Opinión

La divinización del poder ainstitucional

El gobierno de López Obrador no puede ser diferente a lo que ha sido su paso y trato con otras instituciones. | Luis Farías

  • 01/02/2019
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Todos los días experimentamos cambios que por su sucesión homeopática no despiertan inquietud por su destino. Pero nuestra discusión pública ha dejado de ser sobre régimen de gobierno, diseño institucional, organización, regulación, garantías y contrapesos, alarmas y controles, transparencia y efectividad, derechos y libertades. Hoy discutimos la personalidad del presidente, sus soliloquios, pasmos, chistoretes, ocurrencias, yerros, endiosamiento. El desempeño gubernamental, sus costos, consecuencias e ineptitudes son arrojados lejos del análisis para dejar paso a lo anecdótico, trivial y personalizado.

Cuando los gobiernos funcionan institucionalmente, la atención se centra en hacerlos efectivos, regulados, vigilados, contenidos, transparentes y responsables; obligados a explicar planes, acciones y logros, y, por último, a consultar periódicamente al electorado sobre quién debe gobernar. Todo lo anterior implica una organización, atribuciones, división del trabajo, pesos y contrapesos, controles, procesos correctivos y permanente supervisión. Una especie de naturaleza y coraza institucional que los abstraiga del capricho, ocurrencia, humor y existencia misma de sus líderes.

Condiciono: “cuando los gobiernos funcionan institucionalmente”, para distinguirlos de los carismáticos o caudillezcos. Siguiendo la clasificación de Pannebianco sobre partidos, éste distingue entre partidos carismáticos e institucionalizados. Los primeros responden a la voluntad del líder y giran en torno a él, de suerte que cuando éste desaparece, aquellos también. En cambio, los institucionalizados presentan una estructura organizacional más compleja, normada y equilibrada en el ejercicio del poder y administración de los incentivos (premios y castigos). Éstos sobreviven a sus líderes, que se suceden indistintamente sin poner en vilo la subsistencia y cohesión de la organización.

Pues bien, la historia de López Obrador es probadamente anti institucional. Su salida del PRI obedeció a que aquél, o el presidente, no se plegaron a su imposición en Tabasco; abrazó entonces el cuauhtemismo incipiente en su versión PRD -de suyo un diseño carismático-, y pronto, se apropió de la marca, desplazando a los liderazgos fundacionales; pero tampoco le fue suficiente: el modelo tribal del perredismo y su política de alianzas le significaban costosas tensiones internas y dificultaban su imposición a rajatabla. Optó por hacer un partido propio y a su imagen y semejanza, apostando desfondar a sus otrora partidos y aliados. Morena, lo sabemos, no es un partido, es un movimiento mesiánico en torno a su persona; cuando los episodios cardiovasculares lo han sacado de la acción personalizada, Morena desaparece, ni sombra queda. Por eso hoy le urge crear desde el gobierno un aparato de control político que le permita usar el cascarón morenista como pantalla democrática. Un PRI resucitado en Morena.

Si observamos con detenimiento, el daño institucional en su haber político no se reduce al PRI, PRD y al mismo Morena; no hay ninguno de sus aliados, pasados y presentes, que no haya sido victimado por su mano; el sistema de partidos todo terminó por deslavarse por su falta de compromiso democrático, las instituciones electorales han sido subvertidas por él una y otra vez, la propia Presidencia de la República, las Fuerzas Armadas, el Poder Judicial y una larga lista de institucionales nacionales gozan de cabal desprecio ciudadano, en mucho, por sus narrativas electoreras, cuando no por sus acciones desestabilizadoras.

Institucionalizar implica organizar y toda organización es orden, límites y reglas; pero el líder carismático no admite más orden ni límite que su persona, de allí su oposición esencial a las instituciones.

El gobierno de López Obrador no puede ser diferente a lo que ha sido su paso y trato con otras instituciones. Un gobierno carismático, ainstitucional, centrado en él, sin más orden y concierto que el que cotidianamente dicte. Él es todo el gobierno y en el gobierno. No organización, cálculo y método; voluntarismo, impulso y ocurrencia.

Cuando la Ciudad Estado griega cae y el gobierno de ciudadanos es remplazado por la tiranía; cuando la República romana fenece y surge el cesarismo, y luego con emperadores, absolutismo y hasta los totalitarismos, así como hoy con los populismos, el gobierno deja de ser cosa de la polis, para serlo de una persona. No es ya la organización política, sino el príncipe y su forma de ser, el “estilo personal de gobernar”, el objeto de la atención y análisis políticos.

