Donald Trump asumió la presidencia de Estados Unidos gracias a muchos factores que conjugados lo hicieron ganar el voto electoral (aunque haya perdido el voto popular por  aproximadamente dos punto ocho millones de votos). Uno de los grupos con el que coqueteó durante la campaña y que ayudó a entronizarlo es el autodenominado Alt Right; un nuevo (rancio) movimiento neonazi cuyo ideario supremacista blanco está envuelto en un look hipster pseudo-intelectual.

 

Este grupo llama a regresar a las “prácticas y valores europeos” que es la forma políticamente correcta (si así se le puede llamar) de profesar que quieren un país exclusivamente de y para blancos. Clama además, que los blancos ahora son objeto de discriminación y que han perdido sus trabajos por culpa de los inmigrantes. Su target market está en el trabajador clasemediero del rust belt,el estadounidense que vive cerca de la frontera con México, y en general todo hombre blanco inconforme que culpe a los inmigrantes o a las minorías de todos sus pesares.

 

Su líder Richard Spencer –como Trump- supo capitalizar el enojo del hombre blanco norteamericano. Para poder ilustrar a este infame sujeto, permítaseme usar algunos ejemplos. Spencer apunta que la raza define al pueblo y que es necesario crear un etno-estado para la gente “europea”. En una conferencia saludó con un “Heil Trump” y usó terminología nazi para referirse a la prensa. En una entrevista con Al Jazeera declaró que los inmigrantes son patéticos por haber fracasado en sus lugares de origen y que Estados Unidos no fue construido por inmigrantes.

 

Aunado a lo anterior, es un tipo que -a diferencia de otras cabecillas xenófobas- ansía el spotlight y no le teme a salir de las coladeras en donde normalmente grupos como el suyo complotean la dominación aria del mundo. De tal manera, se sube a toda tarima en la que le presten un micrófono que lo deje exponer su racista ideología del desposeimiento del hombre blanco. Parece que supo ver que su primer batalla es la de normalizar su anómalo movimiento y así crecer su base de seguidores.

 

Otro ultra derechista xenófobo del Alt Right de nombre Milo Yiannopoulos ha cobrado notoriedad en días recientes. Este autoproclamado “supervillano del internet” se popularizó gracias a 4chan y a sus incendiarias declaraciones entre las que destacan: que el rape culture es una fantasía, que detrás de cada chiste racista está un dato científico, que el feminismo es un tipo de cáncer, que la actriz Leslie Jones es un apenas alfabetizado hombre y la última –que lo obligó a renunciar a Breitbart News y a perder un contrato con Simon & Schuster para publicar su libro- que un menor de 13 años y un adulto debieran poder sostener relaciones sexuales libremente.

 

Los dos personajes han cobrado una alarmante popularidad que ilustra la gravedad de una creciente idiosincrasia neonazi que amenaza con polarizar a Estados Unidos aún más. Redes sociales, foros en internet, conferencias, protestas y otros actos organizados por este grupo, han generado un debate sobre si movimientos como el Alt Right gozan de una libertad de expresión que les permita esparcir odio, mentiras y crueldad. ¿Tienen entonces el derecho a expresarse?

 

Esa interrogante de limitar excepcionalmente la libertad de expresión ha estado presente a lo largo de la historia y será motivo para otro texto. Pero en resumidas cuentas es preciso señalar que existe un consenso casi internacional en torno a lo siguiente: La libertad de expresión no es un derecho absoluto y termina donde empieza el derecho de los demás. Por citar un ejemplo, la Convención Americana sobre Derechos Humanos en su artículo 13 establece que la libertad de expresión no puede ser sujeta a censura pero sí a responsabilidades ulteriores para asegurar el respeto a los derechos o a la reputación de los demás.

 

Ahora bien, lo realmente escandaloso de todo esto no es la discusión sobre si Alt Right goza de libertad de expresión o no, o bien, si ésta es absoluta. El tema aquí es que la ha ejercido en medios de comunicación masivos como HBO, The Atlantic, CNN, NBC, Al Jazeera y Bloomberg. Con ello, estos comunicadores han sido coparticipes de distribuir el mensaje de odio y segregación racial que abiertamente promueve este grupo. Han tomado al movimiento racista subterráneo/clandestino y le han dado la bienvenida a la cultura pop estadounidense (faltándoles solamente la creación de su reality show). Cada medio los ha cubierto de manera diferente y en los mejores casos los han encarado tibiamente. Sin embargo, incluso aquellos que han tratado de afrontarlos, los han terminado por validar en el mapa ideológico de lo tolerable o socialmente aceptable.

 

Por ello, considero que las televisoras, los periódicos y semanarios, las radiodifusoras, las universidades, las editoriales y todas aquellas plataformas que puedan ayudar a difundir el ideario de grupos que atenten contra los más básicos derechos humanos (como el Alt Right), deben asumir una responsabilidad social mayor sobre el contenido que validan consciente o inconscientemente.

 

Esto no se trata de “derecha” o de “izquierda”, ni de “mainstream” o “anti-sistema”. Se trata de no oxigenar una abierta campaña por promover antivalores como el odio y la discriminación entre los seres humanos. Estas plataformas deben privilegiar siempre su brújula de principios éticos elementales sobre su tiraje, rating, publicidad o número de clics.

 

@alejandrobasave

@OpinionLSR

 

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