Opinión

La empatía, el indispensable principio civilizatorio

Hablamos de “tejido social desgarrado”, y es un hecho. Desgarrado hasta los altos índices de criminalidad, homicidios, feminicidios que nos marcan la piel.

  • 29/11/2016
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Cuando una lee los testimonios de personas sometidas a circunstancias de crueldad extrema, hay una constante en medio de horror: la esperanza de salvar la vida y de que una vida más humana– tal vez- es posible. Sobrevivir, testimoniar (como un acto de  memoria, de liberación y de justicia) y quizá, ser capaces de crear un futuro en el que el amor (con sus claroscuros y su luminosidad) venzan a los caudillos de la violencia. No es una cursilería hablar de amor, si entendemos que la capacidad de amar y de sentir empatía, la capacidad –verdadera- de sentir con los otros, son principios básicos de la salud emocional y la única manera de construir familias, culturas, sociedades inscritas en los derechos, la equidad y la búsqueda de lo que es justo.


Foto de Adriana Bernal


No nos tiene que caer bien un vecino, pero la mínima empatía nos podría permitir entender, que el hecho de que su personalidad nos desagrade, no implica que tengamos el derecho a arrojarle la basura en su puerta, ni el de mantener la música a todo volumen, para que no duerma. La empatía nos lleva a llamar una ambulancia, cuando hay una emergencia en la carretera. A detenernos. A hacer lo que esté en nuestras manos para apoyar a las personas que en ese momento viven una desgracia. La empatía es el más hondo y humano de los vínculos: “No te hago a ti, lo que no quiero que me hagan a mí. No te lo hago porque sé que duele, que es una falta de respeto, porque la calidad de tu cotidianidad de vida importa, como importa la mía”. Y esperemos: viceversa. Hablamos de “tejido social desgarrado”, y es un hecho. Desgarrado hasta los altos índices de criminalidad, homicidios, feminicidios que nos marcan la piel todos los días.


El tejido se desgarra y la escalada comienza. ¿Quién se arriesga a abrir su puerta porque le solicitan un vaso de agua? El ejemplo resulta ya tan disparatado, tan absurdo, ¿cómo semejante cosa puede ya siquiera mencionarse? No estoy cantando “De colores”,  pero alguna vez vivimos un país en el que esa escena era posible. En el que era posible tomar el fresco con las puertas abiertas y ofrecer ese vaso de agua de limón. Hay países, en donde esa calidad de vida cotidiana existe. Hay países que han logrado no convertir sus territorios en la geografía de las fosas clandestinas, los secuestros, los abusos y los cuerpos mutilados.


Adriana Bernal


Lo que siento no es una nostalgia por el pasado (que había que transformar de tantas, tantas formas), sino una profunda convicción de lo que puede ser el futuro en una democracia que erradique la violencia y el sistemático despojo que la provoca.  ¿En qué momento se desgarra el tejido social? Quizá en el momento en que la impunidad ocupa el lugar que la ley deja vacío. En el momento en el que la mentira, el despojo y la impostura toman el poder. En el momento en el que las instituciones no responden y las palabras se convierten en la escalada de la burla más pública.  En el momento en el que cada vez más y más personas pierden por completo la esperanza de que otra vida más humana y más justa es posible para ellos. En el momento en que cada vez más personas viven en el: “a mí ya me o arrebataron todo, yo ya no tengo nada que perder”.



Foto de Adriana Bernal


Cada vez pienso en los pequeños sicarios que encuentran en las bandas criminales su única posibilidad de “pertenecer” en algún lado, de tener “un lugar”. Me refiero a aquellos que se unen de manera “voluntaria”. Esas/os jóvenes para quienes “la empatía” es una noción inexistente, porque la empatía se aprende. Alguien, alguna vez temprano en la vida, tendría que haberles tendido una mano. Consistente. ¿Quién protege a esa cada vez más inmensa tribu de desprotegidos en este país? ¿Ninguna vida mejor es imaginable? No hay nada imaginable sino ese abandono, esa soledad, ese infinito desamparo, esa infinita injusticia, ese evadirse en un bote de resistol o la atroz “promesa” de ser mirados, ¿y quizá tantito amados? Si logran obtener unos tenis Nike.


