Opinión

La brecha entre la opinión pública y la opinión publicada

De un lado están quienes han tenido acceso preferencial a los medios y del otro, un público cada vez más escéptico en torno a la opinión publicada. | Alejandro Encinas N.

  • 25/10/2018
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No es un fenómeno nuevo, pero sí se ha agudizado en los últimos meses. De un lado están quienes históricamente han tenido acceso preferencial a micrófonos y tribunas que multiplican el alcance de sus opiniones. Sus certezas permanecen intactas pese a los cambios telúricos en la política nacional. No han reemplazado los lentes conceptuales a través de los cuales observan la realidad, aunque estos lucen empañados. Si acaso, tras las secuelas del 1 de julio a algunos se les nota más furibundos y despectivos. Palabras como “se los dije”, fanatismo, viejito, Macuspana, feligresía y “transformación de cuarta” abundan en sus columnas y en los muros de sus redes sociales.

Del otro lado se encuentra un público que ha madurado y que se muestra cada vez más escéptico en torno a la opinión publicada. Si en 2012 fue posible que los medios fabricaran la candidatura presidencial vencedora, en 2018 ocurrió precisamente lo contrario: el 53% de los mexicanos le dio el triunfo al candidato que sistemáticamente había sido defenestrado en los noticieros estelares.

En las últimas semanas de manera casi unánime los principales opinadores y conductores se han opuesto tajantemente a la consulta popular en torno a la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México. Pese a la andanada mediática, la más reciente encuesta de Consulta Mitofsky revela que el 61.2% de los ciudadanos prefiere ser consultado frente a un 26.6% que prefiere que el presidente electo decida escuchando solo a los expertos.

Si algo reflejan estas disonancias es que los medios tradicionales han dejado de ser esa formidable maquinaria de construcción de consenso que desde un centro de poder irradiaba percepciones y preferencias políticas a toda la periferia. Ahora la periferia reclama voz y su derecho a participar en las decisiones públicas. Demanda que los monólogos se vuelvan deliberación pública.

Pocos consorcios mediáticos han hecho ajustes para intentar atajar esta brecha y entrar en sintonía con los tiempos que corren. Televisa, que no se caracteriza precisamente por ser portavoz histórico de las batallas progresistas, lo ha comprendido y ya comenzó su relevo generacional. También ha permitido el ingreso de voces nuevas y más plurales en sus mesas de debate, aunque esto ha sido a cuentagotas. A la par, el regreso del noticiero de Carmen Aristegui a señal abierta no solo es el principio del fin de la censura impuesta desde el gobierno federal, sino sobre todo es resultado de la elevada demanda de las audiencias por contenidos alternativos.

En cambio, otros medios han decidido atrincherarse. Es el caso del periódico Reforma. La salida de dos de sus columnistas más identificados con la izquierda, Lorenzo Meyer y José Woldenberg, forma parte de un giro conservador en su línea editorial. De igual modo, no deja de ser sintomático del divorcio entre opinión pública y publicada que el mismo día que en las ocho columnas de este diario se calificara como una amenaza a la Caravana Migrante, miles de mexicanos se organizaban para ofrecerle agua y comida en su andar.

Hay casos realmente extremos, como la fascinación de un puñado de columnistas ante el nuevo auge de publicaciones racistas revestidas de científicas, según las cuales los genes determinan de manera preponderante el éxito de los individuos. Para decirlo en breve: Importar estas ideas al contexto mexicano implica naturalizar desigualdades abismales que son herederas del sistema de casta colonial. Ahora resulta que habría que agradecerle a los conquistadores porque vinieron a “mejorar los genes”.

Las críticas a la opinión publicada suelen ser replicadas por ésta como una amenaza que se cierne sobre la libertad de expresión. Nada más alejado de la realidad. Lo único diferente es que ahora tendrán que debatir y dejar de asumirse como los portadores de una verdad irrebatible. Es solo apelar a que se sujeten a las reglas de la libre competencia que ellos con tanto fervor pregonan.

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@EncinasN  | @OpinionLSR | @lasillarota



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