Opinión

Imágenes a hurtadillas

El fotógrafo Cartier Bresson en Bellas Artes.

  • 10/03/2015
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“Si no hay emoción, si no hay un shock, si no reaccionamos a la sensibilidad, no se debe tomar la foto. Es la foto la que nos toma…”.

 

“Una cosa que me conmueve y me apasiona es la mirada sobre la vida, una especie de perpetua interrogación y de respuesta inmediata. La fotografía como una cosa intuitiva que se pega a la realidad y que surge de la profundidad de uno mismo”, Henri Cartier-Bresson.

 

La época Surrealista

 

Cartier-Bresson el intimista, el cazador de segundos, el mirón furtivo, “el padre del fotoperiodismo”, expuso por primera vez en Bellas Artes en 1935, junto al fotógrafo mexicano Manuel Álvarez Bravo. Cartier Bresson y su mítica e inseparable cámara Leica, regresan  ochenta años después a los muros del palacio de mármol: “Henri Cartier-Bresson. La mirada del siglo XX”. “Los distintos Cartier-Bresson” (350 de sus obras: fotografías, pinturas, videos, dibujos), como escribe Clément Cheroux, curador de la muestra.  “El ojo del siglo”, como lo llamó su biógrafo Pierre Assouline. Una sensibilidad capaz de captar y eternizar a través de un rostro, un desaliño, un gesto, las devastadoras consecuencias de una guerra, y los más bellos y delicados momentos de lo que podríamos llamar: la dulzura de vivir.

 

Nació el 22 de agosto de 1908 en Chanteloup, Seine en Marne. Estudió secundaria en París en el Liceo Condorcet. En 1926 estudió pintura en el atelier del pintor cubista André Lothe, a quien consideró siempre como su entrañable maestro. La muestra comienza con una foto tomada a Henri en un campamento scout en 1922. Luego carta a su madre, con un dibujo de guía hecho por el niño: “el doctor quizá viene esta noche”.  Una pintura (1924) de la pequeña iglesia de Guermantes.  Para 1928 pinta a su casero y a su esposa en Cambridge, en donde estudió literatura y arte.  Pero lo suyo era –sobre todo- una cámara.

 

Casi al final de la exposición se exhibe un video de Cartier-Bresson paseando con su Leica. Camina, observa, camina. Es genial poder presenciar cómo trabajaba: se desplaza con el brazo extendido y su cámara colgando de la muñeca, encuentra la escena que lo llama… pasa despacito sin detenerse realmente. Click. Click. Nadie sabe, nadie supo. Alguien les “robó” ese instante para hacerlo eterno. “Images à la sauvette”, que podría traducirse como “Imágenes a hurtadillas”, se publicó en 1952  (con una portada de Henri Matisse) y es el libro que reúne los primeros 20 años del trabajo de Cartier-Bresson.  Retomo el título porque es eso lo que el video nos muestra: Un hombre que fotografía “a hurtadillas”.

 

Su cámara utilizada apenas unos segundos vuelve a colgar de su muñeca y él continúa caminando como si nada hubiera pasado.  “La fotografía no es nada, sólo la vida me interesa. La vida, ¿me entiendes?”  Y él “a hurtadillas” nos ofrece “la vida”. Con su carga –también- de crueldad, de dolor y de muerte.

 

España 1933. “El hombre y su vida tan corta, tan amenazada…” 

 

Cartier-Bresson conoció al escritor  René Crevel uno de los fundadores -junto a André Breton- del movimiento surrealista. Se apasionó por ese movimiento que reivindicaba los sueños, el inconsciente, el juego, el azar. La belleza del instante.  Admiró la obra de Eugène Atget, ex actor de teatro, ex pintor y luego fotógrafo de lo cotidiano: los viejos oficios que amenazan con extinguirse, las calles y fachadas que tienden a desaparecer. Escaparates, maniquíes.  Los surrealistas encontraban en el trabajo de Atget  esa conversión que les era tan cara: Atrapar la realidad y subvertirla hacia lo surreal.  Para 1927 Cartier-Bresson fotografía maniquíes, mercancías amontonadas, rótulos de viejas tiendas. A la manera de Atget se encanta con los escaparates y las fachadas.

 

En 1930 viaja a Costa de Marfil, Camerún, Togo, Sudán, reúne máscaras y fetiches (los surrealistas los coleccionaban). Viaja con su libro de poemas de Rimbaud bajo el brazo. “África me marcó hasta el fin de mis días”.  Su viaje iniciático. A su regreso decidió ser fotógrafo.  En 1932 compró su Leica y con su amigo el escritor André Pierre de Mandiargues y con la pintora argentina Leonor Fini (no dejen de “googlear” su obra, les va a gustar) viaja por España e Italia. Mandiargues dijo refiriéndose a su amigo: “Descubrimos lo que se convertiría en esencial: la pintura cubista, el arte negro, el surrealismo, Rimbaud, Lautréamont, James Joyce, la poesía de Blake, la filosofía de Hegel, Marx y el comunismo”. 

