Opinión

Irse muriendo en la ciudad

La exposición de largo plazo a los niveles de contaminación que tenemos en la ZMVM genera daños que enferman cotidianamente a la gente.

  • 03/11/2016
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Es muy común que no se entienda el concepto de riesgo. Y no solamente no se entiende el concepto en sí, sino que la gente suele tomar sus decisiones con base en algo que llamamos la percepción del riesgo, un fenómeno que surge cuando se incluye un cierto potencial psicoemocional que varía significativamente de persona a persona.

 

En palabras simples el riesgo se refiere a la probabilidad de ocurrencia de un evento en un tiempo determinado, la cual depende de una gran variedad de factores según el caso. Por ejemplo, el riesgo de ser atropellado al cruzar una avenida depende aspectos como el número de vehículos circulando, la velocidad de los mismos, el ancho de la vialidad, la visibilidad existente, la señalización, si está lloviendo, si el pavimento está resbaloso y si es de día o de noche.

 

Pero también depende de las decisiones que tomen los conductores y los peatones: si se da circunstancialmente una combinación de conductores que van distraídos o texteando con peatones que creen que pueden cruzar la avenida sin demasiadas precauciones porque “nunca les ha pasado nada”, entonces la probabilidad de que el accidente suceda se incrementa. Y finalmente, algún día, el accidente ocurre. La gente maneja texteando porque cree que no va a pasar nada. Los peatones cruzan temerariamente la avenida porque creen que si nunca los han atropellado, en esta ocasión no tendría por qué pasar.

 

La percepción del riesgo que tiene la mayoría de las personas también suele ser refractaria a la acumulación de los riesgos enfrentados. Esto significa que se nos olvida que en todo momento estamos sujetos a diferentes tipos de riesgos. La forma en la que nos aventuremos a cruzar la avenida es independiente de que nos asalten al llegar a la banqueta o de que se caiga una maceta del balcón y nos pegue en la cabeza.

 

Ciertamente los riesgos varían mucho entre las actividades que realizamos. Los riesgos que enfrentan los mineros en una mina de carbón o los pescadores de los cangrejos gigantes de Alaska, son sin duda mucho mayores que los que enfrenta la persona que atiende en un comercio o una maestra en el salón de clases.

 

Ahora bien, esta introducción al tema de la percepción de riesgos me sirve para llamar una vez más la atención sobre los riesgos de la contaminación atmosférica sobre la salud. Como escribíamos en el primer capítulo del Proaire 2011-2020:

 

“Aparentemente la percepción colectiva del estado de la calidad del aire en la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM), no corresponde a la gravedad de los efectos negativos que la contaminación atmosférica ha ido provocando sobre la salud de la población. Las personas que viven en la ZMVM generalmente no identifican a la contaminación como algo cercano sino como un fenómeno ajeno, que afecta a los otros pero no necesariamente a sí mismas o a otras personas de su entorno.”

 

En efecto, esa percepción ha sido comprobada por diversos estudios y no es exclusiva de la ZMVM, es algo que se observa en muchas otras ciudades y es una barrera de facto para la efectividad de las acciones dirigidas a la mejoría de la calidad del aire. Si la población no percibe a la contaminación atmosférica como un problema de salud pública, todo lo que se haga carecerá del sostén importantísimo de la sociedad.

 

Los riesgos que enfrenta la población ante las concentraciones de contaminantes que tenemos desde hace décadas, se refieren a la probabilidad de que un individuo se vea afectado o muera por los efectos de los contaminantes, no a la probabilidad de que los contaminantes le puedan hacer daño a la población. En otras palabras, está comprobado que los daños a la salud de las personas son graves y sistemáticos, el punto es que no hay manera de saber quién sigue en la lista de los enfermos o fallecidos.

 

Cuando los gobiernos decidan informar oportuna y verazmente a la población sobre la gran cantidad de efectos nocivos de la contaminación atmosférica sobre la salud física y emocional, sólo entonces la sociedad empezará a cambiar su percepción de los riesgos asociados y presionará más a los responsables para remediar la situación. Este es, sin duda, un asunto importante que sigue pendiente.

 

Como ya lo hemos mencionado, la exposición de largo plazo a los niveles de contaminación que tenemos en la ZMVM genera daños que enferman cotidianamente a la gente y podrían ocasionar la muerte de algunas personas. No se requiere que tengamos picos de contaminación ni que suenen las alarmas que activen las contingencias ambientales para que los daños se materialicen, éstos se van dando paulatinamente como un cáncer que avanza sin hacerse notar. Vivimos y respiramos en una nube de tóxicos que si bien generalmente nos permite hacer nuestra vida cotidiana, también nos permite irnos muriendo desapercibidamente en esta, nuestra ciudad. 

 

@lmf_Aequum 

@OpinionLSR

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