Opinión

La dolorosa marcha de los paraguas

“Il pleure dans mon coeur. Comme il pleut sur la ville…”.

  • 29/09/2015
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“Llora en mi corazón.

Como llueve sobre la ciudad…”: Paul Verlaine.

 

Sábado 26 de septiembre 2015. A un año de la desaparición forzada de los jóvenes estudiantes de la normal Isidro Burgos de Ayotzinapa, las madres, padres y familiares de los desaparecidos convocaron a una marcha. Memoria y denuncia.  Justicia. Un año ya de esa interminable noche trágica en la que los jóvenes, y más tarde algunos de sus maestros que acudieron a apoyarlos, fueron perseguidos, acosados, cercados, baleados. Heridos. Asesinados. 43 de ellos desaparecidos.  

 

También fueron acosados los integrantes del grupo de futbol Avispones. Asesinada una señora que pasaba por allí en un taxi. El absurdo.  Sádico. Mortífero. El cuerpo de Julio César Mondragón tendido en el pavimento. Torturado y con la piel de su rostro arrancada.

 

No es, ni será cuestión de olvidarlos. El cielo está cargado de nubes y traemos el corazón cargado de indignación, de enojo y de pena. Y una certeza: caminamos hacia la verdad.  La verdad llegará, lenta, pero firme.

 

Marchamos –esta vez- después de la lectura de las más de 500 páginas del informe: “Ayotzinapa, investigación y primeras conclusiones”, entregado por El Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), nombrado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, después de seis meses de trabajo. “Los muchachos no fueron incinerados en el basurero de Cocula”, concluyen. Y nos explican con detalle por qué esa incineración masiva de los cuerpos es más que imposible.

 

El informe es la minuciosa reconstrucción de los hechos minuto a minuto. En dónde estaban a cada momento los autobuses de los jóvenes, cómo les detuvieron el paso. Cómo los autobuses se separaron.  Cómo los atacaron. Sangre. Confusión. Huida. Caos. No es, ni será cuestión de olvidar los niveles de barbarie que estallaron en esa interminable noche de acoso y de violencia.  ¿Cómo podríamos? La fragilidad de los jóvenes ante una horda armada. Las llamadas, pidiendo ayuda. La desesperación de los muchachos por huir y regresar a su escuela. 

 

Ellos no llegaron a dañar a nadie, el plan se reducía a tomar autobuses para transportarse (junto con sus compañeros de las otras normales rurales) a la marcha en conmemoración del dos de octubre en la Ciudad de México. No se puede llamar “desproporción” a la respuesta monstruosa que recibieron. Los caudillos del silencio alistaron sus botas y sus armas (parafraseando a Paul Celan) y salieron a cazarlos. Irrumpieron en la noche a la caza de jóvenes desarmados que lo único que podían hacer para defenderse era recoger piedras en el  camino. Nombrase entre compañeros. Intentar mantenerse unidos.

 

Jóvenes que lloraban sin entender qué pasaba, que intentaban protegerse los unos a los otros. Nos da horror ese México, el que estalló esa noche, ese México insoportable de asesinos impunes. Leer el informe y pensar a cada momento: ¿por qué no se detuvo la violencia? ¿Por qué no los dejaron ir? ¿Cómo fue posible que la caza tuviera lugar ante tantos testigos y con varios niveles policiacos involucrados?  ¿Y el ejército? ¿Por qué tantos supieron que la cacería estaba en marcha y nadie intervino para salvar a los muchachos? ¿Por qué la telefonista del 066 no creyó en una llamada de auxilio? ¿Por qué no llegó antes una ambulancia?  ¿Por qué se ensañaron contra ellos?

               

 

 

La violencia fue creciendo sin que ninguna de las autoridades involucradas tuviera la menor intención de detenerla. Iguala convertida en tierra sin ley. En tierra de nadie. La dictadura de los más brutales se impone en la tierra de nadie.  “Los muchachos no fueron incinerados en el basurero de Cocula”. ¿Qué fue de ellos? Se habla de una casa de seguridad, de camionetas que transportaban a unos y camionetas que transportaban a otros. Las declaraciones se contradicen. Se dice que unos jóvenes fueron llevados a “barandillas”, pero hay quien diga que nunca llegaron allí. El grupo de investigación avanza retirando con picos y palas las toneladas de mentiras petrificadas que han querido vendernos.  Avanzan señalando todas las líneas de investigación que no se siguieron, los protocolos que no se respetaron.

