Opinión

¿Indiferentes ante el dolor?

Las estadísticas cobran mayor sentido cuando se comprende el profundo dolor que produce la violencia del crimen organizado. | José Antonio Sosa Plata

  • 13/06/2019
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El homicidio de Norberto Ronquillo, quien fue secuestrado el pasado 4 de junio, es un nuevo llamado de atención a las autoridades para reducir la violencia que ha generado desde hace décadas el crimen organizado en todo el país.

La localización de su cuerpo no fue el desenlace de una historia que, sin duda, fue de terror. El dolor del cobarde asesinato dejará una huella permanente en su familia y sus seres queridos. Quienes hemos experimentado la violencia de los criminales lo sabemos… y lo comprendemos.

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El dolor de su familia no se mitigará con promesas de justicia. Tampoco la madre de Norberto se va a conformar porque “tiene, al menos, un cuerpo que llorar”. La impartición de justicia es lo menos que se puede esperar. El freno a la impunidad tendrá que ser, ya, una de las mayores prioridades del Estado.

De acuerdo con los datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, de enero a abril de este año se han registrado en el país más de 650 mil presuntos delitos, que dejaron un nuevo récord de 8,493 homicidios dolosos durante el primer trimestre.

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En la Ciudad de México tampoco ha mejorado mucho la situación. En 2018 sucedieron diariamente, en promedio, dos violaciones, una extorsión, tres homicidios dolosos y dos homicidios culposos. “Hasta marzo de 2019, en la capital sumaban 444 homicidios; en el primer trimestre de 2018 iban apenas 271 crímenes”.

La muerte de más de 280 niños bajo el concepto de homicidios dolosos, tan solo en el primer trimestre de este año; más los 760 feminicidios que se cometieron el año pasado (86 fueron niñas); más los 473 homicidios de personas LGBTTTI, son otros ejemplos trágicos de las dimensiones que está adquiriendo la violencia en nuestro país.

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Los datos son impresionantes. Sin embargo, las estadísticas dejaron de sorprender desde hace mucho tiempo. Cuando se presentan en los medios de comunicación parecen parte de una narrativa rutinaria, cotidiana, habitual. Pero todo cambia cuando historias como las de Norberto se insertan en la agenda de los medios y de las redes sociales.

¿Cómo olvidar a los 49 niños y niñas que murieron en la Guardería ABC de Sonora (más los 106 que resultaron heridos); a los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa; a la joven Mara Fernanda Castilla Miranda, quien fue asesinada presuntamente a manos de un conductor del servicio de transporte privado Cabify?

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La lista es interminable. Todos lo sabemos. Pero apenas nos enteramos, con cierto detalle, de unas cuantos casos. La mayoría se quedan atrapados en expedientes que no salen a la luz pública y que nunca tendrán solución porque la impunidad, la corrupción y la violencia terminaron por imponerse.

El clamor de justicia se hace todos los días, a todas horas, en casi todo el territorio nacional. Sin embargo, el mensaje no se oye fuerte ni llega necesariamente a quien debe llegar. Se queda atrapado en el vacío o en la indiferencia, como si se tratara de situaciones normales. Son los casos como el de Norberto los que nos cimbran como sociedad de vez en cuando.

La solidaridad, las promesas y los compromisos de las autoridades son necesarios, pero no suficientes. Está claro que las decisiones racionales que deben tomar no pueden verse afectadas por las emociones de las víctimas, mucho menos por las propias. Sin embargo, comprender el dolor qué hay detrás de cada historia aceleraría su efectividad en las investigaciones y en la captura de los responsables.

Tampoco hay duda que son estos casos —altamente sensibles para la sociedad— los que más afectan la imagen, confianza y popularidad de los líderes. Los políticos lo saben y muchos han mostrado la capacidad para hacerles frente. Por eso, ante la injusticia que se ve en las historias reales, trágicas o desgarradoras, la gente exige resultados.

¿Qué pasaría si conociéramos más de esos miles de historias que esconden las estadísticas? ¿Terminarían por convertirnos en seres insensibles, escépticos o apáticos como lo hacen las cifras, o nos impulsarían a lograr la transformación de fondo que le urge al país?

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