 

El surrealismo y lo maravilloso cotidiano

 

 

Nuestros ojos, con cámara o sin cámara. Nuestros ojos que  desde un segundo piso –atrapados en el tráfico espían las azoteas: Las plantitas, la señora que alimenta a sus pájaros, la niñita que salta a la cuerda. Nuestros ojos que nos regalan de golpe –apretujados en el metrobús- una fachada de la ciudad que no conocíamos. Una escena amorosa. Una escena oscura. Un gesto entrañable. Nuestros ojos que admiran ese momento en que nuestro hijo distraído extiende la mano hacia fuera de la ventana como para atrapar al viento.  Momentos que escapan. Estamos hechos de segundos, también. De escenas que guarda la memoria. Cartier-Bresson las capta, las revela, las imprime, sus escenas. El fotógrafo las/nos las revela.                            

 

“No dejaba nunca mi cámara, siempre en mi puño. Mi mirada barría la vida de manera perpetua. Era allí donde me sentía muy próximo a Proust cuando al fin de ‘A la búsqueda del tiempo perdido’, dice: la vida, la verdadera vida por fin reencontrada es la literatura… para mí era la fotografía”. Breton adhiere a la fascinación surrealista  por los objetos y los cuerpos empaquetados, deformados, cortados. Las personas que duermen, como alusión a la inclinación surrealista por los sueños. Los encuentros producto del azar (esos mismos tan entrañables para Cortázar, y que el escritor recrea como una constante mágica en el amor de Oliveira y la Maga en “Rayuela”).

 

En 1934 viaja a México con un equipo del museo de Etnografía de Trocadéro, y decide quedarse más tiempo. El país que fascinó a André Breton: “donde se abre el corazón del mundo”, escribió el escritor y poeta surrealista. Fue el mismo Breton quien se refirió a la pintura de Frida Kahlo como: “Un moño alrededor de una bomba”. En 1935 llega su exposición junto a Álvarez Bravo en Bellas Artes y luego en Nueva York. “La belleza será convulsiva”, proclamaban los surrealistas, y lo es sin duda en Cartier-Bresson, quizá sobre todo en esta época a la que el curador de la muestra describe cómo: “La más estética”.

 

Trabajadoras sexuales en La Merced 

 

 

“Soy visual… Observo, observo, observo. Es a través de los ojos que comprendo”, declaró en una entrevista para la revista Life.  No para de viajar: Arena, niños, una soga, anclas, mesas sin sillas en una plazoleta vacía. Los muros y las sombras que se dibujan en los muros. Los pequeñitos tan pobres y de pies descalzos en una calle de Livorno. Las vísceras de un animal expuestas en el matadero de la Villette. “El ser interior” decía Breton: “Forma tus ojos cerrándolos”. Para mirar mejor.  Cartier-Bresson toma imágenes de personas que duermen en Nueva York, en Barcelona, en Trieste. En Juchitán, mujeres que duermen ocultas bajo sus grandes rebozos.

 

A partir de 1935 Cartier-Bresson asume su compromiso comunista, contra la extrema derecha en Francia y en España. Viaja a España. “Primero tenemos a un Cartier surrealista en los comienzos de los años 30, luego un Cartier comprometido con los comunistas en la segunda mitad de los años 30 y al final, un gran fotorreportero que capturó el mundo… el primero, el surrealista, es el Cartier más interesante desde el punto de vista estético; el segundo, el comunista es el más interesante desde el punto de vista político y el tercero el reportero es interesante por la calidad documental de sus fotografías”, dice Cheroux, el curador de la  extraordinaria muestra.

 

En París, en 1936 comienza su trabajo para la prensa comunista. Fotografía de nuevo lo cotidiano: Las calles, la pobreza, los sin techo, los espacios públicos tomados por los juegos de los niños. Trabaja para el periódico Ce soir, que dirigía el poeta y escritor Louis Aragon. Ese año viajó a México y Nueva York y a su regreso conoció al cineasta Jean Renoir (hijo del pintor) y  trabajó con él en las películas: “La vie est à nous”, (“La vida es nuestra”). “Une partie de campagne”, “(Una partid en el campo”). “La règle du jeu”, (“La regla del juego”), reconocidas entre los grandes clásicos del cine francés.

 

En 1936, a la llegada del Front Populaire (la coalición de partidos de izquierda) al poder, con la presidencia de Léon Blum, las condiciones de los trabajadores se transformaron: La semana de cuarenta horas, salarios un poco más justos y uno de los grandes logros de la clase trabajadora: Las vacaciones pagadas. Antes de esa reformas a la ley, los trabajadores podían tomar vacaciones sin salario. Raras familias podían permitírselo. No las tomaban.  Cartier-Bresson recorre las áreas de recreos con su cámara. Las familias reunidas alrededor de una mesa. La pareja debajo de la modesta tienda de campaña improvisada. Las familias tumbadas en el pasto. La libertad.

