Opinión

La bronca con lo que el bronco sí dijo

El machismo y “la educación sexual”.

  • 21/06/2016
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"Mira m’hijita ven para acá, a una niña gorda no la quiere nadie. Sí, es duro, pero lo va a entender", Jaime Rodríguez, gobernador de Nuevo León.

 

“El machismo es un ideal masculino que hace hincapié en la dominación sobre las mujeres, la competencia entre los hombres, la exhibición de agresividad, la sexualidad depredadora y el doble juego”, Robert Connell.

 

Nadie que se inscriba en los discursos discriminatorios podrá jamás ser un demócrata. El soñado barco de una democracia verdadera, va, como escribió León Felipe: “Con todos y a tiempo”. Por supuesto que el embarazo adolescente es un gravísimo problema en México. Lo que es inaceptable son los discursos que –pretendiendo aportar “soluciones”- terminan por alentarlo, puesto que refuerzan todas las premisas machistas que lo provocan. Jaime Rodríguez no dijo que a una niña no la van a querer si tiene sobrepeso. ¡Qué alivio! Los decibeles del machismo de Jaime Rodríguez son tales, que corrió a deshacer su entuerto, picándose los ojos. Ni cuenta se dio. Es lo más grave. Y es grave porque su discurso de la femineidad como territorio dominado muestra los niveles de legitimidad, o por lo menos de inexplicable tolerancia, de los que el machismo goza -aún- en este país.

 

Cuando la reacción contra sus palabras se convirtió en una ola en medios y redes sociales, tuvo unos minutos de inquietud: comenzó a “explicarse” en su cuenta de tuiter. Cada tuit que enviaba era peor que el anterior. Se confesaba. El señor Rodríguez se hace llamar El Bronco, así hizo campaña. Como en un remake de película de los años 50. Y como un dejà vu  del señor de las tepocatas. Esa confusión entre “ser honesto”, “carismático”, “ser derecho y hablar como cualquiera habla”, y su realidad: presumir de irreflexivo, de banal, de autoritario y de silvestre.             

 

El Diccionario de la Real Academia Española define “Bronco”: “Dicho de la voz o de un instrumento de música: Sonido desagradable y áspero”. “Dicho de un metal: Vidrioso, quebradizo, poco dúctil y sin elasticidad”. “Dicho de una persona: De genio y trato ásperos”. “Tosco, áspero, sin desbastar”. “Dicho de un caballo: Sin domar”. “Riña o disputa ruidosa”. “Reprensión áspera”. “Enojo, enfado, rabia”. Me imagino que lo de “Bronco” le significaba: “como caballo sin domar”. Algo que a él seguro le resulta muy “disruptivo” y “libertario”. La rigidez del señor Rodríguez y los niveles de desigualdad con los que concibe la diferencia sexual (en pleno siglo XXI) muestran hasta qué punto el discurso y las emociones del machismo, lo tienen bien domado. Es incapaz de imaginar nada más digno, nada menos vulgar y más equitativo. Atrapado en el minúsculo cerco de la repetición.

 

Muy importante la conciencia que se ha creado con respecto a la discriminación hacia las personas con sobrepeso, lo que es increíble, es la manera –en este caso- en la que al “aclararse” sus declaraciones: una discriminación ocultó a  la otra, cuando en realdad se trata de dos formas distintas de discriminación igual de graves: hacia las adolescentes embarazadas y hacia las jóvenes con sobrepeso. Un himno a lo que podríamos llamar: “El machismo ordinario”, (por cotidiano y naturalizado).

 

El embarazo adolescente y sus altísimas cifras son un problema muy grave en México, producto –entre otras cosas- de una muy deficiente educación sexual, la campañas de la iglesia católica contra el uso de anticonceptivos y la pastilla del día siguiente, y una notoria tendencia a retirar la responsabilidad de los varones y concentrarla en las jóvenes, como si se embarazaran entre ellas.

 

La diferencia sexual en territorios broncos

    

El discurso de Jaime Rodríguez es más y peor de lo mismo. Con los varones, el señor don Bronco es muy complaciente: “A poco ya en la calentura puedes decir: ‘aguántame tantito voy a Benavides, voy a la farmacia a comprar un condón’. ¿Podrá ser eso posible? No es posible”. También es “imposible” – deduzco- que el joven asuma (la no demasiado complicada responsabilidad) de traerlo en los bolsillos. ¿Entonces que sí les es posible? ¿O los adolescentes varones están genéticamente imposibilitados para aprender a prevenir un embarazo, hacer uso de un condón o acompañar a su pareja a un centro de salud?

 

Con los varones, Jaime Rodríguez se desliza en una comprensión rayana en la complicidad: “Embaraza a su novia de catorce, ya cuando ve que le empieza a crecer el estómago (sic) ese muchacho busca a otra”. Pues claro, ¿verdad? ¿Qué más podría hacer un muchacho que padeció de calenturas, no llegó a la farmacia (Benavides), y luego se encontró (¿cabría decir: “pobrecito?”) con que a su novia “le creció el estómago” quién sabe cómo, así, como si se tratara de una indigestión. No hay en el discurso de este señor ningún llamado a la corresponsabilidad. Al cuidado mutuo. A la prevención inscrita en un acto de amor y deseo, o de deseo. Pero, ¿no que muy Bronco? ¿Porque a los varones no los llama a la responsabilidad a su tan broncuda manera?

