Opinión

La devaluación del mandato

López Obrador ha dejado de administrar la abundancia electoral para meterse en una fuerte crisis cambiaria. | Julio Juárez Gámiz*

  • 18/03/2022
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Reducido por su obsesión de fijar la vista en el retrovisor de la historia para terminar repitiéndola, el presidente ha depreciado el valor de su investidura. Sin un punto de quiebre específico. Gastando la pólvora en fuegos fatuos a lo largo de un sexenio repleto de contradicciones y dislates. López Obrador ha dejado de administrar la abundancia electoral para meterse en una fuerte crisis cambiaria. Ha pedido demasiados préstamos en el banco de las esperanzas y ahora que llegan los intereses su palabra vale mucho menos. El presidente ha sido incapaz de leer las señales dentro y fuera del país. Encerrado en su palacio no muestra los reflejos de antaño para modificar el rumbo. Va derecho y no se quita. Lo han acompañado en esta degradación el movimiento político que lo llevó a la presidencia, sus dirigentes, legisladores y gobernantes electos bajo el cobijo de su arrastre popular. El cheque en blanco expedido en 2018 se quedó sin fondos. 

De otro modo no puede entenderse la obsesión presidencial por promover su propia revocación el próximo 10 de abril. Y por eso tampoco sorprende que sus seguidores hayan rebautizado este ejercicio de democracia directa como una ratificación. Es notoria la necesidad que AMLO tiene de reconectar con una buena parte de un electorado que en 2021 marcó distancia con su administración. Particularmente con aquellos segmentos poblacionales que harán la diferencia para que Morena pueda conservar la presidencia en el 2024. 

Vivimos un sexenio atípico. El presidente ha llevado al extremo un estilo de comunicar que utiliza su imagen como principal carburante. Hoy la barrenadora declarativa ha perdido el filo de antes, lo sabe él y lo saben quienes desde hace años han forjado efervescentes carreras políticas, accedido a cargos públicos de primer nivel y a curules legislativas a costa de ese mito viviente en el que han convertido a López Obrador. Acertarían si afirmaran que el presidente encarna, no a la patria, sino a sus propias aspiraciones políticas y personales.

Colgados de él, carentes de gravedad ideológica y sometidos por la fuerza centrípeta de un liderazgo totalitario acatan, sin debatir, sus instrucciones. Congresistas, funcionarios y gobernantes morenistas olfatean la fresca carnada declarativa que les deja por las mañanas. Compiten entre ellos por ofrendar a las puertas de Palacio Nacional las cabezas de los enemigos de la cuarta transformación. Elevan la voz, los insultos, las demandas penales y los juicios políticos o mediáticos contra periodistas, activistas sociales, científicos, feministas, familiares de desaparecidos o funcionarios electorales. Al igual que él, han devaluado su mandato popular cuando conciben el servicio público como una fuerza natural que no puede ser acotada por las mismas leyes que ellos dicen salvaguardar.

La revocación de mandato se ha convertido en, quizá, la última oportunidad para que la imagen presidencial transfiera los pocos bonos electorales que le quedan a su base de aspirantes. Pocos referentes narrativos han sido tan rentables como denostar al Instituto Nacional Electoral. Y también para eso ha servido la revocación. Negar recursos para su realización, responsabilizar a funcionarios electorales de la baja participación, acusar de mordaza una ley que ellos mismos aprobaron al tiempo que se contratan ilegalmente espectaculares a lo largo y ancho del país para la promoción de la imagen de quien está sujeto a revocación. Que bien aprendió Morena las tácticas de su aliado el PVEM. Su afán por promover la imagen presidencial los ha convertido en contumaces violadores de la ley. Una pandilla de tramposos que, se lo digo desde ahora, van a querer responsabilizar al INE por lo poco atractivo que resulta irle a sobar el ego al residente del Palacio. 

De cara a la revocación de mandato, el líder demanda de sus simpatizantes abandonar toda lógica democrática. El Estado soy yo y la mayoría son ustedes, no necesitamos de nadie más. Pensar menos y aplaudir más se ha convertido en la contraseña de acceso al primer círculo presidencial. Este ablandamiento cognitivo obliga a ignorar contradicciones fundacionales entre el decir y el hacer presidencial. Promete libertad de expresión pero ataca frontalmente al periodismo que lo critica. Se jura feminista siempre y cuando el feminismo sea la expresión de adoración de sus mujeres hacia él. Sermonea a la Nación sobre una humildad de pies descalzos, pero en casa ha criado a cuatro clasemedieros de closet, inocentes aspiracionistas como a los que él mismo dice aborrecer. Se llama demócrata, pero ataca a las instituciones del estado encargadas de organizar elecciones en las cuáles su partido lo ha ganado casi todo.

En poco más de tres años de gobierno AMLO transformó su propio Cantarell, el enojo popular en contra de Peña Nieto y el priismo rapaz, en un cascarón de chocolate que lleva dentro, como esos chocolatitos infantiles, un aeropuertito, un trenecito y una refinería. Eso es todo. El resto de la transformación está en su cabeza. Eso pasa con las devaluaciones, lo dice nuestra historia.

*Investigador del CEIICH-UNAM

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