En varios eventos de emprendimiento y tecnología me han preguntado si –como abogado– creo que la abogacía desaparecerá cuando termine de asentarse en el mundo la inteligencia artificial (IA)[1]. La pregunta ha sido recurrente y, aunque entre líneas suene a un sutil "pinche abogado, ya se te acabó el veinte", no luce nada descabellada en tiempos en los que las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) han suplantado o reinventado varios oficios y actividades. Por ello, creo que es necesario preguntarnos si la llamada cuarta revolución industrial exterminará también a algunas carreras universitarias y dentro de ellas, la de Derecho.

Veo aventurado negar que la IA pueda acabar con varias carreras universitarias. Sin embargo, creo que por lo pronto solo las reinventará. Como quiera, me llama la atención que esa inquietud se centre solo en el acabose de los abogados y no en el de los médicos, arquitectos, et al., pero seguramente esto obedece a un wishful thinking colectivo de erradicar al gremio más criticado y satirizado de todos (premio merecido, dicho sea de paso). Preveo que en la abogacía (y otras carreras) la primera etapa de la IA será en calidad de herramienta facilitadora operada/controlada por un humano. Creo que la IA facilitará labores secundarias que le roban tiempo al jurista y lo distraen de sus labores esenciales. Algo parecido a lo que vemos con los chatbots legales que empiezan a surgir o con los smart contracts vía blockchain que algunas empresas grandes ven con buenos ojos. De la segunda o tercera etapas mejor ni escribo.

Derecho de masas


Ahora bien, la profesión representada por personajes como Séneca, Tomás Moro, John Adams y Jerry Springer, debe replantearse muchas cosas frente a la amenaza de la IA y su histórico rechazo popular. Y puede empezar deshaciéndose de esa tóxica (e inconsciente) idea de alejar al derecho de las masas. Lo anterior, enmarañando algo ya en sí muy complejo, y hablando y escribiendo del tema exclusivamente para sí misma. Algo que por cierto, quizá presuponga una crisis de seguridad por miedo a no ser importante. Y aunque si bien es cierto que han brotado buenas iniciativas para combatir estos males como la llamada Justicia Abierta, todavía queda mucho camino por recorrer.

Aclarado lo anterior, reconozco que le tengo pavor a la inteligencia artificial. No como abogado sino en un plano más personal. Y aunque mi yo tecnológico saboree todas las nuevas formas de facilitarnos la vida, mi yo metatesiofóbico ve avecinarse una distopía de aquellas en la que Ava de Ex Machina o David de Alien Covenant me traten de matar mientras duermo. Hace poco por ejemplo, temí cuando vi una nota sobre una inteligencia artificial de Google que está creando nuevas inteligencias artificiales cual madre pariendo hijos. Creo que no le temía a unos engendros así desde que vi The Brood de Cronenberg o Eraserhead de Lynch. 

El abogado. El antihéroe


No dudo de todas las valiosas aportaciones que nos traerá la IA, pero sigo creyendo que no se ha discutido lo suficiente como para abrir esa caja de pandora. Sus directrices éticas, sus etapas y sus límites, son solo algunas de los temas que deberían de regularse antes de que sea muy tarde para hacerlo. Y en todo esto, por cierto, el abogado jugará un rol gigantesco respondiendo a preguntas como: ¿Tendrán sus robots capacidad legal? ¿Qué tipo de responsabilidades tendrán los creadores de obras de IA? Y probablemente la más importante, ¿cómo se le seguirá el paso a un tipo de tecnología cambiante por minutos y no controlada, con procesos legislativos que tardan varios meses o hasta años?

Concluyo, apreciable lector, porque creo que ya externé de sobremanera mi preocupación por lo que Claudio Magris definió como la "innovadora, conmovedora y amenazadora persecución entre la vida y la ley" frente a la entrada de lleno en la cotidianeidad de la IA.

Probablemente pronto lleguemos a esa fantasía distópica a la que tanto temo en la que no existan profesiones que no puedan realizar robots inteligentes. Tiempos en los que la IA incursione en el mundo de las artes o hasta de la política. Una era en la que el ser humano se devalúe como nunca antes en su historia y cuya función en la tierra sea accesoria a la de su producto, la Inteligencia Artificial. Un mundo "huxleyano", "blackmirroresco" reinado por Siri en el que firmemos nuestra propia autodestrucción a manos de Furbies y Tamagotchis vigías. No obstante, creo que si alguien puede ayudar a evitar que lleguemos a esa apocalíptica pesadilla noventera será, a pesar de los pesares, el antihéroe al que conocemos hoy en día como abogado.


[1] Entiéndase por IA a aquellas máquinas que imitan el comportamiento humano inteligente o de pensar.

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