Opinión

La conversión de la 4T

Tienen todo y simplemente la situación no ha cambiado pero se resisten a admitir la responsabilidad que les corresponde. | Agustín Castilla

  • 30/01/2020
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El movimiento opositor encabezado por López Obrador se caracterizó por su espíritu combativo -incluso beligerante- que no dio tregua a los gobiernos en turno durante 12 años, realizaron marchas, plantones, tomas de tribuna en el Congreso y fueron pródigos en sus severas críticas y fuertes calificativos. A partir de su triunfo electoral, el presidente López Obrador dio muestra claras de su poca disposición al diálogo, de su incomodidad con las posiciones divergentes, de su renuencia a siquiera considerar alternativas distintas para enfrentar los grandes temas nacionales y de su ánimo de confrontación permanente, lo que ha sido replicado disciplinadamente por quienes forman parte del grupo en el poder. La descalificación a quienes consideran como adversarios -todos aquellos que no se ajusten incondicionalmente a la línea presidencial- ha sido la constante.

Sin embargo, en los últimos días se ha agudizado el malestar y las furibundas reacciones de la denominada 4T, incluso contra quienes legítimamente exigen la intervención -o rectificación- del gobierno para dar solución a problemas puntuales que han sido plenamente acreditados, y que hace no mucho tiempo ellos mismos cuestionaban.

No se entiende por ejemplo que un gobierno que se asume como humanista y afirma poner en el centro a las personas y particularmente a los más vulnerables, haya mostrado tan poca sensibilidad para atender el desabasto de medicamentos sobre todo en el caso del cáncer infantil, el trato que se les ha dado a los familiares quienes en la desesperación han alzado la voz y realizado actos de protesta, así como la campaña de linchamiento contra los periodistas que han dado cuenta de la situación.

También llama la atención el silencio de muchos activistas en derechos humanos así como la sorprendente conversión de algunos otros como el padre Solalinde, intentando justificar la actuación de la Guardia Nacional para detener a la caravana migrante proveniente de Honduras -al parecer sólo ha servido para eso-, convirtiéndose de facto en una extensión de la Patrulla Fronteriza norteamericana al grado de asumir que al final Donald Trump se salió con la suya al contar con un muro humano en la frontera sur pagado por los mexicanos. La escena en la que se le niega la palabra a Porfirio Muñoz Ledo durante la comparecencia de la ausente titular de la CNDH -cuyo alineamiento con el gobierno sería motivo de envidia en los tiempos de la hegemonía priísta- para evitar que se pronunciara sobre la crisis migratoria es muy ilustrativa.

Igual de grave ha sido el desprecio de López Obrador a la marcha encabezada por Javier Sicilia y los hermanos LeBarón, en la que también participaron familiares de muchas otras víctimas que perdieron la vida o se desconoce su paradero después de años de búsqueda como la viuda del periodista Javier Valdez, al negarse a recibirlos para cuidar la investidura presidencial -como si recibir a quienes no exigen más que verdad, paz y justicia la demeritara- y calificarla como un show, o la agresión de un grupo de provocadores afines a la 4T gritándoles traidores y chayoteros en medio de porras a AMLO en una falta absoluta de empatía y de respeto ante su dolor y legítimas demandas, entre las que está el cumplimiento del compromiso del presidente de adoptar mecanismos de justicia transicional.

Es cierto que la situación de violencia e inseguridad fue heredada de gobierno anteriores, pero en este último año se han sumado 35 mil personas asesinadas y aproximadamente 5 mil desaparecidas además del incremento en otros delitos de alto impacto como el secuestro, y no pueden seguir eludiendo su responsabilidad pues cuentan con el mando de las fuerzas armadas y los cuerpos policiacos, con la mayoría en el Congreso -que ha aprobado todas las reformas que han propuesto así como la supuesta estrategia nacional de seguridad pública- y en las legislaturas estatales, con un gran ascendente sobre la Fiscalía General de la República e incluso en el Poder Judicial. Es decir, tienen todo y simplemente la situación no ha cambiado pero se resisten a admitir la responsabilidad que les corresponde, y en cambio arremeten contra quienes cometen el sacrilegio de expresarse, disentir y exigir resultados al gobierno. Cada vez se parecen más a lo que tanto criticaron.