Opinión

Ideas revolucionarias

La sofisticación de la muerte y la tortura. | Victoria Aupart*

  • 29/09/2019
  • Escuchar

El Perfume de Patrick Süskind relata la prodigiosa vida de un asesino que vivió en París durante el Antiguo Régimen. El protagonista, Jean Baptiste Grenouille, era un tipo raro, capaz de relacionarse con su entorno a través del efímero mundo de los olores y quien cometió crímenes horribles en nombre de su olfato. La madre del monstruo, una vendedora de pescados, habitaba aquel París hediondo e insalubre de 1738 y dio a luz a Jean Baptiste entre las vísceras de los animales que había sacado del Sena. Según el relato, el recién nacido rompió en llanto y delató a su progenitora que pensaba dejarlo morir como a sus demás hijos. Una turba enardecida capturó a la mujer y más tarde las autoridades la decapitaron en la Place de Grève.

El inicio de esta novela nos podría dar una idea general del día a día en una de las ciudades más populosas del Antiguo Régimen, salvo por un detalle: la decapitación estaba reservada para la nobleza. Arrancar la cabeza del sentenciado de un solo tajo requería cierta habilidad que no siempre estaba disponible para las clases populares. Tradicionalmente, un delito como el infanticidio hubiera desembocado en otro tipo de suplicio para los menesterosos, como la picota, el patíbulo, el látigo, la rueda, la hoguera, la horca, el desmembramiento u otra variedad de final violento.

Si bien Francia ha sido considerada un referente de vanguardia, entre los siglos XIII y XVIII los castigos corporales fueron bastante comunes en la Place de Gréve, hoy conocida como Place de l’Hôtel de Ville. Este espacio público actualmente alberga el Ayuntamiento de la ciudad y es considerado un símbolo de la libertad y la democracia, pero durante el Antiguo Régimen contempló todo tipo de tormentos y ejecuciones. En 1757 el martirio de Robert François Damiens dejó huella como uno de los eventos más terribles que acontecieron en aquel lugar.

Acusado del intento de regicidio de Luis XV, Damiens fue sentenciado a morir por desmembramiento. Sus restos serían quemados en la hoguera y esparcidos al viento. Para mala suerte del ejecutado, los cuatro caballos que tiraron de sus brazos y piernas no tuvieron la suficiente fuerza para descuartizar al criminal de inmediato. En total fueron seis las bestias que trataron de mutilar a Damiens sin éxito. El verdugo, Charles-Henri Sanson, tuvo que echar mano de un hacha para que los caballos pudieran arrancarle las extremidades. Después de horas de sufrimiento y aún con vida, el torso y la cabeza del acusado fueron sometidos al fuego que ardía en la plaza.

La muerte de Damiens reverbera un mensaje que hace eco entre la población: si cometes un delito serás castigado cruelmente. Que el tormento haya sido público cumple distintas funciones, como visibilizar el castigo y mantener a la población a raya, expiar las culpas del sentenciado y articular un espectáculo macabro.

Fue hasta la segunda mitad del siglo XVIII cuando filósofos y juristas se posicionaron abiertamente contra las formas coercitivas del rey para imponer orden. La Ilustración propició el debate sobre los castigos y dio pauta para considerar que la tortura era un acto adverso a la sensibilidad humana y contrario a los principios que apelan a la razón. En 1764 Cesare Beccaria redactó un Tratado de Delitos y Penas, que proponía una jerarquía punitiva de acuerdo al delito y se oponía a la tortura y a la pena capital. Beccaria consideraba que la tortura y la ejecución constituían un nuevo crimen, lo cual resultaba paradójico al tratar de querer ejercer alguna clase de justicia.

A finales del siglo XVIII la Revolución trajo consigo un método de ejecución instantáneo e “indoloro”: la Guillotina. Este artefacto, responsable de la muerte de entre 10,000 y 40,000 personas, fue el que supuso la “democratización” y la “sistematización” de las ejecuciones. Ricos y pobres, nobles y plebeyos morían por igual bajo el filo de la cuchilla que pendía sobre Francia. Los reyes, Luis XVI y su esposa María Antonieta, fueron ejecutados por el verdugo que martirizó a Robert François Damiens, pero bajo las condiciones de este procedimiento moderno. También los representantes de la época del Terror, Robespierre y Danton, perdieron la cabeza ante la hoja de esta máquina. La Guillotina sistematizó la muerte y supuso la supresión del sufrimiento que se perpetuaba a partir de la tortura, al menos en el ámbito público.

Simbólicamente, la Cuchilla Nacional representaba una muerte instantánea, libre de dolor, más justa, más equitativa, más apegada a los principios de corte Ilustrado que hacían eco en los discursos revolucionarios. No obstante, la tortura no fue erradicada, sino que se sumergió en los terrenos de lo privado.

La escandalosa muerte de Luis XVII y sus omisiones en distintos documentos dejan entrever el cambio de mentalidad en la época y al mismo tiempo, los convencionalismos y simbología del Régimen Absolutista, que recaían sobre los hombros de un niño de siete años. En discursos regalistas, el hijo de Luis XVI y María Antonieta sufrió las peores penurias a manos de su carcelero, un zapatero alcohólico, miembro de la Asamblea Nacional.

En cualquier caso, la muerte de Luis XVII a la edad de 10 años contrasta con aquellos ideales libres de sufrimiento. Se revierten los papeles. La decapitación no llega a este miembro de la aristocracia derrocada, en su lugar, un padecimiento prolongado parece haberse extendido hasta el día de su muerte. Pero en lo privado. Alguien podría resultar afectado en su sensibilidad.

* Victoria Aupart es maestra en Historia Internacional por el CIDE. Ha colaborado con Clío, Bully Magnets y otras empresas culturales. Imparte el taller de apreciación cinematográfica “Cine e Historia” y subcoordina el programa de Licenciatura en Historia del Instituto Mora.