 

Con las adolescentes la bronca sí se le da. No las comprende, tampoco las llama al uso de anticonceptivos o la pastilla del día siguiente. A ellas les lanza las denigrantes amenazas machistas: “A una niña gorda nadie la quiere”. Después de la “corrección”: “a una niña embarazada nadie la quiere”. El novio “se va con otra”.  Las jóvenes embarazadas serán abandonadas por el novio, y por todos los demás. ¿De qué dimensiones será la irremediable -piensa él- desigualdad inscrita en la diferencia sexual, desde la visión machista del mundo, que una niña embarazada se deslizará hacia el desamor absoluto, mientras el padre biológico de su hijo será premiado con un nuevo amor.

 

¿Y con ese nuevo amor, al joven en cuestión sí le dará tiempo de correr a la farmacia? ¿Qué habrá aprendido él en el camino? ¿Qué se supone que sería indispensable que aprendiera antes? ¿O irá por allí abandonando seres humanos como si fueran bultitos? Me imagino que en el bronco- imaginario: “los hombres son así” y “las mujeres son así”. Y “¿a quién le dan pan que llore?” “El hombre avanza hasta donde la mujer se lo permite” y todas esas frases que crean un abismo entre los sexos y coartan la posibilidad de relacionarse de una manera más amorosa, equitativa, respetuosa, corresponsable y justa. ¿Ese abandono del que Jaime Rodríguez habla sucede con mucha frecuencia? Sin duda. Y sucederá mientras continúe educándose a lo varones en la noción de un mundo de mujeres utilizables e intercambiables. Cuerpos sin contenidos.

 

Las “buenas” y “las malas”. Mientras continúe celebrándose la “colección de mujeres” como una medalla “viril”. Mientras se considere que es una hazaña que un ser humano use a otro. Le mienta, lo considere como material de deshecho. Mientras se celebre de manera explícita, o “velada” -¿acaso no intentó ser divertidísimo con eso de “la calentura” (él sí es “pueblo”) y el comercial de la farmacia? –  esa noción de “hombría” que llama a los varones a convertirse en depredadores sexuales y emocionales. Porque la responsabilidad es de ellas.

    

¿Y la ley señor gobernador?

 

Sabemos, y allí está para quien quiere verlo, que hay muchísimas maneras para un niño/ un joven/ un adulto, de vivir su masculinidad. Sabemos que se pueden construir familias, culturas, sociedades, en las que los hombres y las mujeres, desde sus diferencias, pueden mirarse el uno a la otra como pares. Como compañeros. Sabemos que socavar la autoestima de las adolescentes, no puede sino conducirlas a una vida de temor y de falta de respeto por ellas mismas. Y que inflar los egos de los jóvenes ante sus actos más inaceptables, los convierte en amos, con una fuerte incapacidad de relacionarse sanamente.

 

Si se fragiliza a las adolecentes en su relación con su propia sexualidad, (y el derecho a vivirla protegidas, respetadas y libres) y se desvirtúa la sexualidad masculina convirtiéndola en una competencia irresponsable y desamorada, estamos provocando no sólo el desencuentro entre los sexos, sino un verdadero choque de trenes. A esos varones que “se van con otra”, Jaime Rodríguez tiene a bien ni siquiera recordarles que el “estómago” (el gobernador y sus fantasías infantiles de embarazo por vía oral) de la muchacha, un día vuelve a su tamaño normal (sí, por la vía de un parto), y que allí hay un ser humano que es –también- su hijo.

 

Y que es insoportable que no lo reconozca como tal, porque somos seres hablantes construidos en los afectos y los compromisos, y no animalitos. Y que si se va con una hilera de otras, sigue siendo el padre de su hijo. Y que – además, señor gobernador- la ley existe, y obliga al padre –por lo menos- a una pensión alimenticia. Le sobran razones al señor Rodríguez para argumentar por qué sí es indispensable correr hacia una farmacia. O traer unos sobrecitos en la cartera.

 

El bronco y sus “talleres” de educación sexual

    

“Cuando yo fui Presidente Municipal hice un programa en el que las niñas acudían conmigo a la presidencia municipal los sábados en la mañana, y yo les daba daba pláticas sobre el tema, y eso bajó mucho el índice de embarazos infantiles en mi ciudad en donde goberné”, declaró don Bronco en entrevista con Ciro Gómez Leyva. No se desmayó Ciro, nada más se habrá quedado medio catatónico. Me hubiera encantado que le preguntara por el listado de sus temas.

 

¿El Bronco de sexólogo? Ay, pero qué obscenidad. Y por supuesto convocó a las muchachas y no a los varones.  No es absurdo, es coherente con su machismo.  Es evidente que no tiene nada que decirles: la “calentura” masculina es una fuerza irracional e inapelable.  Algo así. ¿Y como de qué les hablaba a as chiquitas? Seguro les daba lecciones de anatomía: “Si tienen relaciones sexuales les crece el estómago”. ¿O quizá lo juzgo mal y les hablaba de su derecho al placer –responsable y protegido- el amor mutuo, la anticoncepción y el deseo sexual responsable, la diferencia de ritmos entre la sexualidad femenina y la masculina, el placer clitoridiano, el orgasmo femenino? Ando en drogas.

 

Dado lo que sus palabras evidencian, las clases de educación sexual del todólogo señor Rodríguez a las adolescentes, no podían ser sino expediciones invasoras y punitivas. “Ya no le vas a gustar, ya no le vas a agradar”. “La otra”. En pocas palabras: “El hombre no pierde nada, la mujer lo pierde ‘todo’”.  Reflexiones así de sofisticadas y transformadoras. “El hombre es fuego y la mujer estopa”.  “La abstención es la única vía”.  Para las mujeres, claro. Las voces de ese México machista, decimonónico. Ese México que se aferra a la superioridad de lo masculino (alienado) y a la inferioridad de lo femenino (alienado) que nos dañan a todas/os. Ese México bronco.

 

@Marteresapriego

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