               

¿Alguien creyó en “la verdad histórica?”. No demasiados.  Sin embargo, esa conferencia de prensa del ex procurador (cuyo oscuro nombre no quiero escribir aquí) nos arrojó a días de pánico y desazón: Están muertos. Los asesinaron a todos de esa manera o de otra. Los torturaron y los asesinaron a todos. Pero el llamado de los padres de los jóvenes desaparecidos fue muy claro: Sigamos buscando. “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”. No puede haber en este mundo demanda más exacta, ni más justa. Vamos por cada uno de ellos y vamos por un país en el que nunca más las bestias puedan salir a cazar personas. En el que nunca más gane la ley del más despiadado y del más feroz.

 

Nadie dio una orden que detuviera la violencia. Al contrario. Las frases de odio –pronunciadas por los verdugos- irrumpen a lo largo de las declaraciones. Iguala y sus afueras convertidas en tierra de nadie. En la tierra de nadie se impone la dictadura del más brutal.  El espantajo de la verdad histórica que quisieron vendernos -como pieza de granito sin fisuras- se deshace como un muñeco de cartón bajo la lluvia.

 

Gracias a las madres y a los padres de los estudiantes desaparecidos por su fuerza, por su convicción sin tregua,  por su decisión de acudir a las instancias internacionales. Gracias a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por intervenir, y a cada uno de los especialistas que trabajan en el Grupo interdisciplinario de Expertos Independientes:  Ángela Buitrado (Magister en derecho penal y doctora en sociología, Colombia), Claudia Paz (abogada y ex fiscal general de Guatemala), Francisco Cox (abogado penalista de Chile), Alejandro Valencia Villa (abogado y experto en derechos humanos, Colombia) y Carlos Martín Beristáin (médico y doctor en psicología, España).

 

  

“La noche de Iguala. Descripción de los hechos del 26 y 27 de septiembre que llevaron a la desaparición y asesinato ?de los normalistas de Ayotzinapa y otras víctimas”.

           

El informe narra la reunión de los jóvenes representantes de las normales rurales con el fin de planear su participación en la marcha del 2 de octubre en la ciudad de México. Se decide que serán los jóvenes de la Isidro Burgos quienes ofrezcan el hospedaje. Los normalistas de Ayotzinapa se ponen de acuerdo: Los estudiantes que tengan la posibilidad irán a sus casas el fin de semana para ahorrar alimentos y así poder recibir a sus compañeros. También son ellos los responsables de retener los autobuses que se utilizarán en el viaje.

 

El 26 de septiembre los jóvenes toman autobuses, al saber (vía celular) que algunos de sus compañeros están encerrados en un autobús en la central de Iguala (el chofer descendió y los dejó adentro), entran a la ciudad. No tenían ninguna intención de “romper” el acto de la señora Abarca, uno de ellos declara que ni siquiera sabían que el acto existía. La cacería se desata.  Llueve en esta marcha del 26 de septiembre del 2015. Comienzan a aparecer impermeables muy frágiles hechos con bolsas de plásticos. Los manifestantes no se dispersan.  Al contrario. Nos pegamos los unos a los otros. Nos juntamos.

 

La oscuridad absoluta –para los jóvenes perseguidos esa noche-  estalla desde las  nubes. También entonces llovía.  Las madres y padres de los desaparecidos encabezan la marcha. Para las alturas de la calle Madero, hay mujeres que ya han caminado kilómetros con sus bebés acunados en un rebozo, cubiertos con una frazada, vueltos a cubrir con los plásticos de colores. Mujeres pequeñitas y fuertes acostumbradas a caminar y trabajar con sus hijas/os pegadas/os al cuerpo. Un contingente de niños con sus madres y maestras espera la llegada de los padres de los normalistas en la explanada de Bellas Artes: “Un niño informado, no es manipulado”.  

