Opinión

Infidelidad y extorsión en la era digital

No hemos dimensionado las consecuencias de regalar nuestros datos personales.

  • 04/09/2015
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En la era digital los términos y condiciones de los múltiples servicios de Internet se están volviendo una suerte de contrato social global que rige por igual a personas en democracias y autoritarismos. Los usuarios no los suscriben a conciencia. Cada que damos clic en el botón “Sí he leído y acepto”, lo hacemos en automático, evitando la revisión de cláusulas larguísimas, enredadas y desplegadas en letra chiquita. Si acaso nos aventuráramos a consultarlas, además de agotados, seguramente terminaríamos frustrados, pues están redactadas en un lenguaje tan complejo y encriptado que sólo son accesibles para los expertos en la materia.

 

No hemos dimensionado las consecuencias de regalar nuestros datos personales, en ocasiones los más íntimos, y de autorizar a las empresas a hacer uso de estos para propósitos comerciales. Tampoco hemos reparado en el poder que le estamos dando a los gobiernos para que utilicen nuestros datos invocando una justificación que no admite réplicas: Es para resguardar tú seguridad y la de tú familia ante amenazas criminales o terroristas. Igualmente grave es que los consultores estén desarrollando técnicas de microtargeting y Big Data para moldear la psique de los electores y predecir sus preferencias y comportamiento.

 

No es un secreto que prestadores de Internet y sitios como Google mantienen un registro detallado de absolutamente toda nuestra actividad en línea. De hecho es el componente central de su modelo de negocios. Cuando venden datos confidenciales a compañías publicitarias, éstas pueden personalizar sus mensajes y enfocarlos en función de los intereses, deseos (conscientes o inconscientes), asociaciones y palabras empleadas en la comunicación de cada uno de nosotros. Para muestra, mientras investigaba, escribía y enviaba por mail este artículo, me llegó publicidad de Ashley Madison, empresa de la cual hablaré más adelante.

 

Como el filósofo Byung –Chul Han enfatiza: “Hoy se registra cada clic que hacemos, cada palabra que introducimos en el buscador. Todo paso en la red es observado y registrado. Nuestra vida se reproduce totalmente en la red digital. Nuestro hábito digital proporciona una representación muy exacta de nuestra persona, de nuestra alma, quizá más precisa o completa que la imagen que nos hacemos de nosotros mismos”.

 

Conforme nos adentramos en la era digital se profundiza una paradoja: Los usuarios damos más información de la que recibimos por parte de los proveedores de servicios de información. Para decirlo en pocas palabras, los datos personales que antes se conseguían ardua y costosamente a través de espionaje y servicios de inteligencia, en la era selfie los regalamos e incluso exhibimos en nuestros muros de Facebook.

 

El narciso digital presume sus viajes, amistades, eventos sociales y lugares que frecuenta. En la red todos somos voyeristas, exhibicionistas y paparazzo a la vez. La intimidad claudica ante la exigencia compulsiva de publicar, compartir y competir por “likes”. La pared que separaba lo púbico de lo privado ha sido derribada y en su lugar se ha erigido una casa de cristal en la cual todos nos vigilamos mutuamente. 

 

En la nueva economía digital, consumismo, deseo y fantasía se entremezclan. El usuario que anhela experiencias y hacer realidad sus ensoñaciones diurnasencuentra en Internet la promesa de su satisfacción.

 

Desde su aislamiento, sin otra compañía que la de su computadora o smartphone, el individuo no renuncia a su impulso vital, instintivo de buscar al otro. Aplicaciones como Tinder explotan la fantasía de disponer de una oferta excesiva de otredad sin compromisos de por medio, es decir, relaciones y flirteos esporádicos y evanescentes a un clic de distancia. El tinderello cree poseer una libertad de elección sin límites en un mercado que oferta una multiplicidad de pretendientes. Cada quien puede seleccionar a su cada cual en función de su afinidad en gustos musicales, best sellers, series de televisión, biografías y fotos de perfil (alteradas las más de las veces con filtros de Instagram).

