I

Somos putos y raros.

Nosotros decidimos el rumbo de los partidos políticos. Podemos hacerlo y lo hemos hecho.

Los tiempos de elecciones son perfectos para ello, para esa gran prueba del ácido.

Así las cosas, ante ciertos "análisis" e insinuaciones-amenaza de algunos adelantados candidatos y partidos dizque de izquierda, yo les digo: dejen ya de insultar a la escasa inteligencia que pueda quedar aún por ahí.

En mi caso, yo... yo no divido a la izquierda.

¿Qué creen? No hay izquierda. No existe. En todo caso, ¡hay muchas izquierdas!

Yo soy el que ha formado izquierdas, no al revés.

Las izquierdas tienen, en este sentido, que ponerse a hacer quebrados por mí.

La chinga de la política no es sumar a tu proyecto, en caso de que se tenga, al amigo o al lamehuevos o al eterno matraquero que simpatiza contigo o con aquel, sino al otro, al diferente, al que no está en principio contigo.

Ese es el arduo y difícil trabajo fino en política.

Es en este contexto que las izquierdas se tienen que partir la madre por uno como colectivo.

Eso hasta cualquier pastor evangélico de medio pelo que pide sumisión más limosna, pendejo si no, lo entiende.

Soy de una izquierda minoritaria, pues.

Así es.

No muy atractiva para el gran acarreo y el voto corporativo.

Así es.

Nos ven demasiado insignificantes, tal vez.

Quieren poner nuestros derechos humanos a referéndum.

Contrario al espionaje o al asesinato de periodistas, la masa, la audiencia, con esto ni se espanta.

En términos electorales, a estas alturas somos, pues, olímpicamente ignorados.

Y sin embargo, esta puta izquierdita, precisamente por serlo, a la hora de las sumas que cuentan, idiotas, ¡tumba apostolados!

II

La representación parlamentaria es crucial para nuestra comunidad, pues todo el tiempo hay otros en esos terrenos que están trabajando en contra de nosotros. Por ejemplo, en la Francia de la igualdad, en la nueva Asamblea de Representantes han quedado 18 diputados abiertamente antihomosexuales, mientras que solo 5 son abiertamente homosexuales.

Al hablar de la presencia sexualmente diversa en política, al parecer, todo logro medianamente comunitario a la postre termina siendo negado, en gran parte por nosotros mismos; toda alianza termina siendo motivo de sospecha; todo paso concreto y medible termina siendo invalidado; toda acción del otro termina siendo un enfrentamiento con olor a traición ... ¿en qué nos hemos convertido para atacarnos y atacar al otro con tal saña? ¿Quién nos otorgó la calidad moral para señalar maldita la cosa?  

Ya se ha escrito hasta el hartazgo cómo surgió el Movimiento de Liberación Homosexual y sobre sus históricos personajes clave. Cada escrito al respecto debe ser tomado como un homenaje para ellos, pues gracias a su organizada valentía estridente y loca, a su gran reflexión intelectual, a sus contradicciones, a su arrojo hostil y puteril y también a su imagen travestida llena de orgullosa desviación hecha política es que cada uno de nosotros puede hacer hoy en día abiertamente de su culo un papalote en no pocos ámbitos y en no pocas partes de la República. La historia se hará de sus marcos para estudiar dicho Movimiento. 

No obstante, en la actualidad, tal parece que entre nosotros la única misión que tenemos al ser esa puta izquierdita es rescatar jodidamente las intestinas y épicas peleas históricas y seguir siendo eternamente activistas. Ese cómodo clóset en el que nos hemos metido para no analizar nuestras miopías y seguir siendo "moralmente aceptables" desde los temas más nimios o absurdos hasta los que no. ¿Logran ver lo patético?

En México, han pasado casi cincuenta años desde aquel 1968 en donde un grupito de gente ya gritaba arengas jotas para protestar por una matanza. En otros países (Nueva Zelanda, por ejemplo), en donde en esa década también surgió el mismo movimiento liberador, hoy en día la comunidad de la diversidad sexual ya tiene amplios espacios ganados y bien organizados de fuerte arraigo institucional para defender sus derechos de manera cada vez más profesional: despachos de abogados, representaciones abiertas en partidos políticos, médicos y clínicas especializadas, acciones positivas de intelectuales, asesores financieros, expertos en situaciones migratorias, redes de apoyo social efectivas, agencias de viajes, fondos para desempleo, etcétera, todo, operando de una manera sistémica en el contexto de los derechos conquistados como las sociedades de hecho, los matrimonios igualitarios, los divorcios ídem, la maternidad subrogada, la muerte asistida y el acceso a los puestos parlamentarios y de elección popular de homosexuales sin que la masa de electores se escandalice o piense, en pleno 2017, que, por serlo, estos solo gobernarán para los homosexuales (Irlanda con su primer ministro Leo Varadkar).

Y nosotros... ¿cuándo? ¿Cuándo, emulando a Ikram Antaki, dejaremos de ser "la comunidad" que, sin parecer querer tomarse en serio, luego de casi medio siglo de existencia, nomás no quiere crecer?

¿Cuándo el anhelado rave al final de la Marcha, antes de que comience a llover?

Roberto Rueda Monreal es politólogo, autor de la novela La Cloaca, el infierno aquí... (que pronto habrá de ser llevada al teatro) y miembro fundador de la Ametli (Asociación Mexicana de Traductores Literarios). 




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