 

Distintos feminismos reunidos en un contingente avanzan con sus tamboras y su manta: “Defendamos nuestra alegría y organicemos nuestra rabia”. Por los 43 desaparecidos, por todas/os las/los desaparecidas/os,  por las niñas, adolescentes y mujeres víctimas de violencia. Las vidas despojadas en los crímenes de odio y su violencia extrema. Detrás de ellas/os, los activistas de Bloque Rosa. Contingentes de la UNAM y de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Contingentes del Politécnico Nacional y la Ibero. Como cada vez: niños, jóvenes (muchos), adultos, personas mayores. Un grupo de jóvenes acompañados de sus maestras/os cantan esa canción que ha llegado a convertirse en uno de los emblemas de las marchas por La verdad y la Justicia para Ayotzinapa: “¿Quién dice que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón”.

 

No supe grabarlos en ese momento cantando a mitad de la calle como me hubiera gustado, les comparto la canción –acá- en la voz de Mercedes Sosa. Un himno. Ni más ni menos. Porque las causas y la suma de las distintas causas necesitan sus himnos.  Dicen que éramos 18 mil personas en la marcha. Creo que éramos muchísimos más. El zócalo tomado desde arriba muestra un lleno completo. Codo a codo. Paraguas de todos los colores. Miles y miles de paraguas. Leímos el informe del Grupo Interdisciplinario. Línea por línea. La “rabia organizada”, nos acerca cada día más a la verdad. La verdad terminará por tomar las plazas.

 

https://www.youtube.com/watch?v=aO_6kFoNu3Y

 

 

 

EL MANDATO DEL GRUPO INTERDISCIPLINARIO DE EXPERTOS INDEPENDIENTES

 

“El mandato del GIEI tiene que ver con evaluar las actuaciones llevadas a cabo por el Estado y proporcionar recomendaciones sobre: 1) El proceso de búsqueda de los desaparecidos. 2) La investigación de los hechos y responsables. 3) La atención integral a las víctimas.

 

Además, de una forma más amplia, el Estado reiteró en el Acuerdo su disposición para que a partir de las recomendaciones emitidas por el GIEI se fortalezcan sus capacidades institucionales para la búsqueda y localización de personas desaparecidas así como las de la investigación de los casos de desaparición forzada”. México, septiembre de 2015.

 

Llueven preguntas, demandas, denuncias. Llueve la certeza de que una a una irán derrumbándose las mentiras. La marcha avanza hacia el espacio simbólico del Zócalo de la ciudad de México: no hay marcha atrás. Los paraguas se abren cuando la mayoría ya estamos empapados. ¿Cómo no sentir el corazón atrapado -por un puño que se cierra- cada vez que las voces cuentan hasta 43? Es tan inmensa la diferencia entre este frío nuestro en la avenida Reforma (tan protegidos los unos por los otros) y el frío desamparado, ese frío absoluto de los muchachos en manos de sus secuestradores y asesinos.

 

Sentir ese frío que fue/es el de ellos. ¿Acaso podemos siquiera imaginarlo? Las fotos de sus rostros. Sus nombres. Sus historias. ¿Los que están vivos, dónde están? ¿Quién les ofrece un pan, una palabra de aliento, una manta? Es tan cotidiana la vida. Se despertaban los muchachos, asistían a sus clases, estudiaban, organizaban debates políticos, cocinaban en sus estufitas, lavaban su ropa. Leían. Escuchaban música. Escribían mensajes a sus familias. Esa cotidianidad de la escuela normal que nos muestra el documental “Ayotzinapa” de Rafael Rangel, filmado después, cuando los compañeros de los jóvenes desaparecidos van nombrando una por una las ausencias: acá las habitaciones, acá una siembra, acá el patio. Acá “la tía”, esa señora amorosa que les ayuda con su ropa, les ofrece conversa, los materna.

 

 

ALGUNAS DECLARACIONES TOMADAS DEL INFORME

 

Era tan cotidiana y esperanzada la vida de los cerca de 500 alumnos de la normal Isidro Burgos en Ayotzinapa (una de las diecisiete normales rurales que aún sobreviven), hasta que el horror irrumpió pateando la puerta. “Con los ojos borrosos del gas pimienta… como pude me enjuagué los ojos, desde la patrulla pude observar cómo iban bajando poco a poco a los estudiantes y los estaban golpeando brutalmente con unos palos en la cabeza, y los que podían caminar los subían a la patrulla y los que no podían caminar entre dos policías los arrastraban y los aventaban a las patrullas, uno de los policías le dijo a otro, que ya no caben en la patrulla y el otro dijo ‘No importa, ahorita vienen los de Huitzuco’”, declaración de uno de los chóferes de autobús.

