Opinión

La ceguera y la sordera política, a propósito de partidos y elecciones

Rumbo a las elecciones de 2021 cabe preguntarse si, ¿sabrán los políticos de todos los partidos entender ahora? | Fausta Gantús

  • 14/11/2020
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Los y las político/as mexicano/as no han entendido los mensajes que una y otra vez ha enviado la ciudadanía en cada proceso electoral. La alternancia entre partidos comenzó a escala municipal ya desde los últimos años de la década del cuarenta del pasado siglo, cuando el PAN (Partido de Acción Nacional) ganaba algunas alcaldías. Muy pocas, escasísimas, ciertamente; tan pocas que ni siquiera inquietaba a las cúpulas gubernamentales ni a los integrantes del partido dominante, el PRI (Partido Revolucionario Institucional). Sin embargo, esos pequeños y aislados triunfos de la oposición eran indicadores de la pluralidad ideológica de la ciudadanía, sin duda, pero también eran síntomas visibles del descontento de la misma con los grupos en el poder. 

Esa insatisfacción anidada entre la población fue aumentando y en los ochenta la cantidad de municipios ganados por el PAN creció exponencialmente en una franca línea ascendente cuya elevación no se detendría en las siguientes décadas. En opinión de Mario A. Carrillo, Álvaro Martínez y Ernesto Morua –en su trabajo “Los cambios en los sistemas de partidos municipales en México”–, el periodo que comprende 1982 a 1993 “marca el inicio del desmoronamiento del régimen político dominante”. En el ámbito estatal, el cambio tendría lugar a finales de los ochenta cuando en Baja California fuera electo un gobernador del PAN, terminando así con los años de dominio priísta. En la siguiente década, panistas y perredistas (PRD, Partido de la Revolución Democrática) obtendrían gubernaturas en distintos estados. Y hacia finales del pasado siglo el PRD arrebataría al PRI el control de la capital del país, la ciudad más importante.

La consolidación de una población políticamente activa y actuante, deseosa de expresar su posicionamiento y sus preferencias, pero quizá más que todo de hacer notar su hartazgo, continuo lenta pero inexorablemente hasta llegar al cambio de siglo que trajo aparejado también el cambio de gobierno en el nivel nacional. El año 2000 significó, finalmente, la alternancia en el máximo cargo de representación del país: la presidencia. 

Los políticos, envanecidos con lo que consideran “sus triunfos”, son ciegos y sordos a las expresiones ciudadanas. No se enteran, porque no quieren enterarse, de algunos, muy importantes, motivos que los han llevado al poder. En México, gran parte de les electores no deciden –no decidimos– por la mejor opción, por la que les –nos– convence, por una en la que creen –creamos– fuertemente. No, en México la ciudadanía elige “al menos malo” y/o da un “voto de castigo” a los partidos de los gobernantes en el poder. Esto es, la mayoría de quienes llegan no lo hacen en virtud de sus méritos (muchos de ellos ni siquiera sabemos si los tienen) sino por los desaciertos, los errores, los abusos de los otros que han cansado, cuando no ofendido y lesionado, a les votantes.

Pero la clase política prefiere pensar que son sus cualidades, sus proyectos (si los tienen), sus estrategias de campaña lo que “convence” al electorado. Y entonces gobiernan repitiendo fórmulas viejas, por más que hayan probado que son malas. En un proceso de experimentación, de búsqueda de algo o alguien “menos malo” que nos gobierne, pasamos de ser una sociedad de partido único a una bipartidista y, finalmente, a optar por el pluripartidismo. Pero lo importante sería que los partidos y sus cúpulas dirigentes entendieran porqué. ¿Acaso porque de verdad tienen ideologías diferentes y programas políticos más convincentes? ¿Acaso porque poseen mayor credibilidad? ¿Quizá porque sus cuadros son más confiables? No. Acceden a un puesto de elección como resultado del voto colectivo que de esa forma expresa su repudio a quienes detentando el poder han instrumentado políticas públicas o han actuado de forma tal que provocan su insatisfacción cuando no franca repulsa. Acceden porque esa población votante quiere un cambio, pero un cambio auténtico, no de membrete, no de nombre…, quiere un cambio de rumbo, quiere un país mejor para todes, quiere un cambio que vaya más allá del discurso y se traduzca en hechos. Pero hasta hoy, después del último gran albazo dado en 2018, con el que la ciudadanía confiaba que su mensaje fuera escuchado, seguimos esperando por unos gobernantes y partidos dispuestos a mirar el escenario con todos sus matices, que sepan entender lo que los votos expresan. Pero los gobernantes y representantes emanados de Morena (Movimiento de Regeneración Nacional) tampoco supieron leer los motivos de la ciudadanía para llevarlos al poder y las consecuencias se evidenciaron en las pasadas elecciones de octubre realizadas en Coahuila (elección de diputados) e Hidalgo (elección de ayuntamientos). Rumbo a las elecciones de 2021 cabe preguntarse si, ¿sabrán los políticos de todos los partidos entender ahora? ¿Podrán ser empáticos alguna vez con la ciudadanía a la que representan, más allá del periodo de campaña? Quizá llegue el día en que el semáforo rojo y el estruendo sean vistos y escuchados, en el que la ceguera y la sordera de la presunción y la autocomplacencia política sea superada…, quizá, pero ese día no es hoy.



*Fausta Gantús

Escritora e historiadora. 



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