Opinión

La brújula perdida del debate público

Podría ser que quienes tienen más perdida la brújula del debate son los que quieren definir su postura a partir de lo que dice el presidente. | María Fernanda Salazar

  • 29/11/2019
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El gobierno del presidente López Obrador está por cumplir un año. Mucha tinta está corriendo para analizar lo logrado y lo incumplido hasta hoy; la mayor parte, utilizada por quienes están a favor y en contra para derrochar fanatismo y pocas veces argumentos. Si alguna vez ha existido en nuestro debate la posibilidad de escuchar la visión de la contraparte, apostar a los matices o incluso reconocer una mejor razón que la propia, eso está muy lejano.

Es preciso, también, reconocer el reto que implica analizar el impacto concreto de un gobierno al que le gustan los símbolos y recurre con naturalidad a ellos de manera casi siempre eficaz. Pero a un año del nuevo gobierno, es claro que los símbolos son insuficientes y que se requiere un esfuerzo mucho más inteligente para aproximarnos a lo que este cambio -en la medida que lo sea- implica, e identificar con claridad aquello que en los hechos es, más bien, una continuidad.

No es ocioso recordar que López Obrador llevaba, antes de su triunfo, 18 años como protagonista de la agenda pública. No lo es, tampoco, recordar que sus adversarios son los mismos -al menos- durante igual número de años. Es decir, él los conoce, ellos lo conocen y, sobre todo, nosotros como sociedad los conocemos desde hace mucho.

La mayoría de mexicanas y mexicanos sabemos que ningún político/política en este país ha dado muestra de ejercer el poder sin contradicciones y francas fallas. ¿Por qué, entonces, parece que todas y todos estamos descolocados, incluyendo el presidente y su gobierno? ¿Estamos descolocados realmente o es una percepción de quienes participan en el ámbito digital?

Mi hipótesis es que hay un descolocamiento entre algunas partes, resultado de dos elementos centrales.

El primero, es que personas y grupos que creían que López Obrador gobernaría con ellas y ellos como orientadores de decisiones para objetivos específicos de un gobierno que se intuía progresista, hoy se dan cuenta de que no es así y que, como suele suceder en política, quienes orientan las decisiones son quienes acompañaron el camino de la lucha por el poder y no quienes conocen las problemáticas o comparten ideas de soluciones. El presidente se ha hecho acompañar por tal diversidad y contrariedad de perfiles, que es lógico que en el seno de su gobierno se den señales y decisiones tan incompatibles que también le descolocan. En ese sentido, tecnócratas o políticos, la continuidad está en que las lealtades son las que determinan el rumbo del gobierno. Eso, por supuesto, choca con las expectativas de políticas públicas de sectores que le acompañaron abiertamente en el pasado proceso electoral (aunque no necesariamente lo hicieron antes) y que hoy no logran ver con claridad, más allá de casos concretos, cómo relacionarse con el poder político.

El segundo, es que la oposición político-electoral lleva un año sin una narrativa que articule una explicación del presente y mucho menos una proyección hacia el futuro, en torno a la cuál puedan plantearse debates sobre el proceso -de cambio o continuidad- que vive el país. Ello no implicaría ubicarse como partidos que digan “no” a todo lo que venga del presidente, sino actores y actoras que generen empatía y que sean capaces de proponer mejores alternativas, rendición de cuentas sobre las decisiones y, particularmente, que obliguen al gobierno a alinearse con sus propias promesas. Nada de eso está sucediendo y el ejemplo claro es el proceso de la CNDH.

Estas ausencias-descolocamientos de sectores clave en la democracia propician un vacío que se llena con reduccionismos, fanatismos, falsas dicotomías que dificultan el surgimiento de esas posiciones desde un lugar constructivo y nos llevan a intensificar la discusión polarizante y conveniente para quienes tienen una alineación en estos polos.

Lo otro que hay que decir es que este descolocamiento probablemente no es igual de intenso y claro entre quienes tienen una intención de influir en las decisiones y entre quienes simplemente tienen la pretensión de ser bien gobernadas-gobernados, pues en este segundo grupo, según indican varias encuestas, hay percepciones de mejoría en su vida cotidiana y un nivel aceptable de satisfacción con el nuevo gobierno que varía entre 65 y 72% según distintos ejercicios demoscópicos.

En ese sentido, podría ser que quienes tienen más perdida la brújula del debate son aquellos que quieren definir su postura a partir de lo que dice y repite el presidente -prácticamente lo mismo desde hace 18 años-, que a partir de las personas o sectores a los que quieren representar o impulsar. Al hacer lo segundo, podrían encontrar formas de llenar el vacío existente, dotar de sentido su oposición e, incluso, influir en las soluciones que quieren ver implementadas. De continuar como hasta hoy, no solo se estará perdiendo la posibilidad de construir una mejor democracia sino que, producto de una narrativa dominante, se estarán echando por la borda propuestas que acelerarían el bienestar en el país.