Opinión

La confinamienta y la escritura intimista

La confinamienta nos llama a la lectura, es una opción para abrigarnos. Y a la escritura. | María Teresa Priego

  • 15/12/2020
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La pandemia desató una forma específica de escritura: la de los diarios íntimos. La escritura como un contenedor ante circunstancias amenazantes e inéditas. Desde el encierro, había más tiempo para escribir, pero también, la sorpresa y el miedo tocaron a la puerta. Con los nudillos y a patadas. El intimismo tomó las palabras. ¿Cómo estamos viviendo? ¿de qué está hecho este miedo? ¿qué hago con mi tiempo? ¿cómo se enfrentan la posibilidad de una enfermedad desconocida y la posibilidad de la muerte? ¿cómo rebotamos solas/os o varias/os entre nuestras cuatro paredes? Escribir es una manera de indagarse. Hablar con una misma, pero no solo. 

Escribir nos recuerda como dice Judith Butler: "nuestra fundamental dependencia del otro: el hecho de que no podamos existir sin interpelarlo y sin ser interpelados por él". Hay un llamado en la escritura. La ilusión de que alguien allá afuera escucha. O lo hará algún día. Alguien nos escuchó al principio de los tiempos. Hay un "otro" al que la carta está dirigida. El confinamiento nos recuerda una larga tradición de escrituras de mujeres. La confinamienta. Personajas que miran desde sus ventanas al mundo que se agita allá afuera. El mundo tan inmediato e inaccesible. Pienso en el "Diario" de Marie Bashkirtseff. En sus dificultades familiares para poder salir a buscar modelos para sus pinturas en las calles. Podía arruinar su "reputación". Las prohibiciones. Y, sin embargo: las hermanas Brontë escribieron desde sus encierros. 

En los trabajos de investigación histórica que fueron surgiendo a partir de la Escuela de los Annales en Francia, los diarios íntimos se convirtieron en documentos fundamentales para reconstruir la historia de la vida cotidiana y en particular, la historia de las mujeres. Como escribe Manon Garcia: ya no se trataba de recrear sólo aquella historia de reyes y batallas (la vida en masculino), sino de saber qué sucedía en la secrecía de los hogares. Las cocinas. Las camas. El cuidado de las/os niñas/os. La escritura intimista, la que privilegia las subjetividades y lo que sucede hacia adentro, la que mira desde adentro hacia afuera. La confinamienta nos ofrece más tiempo para leer. La Revista de la Universidad de México publicó el "Diario de la pandemia" con textos de más de cien escritoras y escritores. Sucedió en los principios. Cuando descubríamos atónitas/os que esta circunstancia casi alucinante, podía prolongarse. La confinamienta redefine los vínculos con las/os otras/os. La noción de hogar. Nuestras maneras de mirarnos.

La confinamienta agudizó también mi inclinación por las escrituras de mujeres: el "Diario" de Sylvia Plath, El "Diario" de Alejandra Pizarnik. "La prieta" de Gloria Anzaldúa, "Conjunto vacío" de Verónica Gerber Bicecci. "Cumbres Borrascosas" de Emily Brontë, "Entre los rotos" de Alaíde Ventura Medina. "Un dique contra el Pacífico" de Marguerite Duras, "Ni una gota de humedad" de Adriana Bernal, "Infancias" de Nathalie Sarraute. "Mejor desaparece" y "Antes" de Carmen Boullosa, "Orgullo y prejuicio" de Jane Austen. Un mezcladero de tiempos y circunstancias. El "Diario de Ana Frank". Leer o releer por ya no sé qué número de vez, el mismo libro. "Beloved" de Toni Morrison. Amarillento y deshojado. Esas escrituras que me arropan. Las del dolor. Las del miedo. Las de las familias tan profundamente infelices y tan sonrientes. Esas escrituras que intentan rescatar algún tipo de íntima verdad que salva, o renueva la vida, o "algo".

Intentamos tomar al miedo por los cabellos, zarandearlo, domesticarlo. No permitir que las/os zarandeadas/os seamos nosotras/os. Volver a leer "Cartucho" de Nellie Campobello, la bailarina y escritora mantenida en cautiverio al final de su vida por sus "cuidadores". Nellie, indefensa y confinada. Los valientísimos testimonios de "Ese infierno. Conversaciones de cinco mujeres sobrevivientes de la ESMA". Acompañarlas de lejos tantos años después. ¿Cómo pudieron sobrevivir? ¿cómo? "Nadie me verá llorar" de Cristina Rivera Garza y su "La más mía". Sor Juana y su claustro preferido y elegido. Miro desde mi ventana a las/los niñas/os que juegan en el jardín. Miro el mundo desde lejos como una personaja del siglo XIX. Meses ya en los que la vida se crea desde adentro y hacia adentro. Catherine Earnshaw oculta tras las cortinas espía los pasos apresurados de Heathcliff. Y, sí. Una se siente sin cumbres, pero indudablemente borrascosa. Solitarias/os y borrascosas/os.

"No hay motivo para poner en tela de juicio la importancia de relatar una vida, en su carácter parcial y provisional. Estoy segura de que la transferencia puede facilitar la narración y de que el relato de una vida tiene una función crucial, sobre todo para aquellos a quienes la experiencia involuntaria de la discontinuidad afecta profundamente", escribe Butler refiriéndose a la experiencia psicoanalítica. "La experiencia involuntaria de la discontinuidad". Me recuerda a George Bataille y su "somos seres discontinuos..." Los testimonios de "Literatura carcelaria femenina", publicados por DEMAC. Diarios, testimonios, escritura autobiográfica. Escritura. En las narraciones de otras/os, nos buscamos. 

Y, sí, así somos: "discontinuos", solo que ahora se nos agudiza de manera notable: ¿qué puede haber de más "discontinuo" que este encierro forzado? Este miedo. Esta ruptura de lo cotidiano. Esta adaptación obligada a las nuevas reglas de la convivencia. La confinamienta nos llama a la lectura, es una opción para abrigarnos. Y a la escritura. Claro. Somos adentro. Estamos adentro. Somos adentro arrojando por la ventana palabras escritas. 

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