Opinión

La desigualdad al centro

49 de cada 100 personas que nacen en los hogares del grupo más bajo de la escalera social, se quedan ahí hasta morir. | Fernanda Salazar

  • 24/05/2019
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Hace unos días, el Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY) presentó el Informe Movilidad Social en México 2019, en el que se revelan datos devastadores sobre la realidad de un país que lleva décadas debatiéndose entre la anhelada modernidad de la economía global y las condiciones más precarias de la mayoría de la población. La desigualdad de oportunidades, como el problema que está al centro de la falta de desarrollo personal y colectivo del país.

De acuerdo con el estudio, la movilidad social se refiere a los cambios que viven las personas en su situación socioeconómica. La movilidad relativa, se refiere a las posibilidades de que personas de distintos orígenes alcancen cierta condición socioeconómica, mientras que la movilidad absoluta, se refiere a los cambios en niveles de vida entre distintas generaciones en un país o región, a partir, por ejemplo, de cambios tecnológicos.

En ese sentido y a partir de estos datos, se puede entender que, si bien México ha logrado avanzar en la movilidad absoluta dentro de la economía mundial, la realidad es que la movilidad de las personas está estancada. Planteado metafóricamente, es como atar a un corredor al punto de partida en la pista y pedirle que gane la carrera. No importa cuánto esfuerzo se haga en lo individual y como país, jamás será posible llegar a la meta.

Esto es crucial para aproximarnos a nuestra realidad social y política, pues durante las últimas 2 décadas, los gobiernos se han dedicado a pregonar la exitosa incorporación de México en grupos de países económicamente potentes, con importantes niveles de comercio, inversión extranjera y producto interno bruto per cápita, que a las personas, ni a las familias, ni a las comunidades, les ha significado nada en términos de sus posibilidades de desarrollarse individualmente y alcanzar su potencial conforme a la “competencia” y los “méritos” que los líderes políticos han ofrecido.

Como consecuencia, la frustración, el rencor, la baja autoestima -y la violencia interna y externa que todo ello conlleva- de estar en una realidad que, por un lado, le reitera a las grandes mayorías que no importa cuánto esfuerzo hagan no son insuficientes para lograr sus propósitos y, por otro, les repite a pequeñísimos círculos de la sociedad que tampoco importa qué tan mal lo hagan, su lugar no lo perderán. A este último sector, además, le han hecho creer que su lugar es un derecho adquirido por mérito, que quienes no comparten su espacio es por falta de talento o por flojos, y que buscar condiciones más justas y parejas es comunismo.

Desigualdad


La mayoría de quienes viven en las posiciones más altas de la escala social, no se detienen a ver cifras como las que nos presenta el CEEY, cuando nos dice, por ejemplo, que 49 de cada 100 personas que nacen en los hogares del grupo más bajo de la escalera social, se quedan ahí hasta morir y, de la otra mitad que logra ascender, 25% no logran superar la línea de pobreza. O, por ejemplo, que 57 de cada 100 de quienes nacen hasta arriba de la escalera, se mantienen ahí toda su vida. El 48 % de la desigualdad en los logros de la población mexicana se debe a que las oportunidades para salir adelante no son las mismas.

Es decir, no tiene que ver con talentos ni con esfuerzo, pero sí con elementos que las personas no podemos elegir: el lugar en el que nacemos y las personas que nos crían; el color de nuestra piel; nuestro sexo; nuestra etnia, entre otras.

Como resultado, la polarización y múltiples formas de estratificación terminan marcando una sociedad como la nuestra. Por ejemplo, si hablamos de género, la menor movilidad social de las mujeres respecto a los hombres tiene que ver, entre otras cosas, con la desigualdad de oportunidades laborales que a su vez están asociadas a la discriminación, a los roles y estereotipos de género que les restan posibilidades de empleos formales, continuos y bien remunerados.

Si una de las características de la falta de movilidad social tiene que ver con la formación de los padres (papá y mamá), en el caso de las mujeres esto es más visible pues, dos terceras partes de las hijas de mujeres que fueron amas de casa persistirán como amas de casa. Además, la mayoría de las personas excluídas del mercado laboral que quisieran ser parte de él, son mujeres que por trabajos de cuidados e incluso porque alguno de los miembros de su familia se los impide, no pueden tener un empleo.

Es fundamental recordar, para quienes tanto infunden miedo sobre un México socialista, que la igualdad de oportunidades no es igualdad de resultados. Cuando un país tiene un terreno parejo, la diferencia de resultados sí se da por esfuerzo, por talento y por prioridades y elecciones individuales. En México estamos muy lejos de eso.

Bienestar


Tiene razón el presidente López Obrador cuando afirma que lo primero, antes que cualquier otra política, es lograr que las personas tengan oportunidades y bienestar. Ese debe ser el centro de las políticas públicas del país, no sólo por un tema de individuos sino porque es la única manera en que México pueda superar la inercia del estancamiento económico y de la concentración de la riqueza que sigue siendo determinada por los privilegios de quienes independientemente de sus talentos, se benefician de su estatus para permanecer en él. Sin embargo, es de la mayor importancia que el presidente considere también todos los cruces que hay en estas desigualdades de oportunidades y que no olvide que decisiones como las adjudicaciones directas, las políticas de infraestructura que no contemplan los efectos ambientales, territoriales y culturales, contribuyen a la concentración de oportunidades y a la exclusión de sectores ya de por sí en desventajea. La transparencia y la competencia, en ese sentido, bien aplicadas, son elementos que pueden ser decisivos para el éxito de la idea de igualar las oportunidades de todas las personas en México.

Hoy que la serie de 1994 está en boca de todos, vale mencionar que la enorme relevancia del estudio del CEEY está en demostrar una vez más que la ilusión modernizadora en México sigue siendo eso; que en efecto, estamos en un país de estamentos y que es tiempo de romperlos.

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@Fer_SalazarM | @OpinionLSR | @lasillarota