  

De la serie de fotos de los trabajadores franceses en su –entonces- recién adquirido derecho al tiempo libre 

 

En 1937, Henri se casó con la bailarina javanesa Ratna Mohini. Realiza su documental acerca de la asistencia médica en España: “La victoria de la vida”, y un año después “España vivirá”, a solicitud del Seguro Popular Español. Participa en la segunda guerra en la unidad de películas y foto. Cae prisionero y logra escapar tres años después. Sus fotografías de la liberación y el regreso de los prisioneros de Alemania son magníficas. Por ejemplo: Tres fotografías de un departamento en la avenida Foch que fue un cuartel de la GESTAPO: la mesa desierta y junto a la chimenea una foto de Hitler. Un montón de objetos abandonados tomados a lo lejos, y en el centro de la escena una bota Nazi. La imagen de una serie de maletas colocadas junto a una puerta.  La huida.

 

Fotografía los campos de concentración, el momento en que los aliados liberan a los prisioneros, los rostros y cuerpos de los deportados, los procesos de desinfección de las personas que regresan. Mujeres, niños, ancianos hacen gestos mientras los soldados les aplican DDT en el cuerpo para evitar las epidemias. Fotografía un cuerpo que yace sobre una calle en Alemania. Serie de nueve fotos del momento en el que una mujer deportada reconoce –en una plaza- a su delatora.

 

El pequeñito ruso liberado de un campo de concentración. Dessau, Alemania 

 

A partir de 1944 comenzó a trabajar el retrato para las ediciones Braun. “Hacer un retrato es para mí la cosa más difícil. Es como un signo de interrogación colocado sobre alguien”, Cartier-Bresson. Las revistas solicitan más retratos: Faulkner, Kennedy, Monroe. La pareja de científicos Joliot-Curie. Henri Matisse, de quien dijo era su pintor preferido. La foto maravillosa de Sartre en el Pont des Arts,  Jean Gênet. Alberto Giacometti bajo la lluvia en la esquina de la rue d’Alésia (su taller estaba a media cuadra del lugar de la foto).

 

En 1947 conversa con su amigo el fotógrafo Robert Capa (¿recuerdan la historia de “La maleta mexicana” con los negativos de las fotos tomadas por Capa durante la guerra civil española? El documental está en Netflix) con quien planea la creación de una agencia de noticias: Magnum. Se unen en una cooperativa con William Vandivert y Georges Seymour. De 1948 a 1950 pasó tres años en Oriente.

 

Era budista, defendió la causa del pueblo tibetano. Siguió las enseñanzas del Dalai Lama. El 30 de enero de 1948 Gandhi lo recibe y él lo fotografía. Pocas horas después lo asesinaron. Henri toma la foto de Nehru anunciando la muerte del Mahatma. Fue el único periodista que estuvo allí para tomarla. Fotografió el tren que trasladó las cenizas de Gandhi abarrotado de personas que desearon acompañarlo. Los funerales. Sus fotos recorrieron el mundo. Después viajó aChina. Unión Soviética. Cuba. Como si cada vez hubiera logrado estar justo en donde debía estar. La sociedad de consumo. El mayo del 68 en París. Su reportaje “Vive la France” con escenas de la vida de decenas de francesas/es a las/los que fotografía en su vida cotidiana.

 

 París, 1968. Y uno de sus lemas: “Bajo los adoquines la playa” 

 

 

 Simone de Beauvoir en París 

 

Jean-Paul Sartre en el Pont des Arts

 

En 1966 se enamora de la fotógrafa Martine Franck, su segunda esposa. En 1970 se aleja de la agencia Magnum y del fotoperiodismo. Retoma el dibujo. Tuvieron una hija: Mélanie. “No hay nada en el mundo que no tenga un instante decisivo… el reconocimiento simultáneo, en una fracción de segundo, por una parte, del significado de un hecho, y por la otra, de la organización rigurosa de las formas percibidas visualmente que expresan ese hecho”. Al final de su vida y después de darle la vuelta varias veces al mundo, se concentra en el dibujo, sobre todo dibuja auto retratos.

 

“Es necesario colocar en la misma línea de mira: la cabeza, el corazón y el ojo…”.

 

Murió en Montjustin en el 2004.

 

A los 95 años.

 

El “ojo del siglo XX”.

 

El niñito precioso de la rue Mouffetard 

 

Para quienes no puedan asistir a la exposición:

Fotografías de Cartier-Bresson con fondo de Edith  Piaf cantando “Je ne regrette rien” y “La vie en rose”.

https://www.youtube.com/watch?v=2SHyDkNagzU

 

El documental  “Le retour”, (“El regreso”) al fin de la segunda guerra. Está en francés, pero no es necesario entender las palabras. Las imágenes son más que suficientes.

 

https://www.youtube.com/watch?v=30N6_i7TGh4

 

Las citas de Cartier-Bresson en el texto las tomé del “Dossier pedagogique” publicado por el Centre George Pompidou.

 

También de textos publicados por su biógrafo Pierre Assouline.

 

@Marteresapriego