En Japón se le llama Karoshi a la muerte ocasionada por trabajar en exceso. Dicho fenómeno se manifiesta –entre otras causas– con infartos, derrames cerebrales y suicidios. Según un artículo de la BBC, aproximadamente un cuarto de las compañías japonesas tienen empleados trabajando más de 80 horas extras de su jornada laboral por mes y como consecuencia de esto mueren anualmente cientos de personas.

México, por su parte, es el país de la OCDE que, según cifras de dicha Organización, ocupa el primer lugar en cuanto a más horas trabajadas por año (2,255 horas en el 2016). Sin embargo, en México todavía no se detecta una correlación tan clara de muertes con sobretrabajo (aun cuando dicho estudio muestra que trabajamos 542 horas más que Japón). Si lo anterior no resulta alarmante vale la pena señalar que, a diferencia de Japón que siempre se encuentra en los primeros lugares de productividad a nivel global, México repitió este año como el país menos productivo de la OCDE.

¿Por qué los mexicanos somos los que más trabajamos pero los menos productivos de la OCDE?

Es difícil responder esa pregunta y seguramente su respuesta debe contemplar un sinfín de complejos factores sociales, económicos y políticos. No obstante, creo que México forma parte de un grupo de naciones que se han vendido a sí mismas la idea de que la productividad se mide exclusivamente con base en horas trabajadas. De ahí que el jefe quiera ver a su empleado en la oficina hasta tarde y en fines de semana y el empleado, a su vez, quiera que su jefe sepa que siempre estará dispuesto a sacrificar su vida personal por su trabajo.

Recuerdo que hace varios años cuando trabajaba en un despacho jurídico en la Ciudad de México, me extrañaba el deporte al que jugaban por igual socios, asociados y practicantes. Consistía en presumir el mucho trabajo que se tenía (mismo que se desahogaba lentamente y con varias pausas durante del día), buscar dejar rastro de su ardua labor en horas no laborales (mandar correos en las madrugadas o fines de semana por ejemplo) e intentar ser el último en salir de la oficina (sin importar pasar tiempo muerto y llegar a casa por la madrugada).

Las nocivas prácticas arriba enlistadas son parte de la filosofía de trabajo que muchas empresas en nuestro país comparten. Empresas que optan por generar tóxicos ambientes con el propósito de hacerse una reputación de rigurosas y exitosas. Esas prácticas han generado dos fenómenos que le han hecho mucho daño a nuestra cultura laboral; crear workaholics (personas que viven para trabajar) e incentivar el fenómeno social al que llamo fantochismo laboral (exagerar nuestro compromiso profesional, como el ejemplo de arriba, por miedo a lo que pensarán de nosotros).

El fantochismo laboral está tan enraizado en nuestras vidas que nos ha programado para contestar automáticamente a un "cómo estás" con un "hasta el tope de trabajo" o "como loco, con mil pendientes". Esas respuestas, más que quejas, traen implícita una acentuación positiva a la sobresaturación laboral a la que equiparamos con el éxito profesional. Y qué decir de esa extraña culpa que sentimos cuando nos salimos de la rutina en horas laborales aún cuando la razón sea una visita al médico o un trámite burocrático importante.

Mi yo patriotero patriota se molesta cuando alguien critica una práctica mexicana usando como ejemplo a seguir a países europeos o a EUA. Sin embargo, mi yo malinchista autocrítico no puede dejar de pensar qué sería de México si hiciéramos ligeros cambios a nuestra idiosincrasia en el lugar de trabajo. Brace yourselves, aquí viene el ejemplo europeo que evidencia nuestro fantochismo laboral.

Hace tiempo un amigo me platicó una anécdota de cuando su hermana se fue a trabajar a Alemania. Durante las primeras semanas, su hermana se desvivió por trabajar mucho y aparentar siempre estar ocupada. Comía en su lugar a diferencia de sus compañeros, hacía rutinariamente comentarios como sobre su cargada lista de pendientes e intencionalmente se quedaba en la oficina hasta que todos sus compañeros se hubieran ido. Lo que en algunas empresas mexicanas le hubieran reconocido, en la empresa alemana no le valió aplausos. De hecho, pasó todo lo contrario. La primera advertencia que recibió fue cuando su jefe directo le preguntó si todo estaba bien en casa. Pasaron las semanas y aunque la hermana de mi amigo le bajó varios decibeles a su fantochismo, no lo erradicó. Un buen día recibió un llamado de Recursos Humanos en el que le comunicaron que la empresa había decidido terminar su relación laboral con ella. Le explicaron –entre otras cosas– que la empresa consideraba sus salidas tarde como un indicador de su bajo desempeño profesional (que le impedía terminar el trabajo como el resto de sus compañeros), y que en aras de ser más eficientes con sus recursos, la empresa había determinado buscar a alguien más para ocupar esa vacante.

Si somos el país menos productivo pero el que más trabaja de la OCDE, es claro que la solución no está en el número de horas que trabajamos sino en el jugo que les sacamos. Tal vez sea momento de dejar de vanagloriarnos por nuestras saturadas agendas laborales y en cambio preocuparnos por ser más eficientes y por nuestra incapacidad por terminar el trabajo en las horas establecidas para ello. El problema, en la mayoría de las ocasiones, no es que estemos ocupados al borde de un colapso nervioso, sino que finjamos estarlo siempre. Es normal que existan semanas o incluso meses sobresaturados de trabajo, pero son picos de trabajo excepcionales y no líneas horizontales que nunca decrecen.

Habrá que hacer un esfuerzo colectivo por cambiar ambas estadísticas de la OCDE lo antes posible. Las empresas mexicanas deberán asumir su papel con políticas que ataquen la procrastinación e incentiven a sus empleados a buscar un balance sano entre su vida personal y profesional. Por su parte, el gobierno mexicano deberá asumir su papel de corresponsable y dejar de hacer mutis sobre las horas extra no pagadas. Finalmente, como sociedad deberemos de hacer un esfuerzo por dejar de venerar a la cultura del estar ocupado.

En algún punto nos vendimos la idea de que tenemos que estar constantemente ocupados o al menos fingir estarlo. De ahí, que no nos extrañe el amor por el multitasking y su efecto; la dificultad por disfrutar del presente. Desastres naturales como los terremotos que atestiguamos en semanas anteriores son un recordatorio de la fragilidad de la vida humana. Sepamos balancear o busquémosle una traducción a la palabra Karoshi.

@alejandrobasave | @OpinionLSR | @lasillarota 



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