Cada vez que se acerca una nueva versión de las marchas del orgullo LGBT muchas personas empiezan a decir cosas como "ojalá este año fuera algo más moderado, no creo que sean necesarios tanto show ni tanta desnudez" o "Es un tema de derechos... ¿para qué tantos excesos histriónicos, todos esos amaneramientos y todo ese espectáculo con ropas y actitudes extravagantes?". Lo más curioso del asunto, es que buena parte de quienes me dicen frases de este tipo son, al igual que yo, personas diversas. Es como si nos quisiéramos volver conservadores en el afán de tornarnos más soportables y tolerables para unas sociedades que tradicionalmente nos han rechazado.

Yo, por el contrario, considero que el verdadero poder de las marchas del orgullo LGBT alrededor del mundo reside en su reivindicación de la anormalidad. Me explico: cada vez que las personas diversas nos empeñamos en afirmarnos como personas normales (es decir, que estamos dentro del marco de la normas sociales fijadas de antemano) no sólo insistimos en decir algo que aún no es cierto, sino que fundamentamos nuestra defensa sobre argumentos que aunque puedan resultar útiles, a mi parecer, son insuficientes para abarcar lo que significa la diversidad sexual.

Aceptémoslo. No somos normales. Nos salimos de la norma. Nos deleitamos en nuestra anormalidad aún con todos los costos sociales y peligros que ello implica. No en vano algunos de nosotros recientemente nos hemos sentido identificados con los X-Men o con los Sense8, es decir, con personajes de la ficción que claramente no vemos como normales. Y esa anormalidad tiene potencial de transformación social: para Michel Foucault, uno de los grandes pensadores del Siglo XX, desafiar la normalidad a través de la creatividad es una valiosa posibilidad de la diversidad.

Las llamadas marchas del orgullo LGBT son formas de expresión que contribuyen a mantener a la diversidad a salvo de la trampa de la normalidad. Nos recuerdan a través del color, del ritmo, de los símbolos, del sabor local, de la ocupación del espacio, del performance y de algunos excesos, extravagancias y excentricidades, que la diversidad es un espacio infinito de posibilidades que continuamente desafía las normas de nuevas maneras.

Las marchas nos traen a la mente que por más que nos traten (o nos tratemos) de simplificar y caracterizar a través de letras y estereotipos, cada vez los límites son más borrosos y volátiles, porque nuestras identidades son hoy más dinámicas y flexibles. Adicionalmente, en estas tomas del espacio urbano se combinan múltiples formas de expresión y de resistencia que amplían nuestras perspectivas: porque no es lo mismo ser intersexual que ser gay, trans, Lesbiana o bisexual; porque no es lo mismo ser diverso en México, que en Inglaterra, Japón, Chechenia o Afganistán; porque, más allá de nuestras luchas comunes, no es lo mismo ser diverso desde una perspectiva negra o indígena, que desde una blanca moderna occidental.

Por supuesto esto no significa renunciar al pragmatismo: seguimos luchando por ganar o mantener nuestros derechos a casarnos y a formar una familia, persistimos en nuestra causa de combatir el bullying y la discriminación de todo tipo. No renunciamos a nuestra meta de endurecer los castigos contra quienes nos estigmatizan, nos agreden o nos violentan. Entendemos muy bien para qué sirven las normas, las leyes y los derechos y, por supuesto, nos valemos de ellos. La normalidad es una herramienta pero, en mi opinión, no es nuestro fin último.

Las llamadas marchas LGBT, como la que tiene lugar en la Ciudad de México este fin de semana, son un recordatorio¬† de que nuestra lucha por subsistir no es nuestra única lucha así sea la más inmediata y urgente. Es una forma de reconciliarnos nosotros (y reconciliar a la sociedad entera) con ese ser que alguna vez se atrevió a amar y a desear distinto en busca de nuevos placeres y de nuevas satisfacciones más allá de lo que le estaba permitido. Es un espacio para animarnos de nuevo a desafiar esa normalidad que nos señala y que al tiempo busca cooptarnos. Es una oportunidad de seguir corriendo los límites de la normalidad hasta romperlos en mil pedazos, con la convicción de que reinventar nuestras vidas aún es posible.

Coletilla: En Colombia habrá varias marchas del orgullo entre el 25 de junio y el 2 de julio. Serán muy especiales, pues serán las primeras tras las grandes marchas, con marcado tinte homofóbico, que se dieron el 10 de agosto del año pasado, cuando varios líderes ultraconservadores llamaron a la gente a las calles para manifestarse en contra del Ministerio de Educación Nacional que según ellos estaba promoviendo una supuesta "Ideología de Género". Como gay colombiano saldré a marchar en Bogotá dentro de una semana, con la convicción de que retar la normalidad vale la pena. La creatividad y la alegría son las mejores maneras de responderle al odio.

@orferdi




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