave masculina de los derechos de la que por descontado estuvimos excluidas las mujeres y está basada en los derechos individuales.

La construcción del individuo-ciudadano portador en sí mismo de un conjunto de relaciones libres y soberanas, es resultado de un proceso de distanciamiento-empoderamiento producido entre los siglos XVII y XVIII donde el individuo emerge como un ser autónomo respecto a la trascendencia religiosa, las coerciones comunitarias y la tradición, dueño de sí mismo, propietario de su persona y soberano de su voluntad. El ciudadano dice Locke (Ensayos sobre el gobierno civil, 1689) es “indisociablemente propietario de sí mismo y poseedor de bienes, sin estar bajo la dependencia de otro o, de la necesidad”.

Asentada en esta relación de libertad y autonomía personal la ciudadanía fue un recinto cerrado para las mujeres hasta 1945 cuando la Comisión para la revisión del estatus jurídico de la mujer (CSW por sus siglas en inglés) establecida por la ONU, emprendió la construcción de los derechos humanos de las mujeres. La CEDAW (Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación de la mujer, 1992) votada por el consenso de Naciones Unidas doscientos años después de la Declaración Universal de 1789, será la primera formulación de los derechos de la mujer y de la ciudadana, en clave de género. Es decir, a partir del lugar estructural y jurídico de las mujeres en cada país.

De este conjunto de derecho destacan el derecho a la salud sexual y reproductiva, que incluye el derecho a la contracepción, a la maternidad elegida y a la sexualidad libre y placentera, junto con el derecho a una vida libre de violencia, al empoderamiento y la participación en el desarrollo, que son los tres pilares esenciales para la construcción de la autonomía de las mujeres. Ser dueñas de nuestras vidas, ser dueñas de nuestros cuerpos; ser dueñas de nuestros pasos y movimientos; autosuficientes y libres en nuestras elecciones de pareja, de profesión, amigos o trabajo. En suma, completar el proceso de constitución como sujetas de derecho, individuas autónomas, ciudadanas libres y soberanas, a la par de los hombres. Por eso han sido y son tan estratégicos estos derechos en la lucha feminista.

El patriarcado y los (hombres y mujeres) conservadores, siguen viendo a las mujeres como apéndices de los hombres, como sujetadas por el derecho, no como sujetas de derechos. Quieren seguir controlando sus cuerpos, sus deseos, su sexualidad, su capacidad reproductiva, su libertad de movimiento, sus progresos económicos y políticos. De ahí provienen las iniciativas que definen el derecho a la vida desde la concepción, dando al cigoto derechos propios del carácter de la persona, mientras desconocen los derechos de las mujeres y, de los niñas y niños nacidos. De ahí provienen las iniciativas que penalizan a las mujeres que abortan voluntaria o involuntariamente, mientras exoneran, disculpan o toleran a violadores y pederastas. De ahí provienen también los intentos de retrotraer el reloj de la historia y los avances de las mujeres un siglo atrás, articulados por coaliciones de gobiernos de algunos estados miembros de la ONU, que se vieron moverse como una fuerza contraria y concertada, en la pasada sesión de la CSW (marzo de 2019)

El hecho de que, en las calles, en las redes, en los foros públicos, en las movilizaciones de las plazas de muchas ciudades y países, contingentes de mujeres jóvenes de distintos orígenes sociales se activen alrededor del derecho a vivir sin violencia, de la demanda para ejercer sus libertades sin cortapisas, de cobrar el control de sus vidas, señala el advenimiento de nuevas fronteras en las relaciones de género. Fronteras que vemos también dibujarse en las identidades de los hombres que están cambiando a favor de modelos de masculinidad más abiertos. La autonomía de la mujeres está en momento de emergencia expandiendo el feminismo de las aulas y campos universitarios al sentido común de las mujeres.

El pasado está vivo y nunca como hoy está en nuestro presente

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