 

La promesa de esta nueva modalidad de primeras (y casi siempre últimas) citas es escapar de la soledad y gozar de una experiencia de consumo en la que se confunde a las personas con mercancías. Colocadas en un aparador digital, esperan a ser seleccionadas o desechadas por el cliente. Y como lo que se consume es perecedero, el tinderello pronto regresa a su soledad original, sólo para prepararse para el siguiente encuentro fugaz. Aunque a decir verdad, a algunas personas les ha ido muy bien en sus ligues cibernéticos y terminan en el altar juntos hasta que la muerte o una app los separe. Como a continuación se verá, la oferta de aventuras de otredad que ofrece Internet no acaba en la soltería.

 

No es de extrañarse que hayan proliferado con éxito sitios que promueven citas extramaritales. Soltero o casado, el individuo es bombardeado por publicidad que lo incita a vivir nuevas experiencias y a salir de su monotonía. Con más de 40 millones de usuarios en todo el mundo, Ashley Madison es el alcahuete por excelencia de los infieles en la era digital. En uno de sus promos vemos a un hombre y a una mujer que, hastiados por la rutina doméstica y la falta de sorpresas en la cotidianidad, se han vuelto zombis. Fatigados el uno del otro, fundida la chispa amorosa, están a punto de matarse, pero de pronto la zombi descubre este sitio de Internet que promete una evasión de su realidad. Súbitamente recobra su vitalidad humana. Aparece entonces en la pantalla el slogan: “La vida es corta. Ten una aventura”.

 

Para ingresar a esta red de infieles es requisito pagar cuotas. Por lo tanto, hay que dar los datos de la tarjeta de crédito, con lo cual el proveedor del servicio resguarda información comprometedora como nombre y dirección del suscriptor.Ahora bien, ¿cómo respondería tu pareja si descubre que te has apuntado a un servicio de citas extramaritales?

 

 

Unos hackers sacaron ventaja de la posición vulnerable de estos coscolinos. Lograron romper las medidas de seguridad y privacidad del sitio y obtener registro de sus encuentros furtivos. Acto seguido, a los infieles o aspirantes a serlo les enviaron un correo electrónico para extorsionarlos. Les dieron 7 días para depositar en moneda electrónica una suma equivalente a 225 dólares. De no obedecer, los balconearían: Enviarían toda la información de sus aventuras extramaritales a su pareja. El correo amenaza: “Piensa cómo esta noticia afectará a tu posición social y la de tu familia”. Fue así como Ashley Madison dejó de ser el paraíso cibernético de los infieles para convertirse en su purgatorio.

 

En apariencia, la noticia suena como un acto de justicia kármica: Quienes traicionaron la confianza de su pareja, fueron traicionados por la empresa a la que confiaron sus secretos más inconfesables. Sin embargo ha tenido graves consecuencias. Entre ellas, las autoridades de Toronto están investigando una posible relación entre el pirateo de datos y dos suicidios. Asimismo, en la Corte Suprema de Justicia de Ontario se presentó una demanda colectiva al portal canadiense por 600 millones de dólares por violación de la privacidad de los clientes. No es casualidad que estos conflictos hayan detonado en Canadá. Según datos citados por John Oliver, en Ottawa, la capital de este país, 190 mil personas son suscriptores. De confirmarse la cifra, implicaría que uno de cada cinco capitalinos y la mitad de los matrimonios de esa ciudad son usuarios de Ashleymadison.com.

 

Más que una anécdota aislada, este pirateo de datos  es un botón de muestra alarmante del uso indebido de los datos personales en el que empresas, hackers y gobierno incurren. Nos encontramos en una situación de indefensión en la cual desconocemos cuándo, cómo, dónde y para qué seutiliza nuestra información. Los regímenes legales vigentes son obsoletos para encarar este desafío queamenaza con borrar de nuestro vocabulario la palabra privacidad.

 

Así que la próxima vez que compartas tus datos personales, algunas confidencias o te enteres que el primo del amigo anda buscando un affaire para fugarse de la pesadumbre de su cotidianidad, recuerda que lo que pasa en Internet se queda en Internet… para siempre. No existe forma de borrar la huella digital. La de Internet es una memoria indeleble.

 

@EncinasN