Foto de Adriana Bernal


 ¿Qué es “la vida” desde la más completa precariedad emociona y material? Bombardeados  por un ciego llamado al consumismo desde el cual la persona no existe, si no compra y exhibe. Un espacio deshabitado de amor en donde todo es comprable y todo es vendible: las personas también, por supuesto.  Si la vida de una persona no ha valido nada para nadie, ¿qué pueden valer – para ella- las vidas de los demás? Si una mujer es asesinada a puñaladas frente a su hijo y lo único que el hijo de la víctima escucha es: “¿en qué andaría metida?” Y salvo su devastación, no pasa más nada. ¿Cuál es el valor de una vida en esa escalada sin límites de la violencia y a inhumanidad? Entonces escuchamos: “mejor vivir pocos años, pero con mucho billete”. En el narco. Y sentimos horror. Escuchamos las descripciones de los asesinos, y sentimos horror. Tenemos miedo en este país en donde la violencia estalla y nos pertrechamos en la “esperanza de que no nos toque”.


Hemos ido bajando los brazos, porque no sabemos qué hacer. Porque la impotencia nos gana. Porque desconfiamos de todos los partidos, de casi todos los liderazgos. Porque ya nos resignamos a que nunca podremos abrir la puerta y ofrecer ese vaso de agua de limón. Porque ya nos resignamos a que cada mañana el periódico sea una larga y dolorosa “nota roja”. Porque decir “empatía”, nos parece de lo más ridículo y de lo más cursi. Sólo que si leemos la descripción de la personalidad de quienes son capaces de secuestrar a una jovencita a la salida de su escuela para destrozarla, cada vez, nos encontramos con el mismo rasgo de personalidad del asesino: “Imposibilidad de sentir empatía”. Quien no siente empatía es, por supuesto, incapaz de vivir ni la más remota forma de amor o de respeto por la integridad de otra persona. Pero la empatía, se aprende, se vive, se expande.


A esas conclusiones no llegan las novelitas rosas, sino los psiquiatras, los psicoanalistas,  los “perfiladores” de los Institutos de Ciencias Penales que estudian las personalidades criminales. Una sociedad en donde se pierde la empatía, una sociedad en las que miles y miles de personas se dicen cada mañana (y cada vez más): “yo ya no tengo que perder”, es una sociedad alienada, ¿hasta cuándo? ¿hasta dónde? En el desamparo, la injusticia, el dolor y la violencia. El, “yo no corro sino por mí y que el mundo ruede”. Y nos complicamos a vida os unos a los otros, hasta en o más evidente: la manera de manejar aventando hojalata.


Adriana Bernal

           

No permitamos que las palabras (y los contenidos de esas palabras) que construyen los principios básicos de una sociedad civilizada, nos sean arrebatadas. Las llevan y las traen desde sus tribunas impostoras de tan baja manera. Una los escucha decir: “Se hará justicia”, “el crimen no quedará impune”, “la educación es nuestra principal preocupación”, y una tiembla de impotencia. Una cierra el periódico. Apaga la tele.  Pero esas palabras y sus contenidos “justicia”, por ejemplo, con todo lo que ese elemental anhelo humano implica, son nuestras, de cada mexicana/o que esté dispuesta/o a honrarlas. Leo constantemente testimonios de personas que sobrevivieron en circunstancias extremas que no podemos ni imaginar, ni asimilar, cuando no las hemos vivido. Observo la lucha sin tregua de las/os familiares de las/os desaparecidos y/o asesinadas/os. Y allí encuentro lo que estamos perdiendo: la fuerza y la esperanza de que otra vida, otro país es posible. Podemos reconstruir la empatía. Claro que podemos. Recuperar el valor de cada singularidad, de cada infancia, de cada adolescencia, de cada vida adulta. Podemos recuperarnos. Poco a poco: justicia, equidad, empatía, derechos. Confianza.  Esperanzas.