Opinión

La estela y el resorte: apuntes postelectorales

Entre egos y gritos, nace la guerra | Javier Talamás

  • 06/07/2018
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I

Si tuviera que describir las elecciones, me negaría. Los adjetivos (casi) siempre sobran. Además, por más inverosímil que parezca, sospecho que ya nos los acabamos. La comentocracia no nos dejó ninguno para masticar. En fin, hayan sido abismales, benéficas, carísimas, cívicas, corruptas, delirantes, difíciles, durísimas, enormes, estúpidas, fraudulentas, francas, gigantescas, grandiosas, horribles, históricas, inigualables, inútiles,  impugnables, jocosas, jediondas, kafkianas, larguísimas, lentísimas, limpias, legítimas, maquiavélicas, magníficas, malísimas, macabras, neutrales, nulas, ñoñas, obsoletas, osadas, opresivas, patrióticas, pactadas, populistas, polarizantes, pinchísimas, quisquillosas, robadas, rarísimas, reñidas, seguras, surreales, tramposas, tediosas, tranquilas, turbulentas, usureras, útiles, violentas, victoriosas o zozobrosas; ya fueron: entre el terror y el delirio, el victimismo y el fanatismo, la estela electoral apenas se abre paso. Ha dejado bastantes aguas agitadas. ¿Qué nos deja este proceso electoral además de cargos populares?

II

Casi todos los movimientos sociales, incluidos los electorales, se comportan como un resorte. Se estiran hacia polos extremos, se alejan bastante, y de pronto, muy paulatinamente, la tensión se libera. Ya cercano un extremo sobre el otro, comienzan a encontrar un balance que los ubica nuevamente en su forma primitiva; o lo más cercano a ella. Pero los resortes suelen oxidarse, se desgastan; ya corroídos, terminan por ceder a la tensión.

El movimiento que ha encabezado López Obrador ha estirado ese resorte hasta sus límites. Ha soportado tres elecciones presidenciales. Encima, centró su discurso electoral en algo que se justificaba por sí solo: corrupción, impunidad y “élites conservadoras”; lo que le permitió polarizar aún más el enojo social.

Han quedado tan torcidos, y tan paradójicos como los adjetivos que describen nuestras elecciones. Hay un lado que le guarda fe, y otro terror –quizás hasta rencor. ¿Nos pueden culpar?

Todo el proceso electoral fue una misma senda que se bifurcaba en dos direcciones; en una disyuntiva: ¿quién es Andrés Manuel López Obrador? ¿Luchador de causas o purificador de almas?, ¿líder carismático o vil manipulador?, ¿liberal de izquierda o liberal electoral?, ¿Napoleón Gómez Urrutia u Olga Sánchez Cordero?, ¿reforma educativa o transformación magisterial?, ¿defensor de minorías o acoplador de votos?, ¿Estado laico o congreso evangelista?, ¿diversidad sexual o conservadurismo social?, ¿fiscal autónomo o fiscal carnal?, y otros largos etcéteras que acompañaron –y acompañarán– al amorfo movimiento que encabeza.

Esas preguntas; esos huecos en el aire de sus discursos, bien pueden ser augurio de catástrofe inminente. Los vendavales suelen airear muy leve al principio. Pero todo lo que podamos afirmar, son conjeturas. Precisamente ahí triunfó el movimiento de Morena: en saber que los detractores de Andrés Manuel eran meras conjeturas; juicios a priori. Al final, el terror al futuro no fue superior al rencor con el presente, y en las urnas se reflejó. (Es entendible en un país donde al hacer la tarea, te disuelven en ácido).

¿Serán esos enigmas del carácter preocupaciones válidas? Las manecillas tienen la respuesta. Por ahora, toca reconciliar el tejido social. Y creo que es aquí donde los ciudadanos debemos ocupar nuestros esfuerzos.

III

Andrés Manuel: ni héroe de la democracia, ni villano de las libertades: hombre electo a cargo popular. Nada más. ¿Podríamos ser Venezuela? Lo dudo. Bastantes matices hay para opinar al respecto, pero me parece que el lopezobradorismo, a diferencia del chavismo, difiere principalmente en su filo castrense. Además, admitirlo sería negar nuestra historia política e institucional.

Si –como aseguran– nos convertimos en Venezuela, toda nuestra historia de logros institucionales sería mera ilusión, ¿no? Vamos, es el primer presidente con tan pocas facultades en la historia; jamás había entrado un titular del Ejecutivo con tantos órganos constitucionalmente autónomos en la balanza. Si ni así funcionan los contrapesos, las instituciones, o nuestro “rígido” constitucionalismo, yo pensaría que las leyes, o nosotros, somos de arena.

Sí: los líderes populistas nos han salido caros en Latinoamérica, pero ¿que no ha sido toda nuestra historia política moderna una lucha para evitar precisamente esos temores? O una de dos: o hemos hecho todo mal, o hemos entendido todo mal. Porque, ¿qué nos orilló a esto?, a resumir nuestra historia política a un solo hombre, un solo candidato. Si acaso hace temblar a las instituciones, tal vez -y solo tal vez- sea porque no elegimos del todo bien durante los últimos dieciocho años. Asumamos corresponsabilidades.

IV

Suficientes razones hay para alegrarnos, como para entristecernos. Atrás quedó el PRI (al menos oficialmente); atrás quedó la maquinaria que inyectó una cultura de corrupción al andamiaje electoral; atrás la vileza del modelo neoliberal. Eso es motivo para celebrar. Pero el otro lado de la moneda es oscuro: un partido retrógrado que no logró ni siquiera mantener su registro federal, ha sido premiado con curules. Morena amenazada con aplastantes mayorías; y no sabemos qué rostro mostrará porque no hemos conocido aún a López Obrador. Las preguntas sobre quién es siguen vigentes; y lo seguirán como fantasmas durante su gestión.

Lo que preocupa es que sigamos siendo el México de ayer, con las peculiaridades de nuestro hoy. Espero que los romances no sean ciegos, y que la crítica sea responsable. Porque entre egos y gritos, nace la guerra.

Somos mexicanos y mexicanas; nos hemos recogido entre un mar de escombros. Hay que sujetar ese resorte social a punto de quebrarse. Que no se hunda entre la estela electoral.

Por cierto, mi voto presidencial fue para Marichuy. Con todas sus consecuencias.

Javier Talamás

Es Licenciado en Derecho por la Universidad de Monterrey. Ha trabajado en diversas firmas jurídicas, y a lo largo de su carrera profesional se ha desempeñado en distintas ramas de la profesión: Derecho Notarial, Parlamentario, y Corporativo (la cual ejerce actualmente). Su pasión más grande es la literatura; firme creyente de que el cambio social emana desde el interior del espíritu humano, el cual solo puede ser descubierto a través de las letras. Es editorialista de Altavoz México, donde ha publicado crónicas, ensayos, columnas y poemas. Además, es co-fundador de una editorial llamada Vocanova, la cual actualmente dirige, y cuya misión pretende transformar el mundo a través de la difusión de expresiones artísticas.

La perra flaca (o letanía del PRI)

@JavierTalamas | @OpinionLSR | @lasillarota

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