Intolerancia a la crítica

En estos poco más de 80 días de gobierno, el presidente nos ha dado elementos más que suficientes para anticipar la línea que habrá de seguir durante el tiempo que resta a su muy joven administración. Es incuestionable su capacidad de comunicación, la habilidad que tiene para interpretar el ánimo social, conectar con la gente mostrándose cercano y utilizando un lenguaje accesible así como para manejar los símbolos. El contraste con los políticos tradicionales es evidente.

En sus conferencias mañaneras marca la agenda nacional, coloca los temas que le interesan, anuncia nuevos proyectos y programas, da instrucciones a su gabinete -e incluso al Congreso-, defiende sus decisiones y ha logrado construir con gran éxito una narrativa mediante la cual convierte a todo aquel que lo cuestione en parte de la élite a la que únicamente le interesa defender sus privilegios y por tanto se opone al cambio prometido.

López Obrador es un político al que le gusta estar permanentemente en la palestra, librar personalmente sus batallas y que se siente cómodo en la confrontación. Hace no mucho tiempo ya advertía que como presidente, no se iba a quedar callado y que si bien respetaba la libertad de expresión, también iba a ejercer su derecho de réplica. De hecho, antes de rectificar o matizar su posición ante observaciones que pudieran resultar fundados y pertinentes, así como de buscar el diálogo, la negociación y el acuerdo, generalmente opta por doblar la apuesta.

Contrapesos


En principio podría ser una buena noticia que las decisiones de gobierno se expongan públicamente, que se discutan los asuntos, que López Obrador defienda sus puntos de vista y que responda a los cuestionamientos, el problema está en que no sólo ha ido confirmando que no le gustan los contrapesos -más bien parece que le estorban-, sino que se muestra intolerante a cualquier crítica y reacciona con aspereza a través de la descalificación e incluso el denuesto, lo que es muy delicado cuando este proviene del presidente pues genera un clima de linchamiento político, mediático y hasta social.

Lo mismo ha arremetido contra la prensa -en particular contra el periódico Reforma por exhibir que los titulares de Gobernación y Comunicaciones y Transportes omitieron declarar sus departamentos en Houston-, que contra el Poder Judicial, los organismos autónomos -con mucho mayor énfasis el INAI y la CRE-, empresarios, calificadoras internacionales, ex funcionarios, especialistas, organizaciones de la sociedad civil y operadoras de estancias infantiles entre un largo etcétera.

En la mayoría de los casos los señalamientos son genéricos, plagados de adjetivos, sin presentar argumentos consistentes ni mucho menos pruebas y, lo más grave, en cada uno se puede encontrar alguna desavenencia previa con el gobierno, por lo que difícilmente se podría interpretar como una simple casualidad. Esto no quiere decir que no sobren ejemplos de corrupción y abuso que deben ser exhibidos y sancionados, pero contando con elementos sólidos y no a partir de consideraciones que se antojan meramente políticas pues es caer en lo mismo que, con razón, tanto se cuestionó de la administración anterior, y se supone que este gobierno iba a ser las cosas de manera distinta. Esperemos que la apuesta no sea por inhibir la crítica, eliminar los contrapesos y judicializar la política, pues significaría un muy lamentable retroceso que debemos evitar.

Discusión relevante en el Congreso

@agus_castilla | @OpinionLSR | @lasillarota





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