Opinión

Infancia es destino

Es la infancia lo que nos determina para siempre, sin saber qué nos depara el porvenir. | Ulises Castellanos

  • 29/04/2021
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Todos fuimos niños. Graham Greene decía que “siempre hay un momento en la infancia cuando la puerta se abre y deja entrar al futuro”, y eso es precisamente lo que en ese periodo de la vida se construye. Es la infancia lo que nos determina para siempre, sin saber qué nos depara el porvenir.

El niño sonriente de esta imagen que ahora les presento, es un retrato que tomó el maestro Rogelio Cuéllar en los setentas, allá por la colonia del Valle en la Ciudad de México.

La infancia debe ser alegría y aprendizaje, sanos. El niño de esta imagen sonríe sin saber que en el futuro vivirá al menos tres vidas. Se casará varias veces y tendrá cuatro hijos. El niño que retrató Rogelio no sabe en ese instante, qué sería testigo del divorcio de sus padres, que vivirá en 17 departamentos o casas diferentes y que al final regresará al mismo barrio que lo vio crecer.

La inocencia que revela esa mirada, no alcanza a imaginar que en los siguientes años, terminando su carrera se enamorará al menos 10 veces y que conocerá más de 30 países; que será testigo del derrumbe del muro de Berlín o la caída de las torres gemelas. Ese niño todavía no sabe que conocerá en carne propia los estragos de la guerra y que tendrá que aprender a sobrevivir en las peores circunstancias.

El chiquillo de la foto en aquel parque de la Del Valle, no imagina aún lo increíble que será ver a su hijo entrar a la Universidad 45 años más adelante, o las lecciones maravillosas que estarán por darle sus otros hijos en el futuro. Ese niño incluso no imagina todo lo que le falta por aprender de la vida.

A esas alturas, nadie, a sus cinco años de edad, puede calcular el dolor que será perder a su madre en el futuro, cuando él mismo la tenga que llevar de emergencia al hospital para tratar de evitar lo inevitable. 

Ese niño aprenderá otros idiomas, conocerá la traición y la mezquindad de la que nadie se salva cuando conoce y confía en otros. Poco a poco, esa sonrisa se transformará en cautela y reservas. Aprenderá a distinguir la amistad sincera de las relaciones humanas por interés. Conocerá mucha, mucha gente en el futuro, pero se quedará con un puñado de amigos leales, inteligentes y divertidos.

Con el tiempo, le quedará claro que tuvo unos padres maravillosos y un hermano de primera.

A esas alturas lo que corresponde es soñar, imaginar, inventar, e idealizar, así es la infancia. Ya vendrán otros tiempos. Ese niño perderá su virginidad sexual a los 17 en esa misma colonia y se convertirá en padre a los 34 años. Conocerá la muralla China, el Taj Mahal, El Big Ben, y tirará su primer anillo de casado en el río Sena en París por ahí del 2006.

Esa mirada curiosa también vivirá momentos inolvidables, reirá mucho, conocerá historias y personas increíbles; lo acompañará la suerte y gente amorosa que nunca lo dejará caer, la familia siempre estará ahí y en el futuro se hará buen amigo incluso del fotógrafo que atrapó aquel instante.

La infancia es ese particular período, en el que uno tiene ganas de aquello a lo que no siempre se tiene acceso. Es ahí cuando se forja el carácter, se sueña y se inventa un futuro.

El niño de esta imagen, sobrevivirá a dos terremotos, al sida, a un par de accidentes viales, será atropellado una vez, se romperá los huesos, se caerá de la bicicleta; será asaltado en Marruecos, secuestrado en Chiapas, caminará por las calles de Sarajevo con una granada en el chaleco y será gravemente herido en la cara en Madrid. Le romperán las costillas en India y vivirá una semana en el Tíbet alejado de todos. Ese niño sobrevivirá a la pandemia de 2020 y nunca se rendirá, conocerá a fondo el significado de la resiliencia y jamás perderá el sentido del humor.

Este mismo niño publicará cinco libros, dará decenas de conferencias, será profesor en distintas universidades, aprenderá de sus amigos y colegas, y por supuesto cometerá mil pendejadas, pero al final, el saldo de su paso por la vida será intenso, pleno y divertido.

No hay duda. Los primeros cincuenta años de la infancia, serán siempre los más difíciles. Hoy les confieso, que ese niño de la foto, fui yo.

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