Opinión

La alimentación: más allá de los hábitos

Debe haber una relación directa entre salud y alimentación.

  • 26/06/2016
  • Escuchar

Hoy en día, los mexicanos nos enfrentamos a un nuevo problema público, como es el de la alimentación. En el siglo XX, la industrialización agrícola y de alimentos en general se presentó como el mejor instrumento para eliminar la “desnutrición” de la población urbana y rural. Las políticas públicas se orientaron a fomentar un mayor acceso a diversos alimentos; sin embargo, el problema fue que se introdujeron parámetros de desnutrición ajenos a la dieta tradicional mexicana y además, se abrió el camino a un sistema de productividad desmedida.

 

La Revolución Verde dentro y fuera de México se pensó que resolvería la demanda de alimentos; no obstante, sólo fue otra política mediática que se orientó a un abasto de alimentos a cualquier costo, fomentando incluso la importación de productos básicos como el maíz genéticamente modificado. Por su parte, entre los grandes productores agrícolas mexicanos, se implementó el uso indiscriminado de plaguicidas, fertilizantes y otros productos químicos en sus cultivos.

 

Pese a todo, aún hoy en el campo mexicano, las pequeñas comunidades tienen la posibilidad de consumir alimentos que cultivan ellos mismos; es decir, mantener un autoconsumo de subsistencia, que en gran medida es de alimentos orgánicos y saludables, gracias a la pervivencia de ciertas costumbres agrícolas y a la preservación de sus semillas. Sin embargo, dicha situación no es del todo alentadora, especialmente porque ni siquiera las comunidades están libres de la contaminación de los mantos freáticos, ni de la reproducción de semillas transgénicas, como tampoco del influjo de alimentos chatarra. Sabemos que en las tienditas de diversas localidades rurales se venden productos de mala calidad nutrimental, entre ellos azúcares, harinas refinadas y grasas saturadas, que son comprados por los campesinos en estos sitios, porque se ven bombardeados por un modelo de modernidad malamente entendido que, en ningún caso, les genera un real beneficio alimentario.

 

En el ámbito urbano, los habitantes citadinos imposibilitados de producir sus propios alimentos y bajo la carrera de comer, más que de nutrirse, acuden masivamente a supermercados y tiendas de expendio diverso, donde tienen acceso a alimentos de dudosa condición, e ignoran que el uso de alimentos procesados químicamente y reproducidos transgénicamente son riesgosos para la salud humana.

 

Bajo ese panorama, el camino a seguir por los consumidores, especialmente de los urbanos, parece una encrucijada. Especialmente porque es en las ciudades donde se padece cada día más cáncer, más Alzheimer y diversos niveles de autismo, entre otras enfermedades, que para algunos biólogos es una verdadera epidemia resultado del uso de semillas transgénicas en el marco de la industrialización agrícola. Algunos sectores minoritarios más atentos que el resto de la población, intentan seguir la utopía de producir sus propios alimentos en jardines y azoteas; otros más adinerados compran productos llamados “orgánicos”, pensando que su cultivo fue celosamente cuidado y está libre de semillas genéticamente modificadas. Los restaurantes de slow food, y la aparición de chefs que no utilizan en sus recetas ingredientes procesados o industrializados, intentan brindar a los más selectos consumidores una alternativa, donde los alimentos se constituyen realmente en una medicina, siguiendo las palabras célebres de Hipócrates.

 

Los propios organismos de salud en la actualidad están reconociendo que nuestros campesinos están mejor alimentados que el resto de la población, porque no padecen enfermedades degenerativas como la población urbana, salvo diabetes e hipertensión, que es a causa del consumo inusual de chatarra; pero que complementan, para bien de ellos, con alimentos producidos en tierras o huertos de consumo comunitario. Es decir, ellos están menos expuestos al consumo de alimentos procesados y de semillas genéticamente modificadas, que serían las generadoras de las enfermedades urbanas actualmente más comunes.

 

La solución para algunos es que hay que aprender de los sistemas productivos de las comunidades y alejarnos de un concepto de productividad desenfrenada y a cualquier costo. Esto es, la producción de alimentos, y el abasto de ellos en las ciudades, no puede estar supeditado a un utilitarismo enfocado a cubrir la simple necesidad de comer, sino que debe haber una relación directa entre salud y alimentación. Nuestros ancestros cuidaban sus semillas y las guardaban como tesoros familiares que transmitían de generación en generación, con una veneración incluso sagrada. La gente de la tierra tenía alimentos ancestrales que guardaban como garantía de su propia supervivencia.

 

Por tanto, ¿hasta qué punto podemos hoy en día aplicar un criterio mecánico productivo a organismos vivos, como son nuestros alimentos? Es decir, estamos lejos de reconocer que los alimentos son organismos, no elementos químicos con los que se ensaya indiscriminadamente en laboratorios. Hay que permear a la ciencia actual, y con ella a las políticas públicas, de un humanismo que supere el utilitarismo productivo, retomar el respeto con que nuestros pueblos autóctonos miraban su entorno, dentro de un sistema integral dónde reproducir alimentos saludables.

 

@institutomora

www.mora.edu.mx

@OpinionLSR

 

*Dra. Enriqueta Quiroz Muñoz

La doctora Enriqueta Quiroz Muñoz es historiadora de formación por el Colegio de México y la Universidad de Chile, y miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Actualmente es Coordinadora del Seminario Interdisciplinario de Alimentación y del Proyecto El Pasado del Futuro Alimentario en el Instituto Mora. Junto a diversos investigadores dentro y fuera de México está impulsando la Red Interdisciplinaria de Alimentación Latinoamericana (RIAL), la que pretende rescatar el consumo de alimentos ancestrales del continente americano y fomentar sistemas productivos favorables al medio ambiente.