Opinión

Infancia, derechos digitales y futuro

Nos hace falta consolidar estrategias y acciones para proteger a la niñez, garantizar la protección de sus derechos y atender sus necesidades. | Julio César Bonilla

  • 09/04/2021
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En el año 1989 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Convención sobre los Derechos del Niño, cuyo artículo 3º, en su párrafo 1, de manera expresa señala que “... en todas las medidas concernientes a los niños que tomen las instituciones públicas o privadas de bienestar social, los tribunales, las autoridades administrativas o los órganos legislativos, una consideración primordial a que se atenderá será el interés superior del niño”. 

Hoy, el lenguaje creado, desarrollado y que ha dado lugar a la idea, al concepto y a la gradual materialidad consecuente en relación con la “igualdad de género”, nos obliga a hablar del interés superior del menor como una concepción ampliada que, en el fondo, busca garantizar, en la óptica de los derechos humanos y como última utopía de las sociedades modernas, las posibilidades de libre desarrollo de la infancia en un mundo que presenta nuevos retos en la forma de riesgos diversos a la seguridad, integridad y vida de nuestras niñas, niños y adolescentes en los ecosistemas físicos y digitales.

La problemática de la infancia va desde el abuso y la violencia en el seno familiar, hasta la violencia digital como expresión última de un ataque a los derechos de las personas que no anticipamos al acercar las redes digitales a los menores, toda vez que el internet en su conjunto jamás estuvo pensado y diseñado para ellos.

En tal sentido, es relevante que nos cuestionemos y seamos mucho más cautos en los accesos de nuestras hijas e hijos en el espacio digital, pues el cuidado de las niñas, niños y adolescentes debe comenzar en casa y desarrollarse como constante consciencia en la escuela. Hoy más que nunca en la historia reciente, la niñez se ha visto obligada a recurrir a la virtualidad para continuar con sus vidas y, como resultado de ello, pasan muchas horas al día frente a terminales que en el mejor de los casos funcionan en ambientes cerrados y seguros. Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas. 

La realidad es que en nuestro país, las estadísticas son devastadoras. Según datos recientes de Save the Children, en México, 7 de cada 10 niñas y niños son víctimas de algún tipo de violencia y ocupamos como país, el nada honroso primer lugar de entre los miembros de la OCDE en violencia y abuso sexual infantil; y, por si fuera poco, cada día mueren 3 infantes a causa de la violencia.

Sobra decir que no hay futuro posible ante tales hechos. No aquí pero tampoco, en lugar alguno. Sin una infancia estable y sana, no hay modo de construir la tan necesaria transformación de nuestra realidad nacional o la de cualquier otra sociedad. Asimismo, hay que reconocer que como sociedad e instituciones nos hace falta consolidar estrategias y acciones para proteger a la niñez, garantizar la protección de sus derechos y atender sus necesidades que no son las de hoy, sino las de una ciudadanía que habrá de convivir en una aldea global, mediatizada por necesidad y también por practicidad.

Hace falta que escuchemos a las niñas y a los niños, abandonando el adultocentrismo. Si no somos capaces de construir condiciones incluyentes, abiertas y plurales para el desarrollo infantil conforme a visiones progresivas e interdependientes en materia de derechos humanos, defraudaremos no solo a los que vienen, sino también a los que ya se fueron.

Sin duda, podríamos llevarnos todas y todos la más maravillosa de las sorpresas si les prestamos oídos y respondemos a las necesidades de nuestras niñas, niños y adolescentes.

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