 

“Ya estando en la patrulla observé que los policías tenían amarrados y tirados en el piso a unos estudiantes y los estaban contando del uno al cuatro, siendo aproximadamente un total de 20 estudiantes”, declaración de un segundo chófer de autobús. “Cuando me ponía de lado fue cuando me golpearon. Les dije que si fueran sus hijos a ellos les iba a gustar que así los tuvieron y me golpearon aquí las costillas. Me golpearon unas cuatro veces con la culata y fue cuando un policía le dijo al otro ‘mátalo, para que lo vas a dejar herido, de una vez mátalo’.  Al lado de mí estaba el Botas y estaba llorando, le dije que se aguantara, que mis camaradas iban a llegar a rescatarnos, a apoyarnos. En ningún momento imaginamos que se los iban a llevar”, declaración de un estudiante de la normal.

 

“Según refirieron los normalistas, en la parte de arriba de dichas escaleras, una mujer acogió en su casa a diez de ellos y ahí pasaron la noche, mientras otros cuatro se quedaron escondidos más arriba en el cerro. Este proceso muestra que se dio una persecución de los normalistas que habían tomado el autobús Estrella Roja, durante varias horas, y en diferentes escenarios”.     

  

“Subimos al tercer autobús para ver la desgracia, vimos el pasillo lleno de sangre, en el asiento, en el primer asiento estaban los cuajos de sangre y la credencial del compañero Cochiloco, y lo que era en la parte de la ventanilla del chofer vimos pedazos de carne, como si le hubieran dado un disparo a quemarropa en esa parte y hubiera quedado carne todavía en el cristal. Los cristales despedazados, los rines igual, la carroza... totalmente”, declaración de otro joven normalista.

 

“En ese momento llamamos a otros maestros, pero todos estaban atendiendo a los muchachos, estaban ocupados sacando heridos, espantados. Les llamo a dos compañeras para que me manden un taxi. Pasó un tiempo largo, estuvimos ahí hasta las 2 de la mañana. Le hablé a mi familia: hermano, nos acaban de rafaguear aquí en el Periférico con los muchachos de Ayotzinapa, si me matan que no digan que me fui con el narco o era secuestrador, cuídate mucho”, declaración del maestro que acompañó a algunos los estudiantes en la clínica.

 

 

 

Falta tanto por saber. Nos queda muy claro el inexplicable sadismo con el que los estudiantes fueron perseguidos. Nos queda muy clara la solidaridad de los jóvenes entre sí,  arriesgando sus vidas para no abandonar a sus compañeros. Nos queda clara la solidaridad de los maestros que acudieron en su auxilio, y la de algunas familias que abrieron sus puertas para esconder a los muchachos. 

 

Nos queda claro que la noche del 26 de septiembre del 2014 fue feroz, que todos los abusos de poder fueron permitidos y exaltados,  y que la “investigación” que “sostuvo” la “verdad histórica”, no es sino una larga y miserable cadena de artificios y mentiras. La mascarada del poder. Una vez más. Pero los crímenes contra los jóvenes de Ayotzinapa son/han sido/ tienen que ser un parteaguas. Ningún ser humano, ninguna familia, ninguna sociedad se construye en la mascarada, menos aún cuando la mascarada intenta ocultar la violencia extrema. Perpetuar la impunidad.

 

Contra la mascarada: la empatía activa.  La empatía y la solidaridad nos unen y nos salvan.  No son palabras en el aire: La posibilidad de vivir/sentir/padecer con y junto a los otros es la más indispensable de las emociones humanizantes. El comienzo de toda salud emocional. La antítesis de toda maquinaria de destrucción. La suma de miles y millones de corazones/inteligencias/activismos empáticos y dispuestos a exigir Verdad y Justicia, es nuestra arma más potente contra la brutalidad de los caudillos del silencio. A ellos su infame deshumanización. A nosotros, que sus crímenes no queden impunes. A nosotros, que nunca más.

 

@Marteresapriego