Los hechos hablan por sí. Hoy todo gira en torno a la persona de López Obrador, lo que dice, lo que calla, sus viajes, sus comidas, sus ocurrencias, su coche. Su equipo carece de entidad propia, son objetos de tramoya de sus conferencias matutinas; cuando mucho logran una efímera atención por sus dislates, omisiones o ineptitud. Pareciera como si fuera de su halo personal nada tuviese oportunidad de existencia. Si se habla del Congreso es en función del Presidente, si se comenta algo de la Corte son los ataques presidenciales; de los organismos otrora autónomos sólo se observa cómo mueren en público, oprobio e indiferencia ciudadana. Si la administración pública reclama los santos óleos, sólo se habla de la santa austeridad, aunque la medicina cause más daño que la enfermedad. Los gobernadores prefieren el acomodo o, cuando mucho, un respetuoso tuit. Los medios se han postrado a sus píes en conocida abyección. Para colmo un personaje tan deleznable como Nino Canún, inaugura la nueva época mediática, donde todo, aún su propia y lamentable existencia, se debe a López Obrador. Destaco al hombre y no el cargo, porque es en torno a su persona, no a institución alguna, que parece nuclearse el nuevo centro de gravedad del universo.

Así, vamos dejando de depender de la constitución, organización y funcionamiento del Estado mexicano, para hacerlo de la sabiduría, virtudes, cualidades, filias, fobias y humores del Príncipe.

Asistimos a la divinización del poder

No el poder en tanto ejercicio de una función pública, despliegue de potencia en atención al carácter político de su encomienda, eficacia gubernativa, expresión institucional del pueblo organizado en Estado, potestad de ley; sino el poder como atributo personalísimo, carismático y trascendente del gobernante. No el poder soberano hecho institución organizada y normada; el poder del caudillo epónimo.

Lo que debiera ser un ejercicio ciudadano de análisis y juicio del desempeño del nuevo gobierno en sus primeras semanas, atento a sus formas, procedimientos, transparencia, costos y consecuencias, se ha convertido en un mero indicador de popularidad presidencial, como si la popularidad por sí sola resolviese problemas. Como si gobernar fuese una carrera de popularidad. El huachicol y el desabasto persisten, se les han sumado huelgas por racimo en Tamaulipas y cierre de plantas maquiladoras, crisis ferroviaria nacional y recrudecimiento del chantaje magisterial; pero el presidente desayuna “guajolotas” y Nino Canún reaparece en papel de Homero de Cuarta. La popularidad no resuelve la realidad, sólo ataranta y distrae a gobernantes y gobernados.

¿No hay en esta disparidad entre la punzante realidad y el objeto de nuestro análisis y valoración políticos una cierta esquizofrenia?

Un grupo disruptor del orden legal pone en jaque al gobierno a mes y medio de inaugurado. Para colmo, es su aliado político y posiblemente benefactor. El gobierno, sin embargo, se allana a la primera y abdica públicamente a su obligación constitucional de hacer cumplir la ley coactivamente, bajo el argumento demagógico de que cumplir y hacer cumplir la ley es reprimir. Si así fuese, debió de haberse abstenido de protestarlo ante el Congreso de la Unión. ¡Ah, pero López Obrador es muy popular! y sus niveles de aceptación suben como la espuma. El país arde (Tlahelilpan), pero él es recibido en Sinaloa como Rock Star. ¡Vive Dios!

Desanclados de todo elemento objetivo, institucional, organizacional, político o legal del cual asir un análisis sustentable, no nos queda más que acudir a la actitud ética del príncipe con respecto a las cosas, los hombres, el mundo, la verdad; para más o menos saber cómo va a actuar. Subrayo el verbo, cómo “va” a actuar, no cómo “debe” actuar, porque desmandado de cualquier control, no sujeto a norma u organización alguna, no nos queda más que estar a su catadura moral, a su ética, a su ethos (forma de ser), no a sus obligaciones, atribuciones y función.

No tenemos gobierno en tanto institución.

Tenemos príncipe, por cuanto poder divino.

De allí que tengamos que analizarlo, desmenuzar su decir y hacer, y tratar de hallar claves que nos permitan descifrar la ruleta rusa que a cada instante jugamos.

El propio discurso presidencial lo confirma: hoy se puede comprar sin licitaciones, cancelar obligaciones contraídas y condenar a generaciones a pagar algo que nunca será, iniciar obras sin proyecto y gastar sin partida presupuestal, porque él no es corrupto, porque él tiene autoridad moral, porque él es él. Todo es él, no un gobierno con atribuciones y obligaciones reguladas. Él por arriba de todo, antes que todo, más allá de cualquier principio, norma o juicio. Todo depende de su persona, tanto de su ética personal y virtud, como de sus vicios y fobias. Tanto de sus luces, como de sus tinieblas. Partiendo siempre de su haber histórico, sembrado de cadáveres institucionales.

No hay garantía posible contra él, que no sea él mismo. He allí la consistencia de nuestras salvaguardas.

Los días se suceden monotemáticos, sólo varía la tonalidad de la anécdota mañanera. Ha cambiado el objeto de nuestra discusión y no nos hemos percatado que con él cambió nuestra convivencia política y democracia. Hemos subjetivado en nosotros la Cuarta Transformación, nos hemos “morenizado”, cambiado instituciones, democracia y acción ciudadana por caudillo.

El Cantar del Mío Peje

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