Opinión

Hasta que los derechos se hagan costumbre

La tragedia negada de los feminicidios en México es la prueba más brutal de nuestra capacidad desesperada de ocultar la realidad | María Teresa Priego

  • 02/01/2018
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Buscamos a contrapelo, la dulzura de vivir. Esa suavidad cotidiana que se nos niega. Porque la violencia, porque la corrupción, porque la desigualdad. Porque vamos hacia un año de elecciones, es decir: un año de promesas volátiles. Discursos plagados de mentiras. Cada uno de ellos no sueña sino con “servir a México”, eso nos dicen.  Lo importante no es “el poder”, sino reconstruir el país, nos dicen. No creemos nada. Basta con ir a un supermercado por una alacena que incluya solo lo indispensable, para no creerles nada. Basta con enterarnos de los últimos miles de millones que desaparecieron en alguna isla exótica de paraísos fiscales.

A esos infames saqueos se les llama: “desvíos”. ¿Qué tal el eufemismo? Hay hospitales donde no hay camas, ni agua oxigenada, ni curitas. Escuelas sin bancas. Pero los “salvadores de la nación” ya estrenaron una casita con pisos de mármol. Qué bonito.

Pero no los “difamen”, ellos trabajan y ahorran. Ahorran muchísimo. Allá vamos a pagar nuestros impuestos para que puedan seguir ahorrando. Vamos a pagar y nos preguntamos cada vez si al cumplir nuestras “obligaciones  fiscales” estamos cumpliendo con nuestro deber ciudadano de participar en la construcción de una escuela rural, o si estamos pagando los enseres de cocina de alguna “casita” en Punta Diamante.

El salario mínimo sí alcanza

       

Eso nos dicen. Esa burla inmensa. Cada día. Esos sueños imposibles para la mayoría de los mexicanos: acceder a servicios de salud de calidad, a una educación de calidad; a un trabajo y un salario dignos; a un techo propio algún día; a una pensión que permita vivir, cuando llegue el momento.  Acceder a caminar en calles seguras. A no temblar cuando se acerca una patrulla de policía, porque no hay manera de saber si se halla una a punto de una eficaz interlocución con un servidor público, o al borde de una extorsión por parte de una banda de mafiosos. Es inimaginable esa cotidianidad a la que las/los mexicanas/os nos hemos acostumbrado.

Una tiembla cada vez que escucha: “el pueblo de México”. Esa especie de abstracción que termina no significando nada en un país tan vasto, tan diverso. Un país en donde la calidad de vida sigue en caída libre, al parecer, sin límite de tiempo.

Oh, sí, cada sexenio estamos al borde de “los amaneceres que cantan”, pero las personas de la realidad hacen colas eternas para tomar un pesero que conduce hasta el siguiente pesero y es posible que en el camino haya un asalto a mano armada,  y entonces decimos: “¡Pero qué suerte, sigo vivo!”.  “¡Qué suerte que sólo saquearon tu casa!”. “¡Qué suerte que fue sólo un secuestro!”.

Del meme a los actos

Impotencia. Furia. Indignación. Recurrimos a nuestro tan celebrado humor negro.  Denunciamos en redes. Una noche nos enteramos del penúltimo saqueo y al día siguiente ya circulan decenas de memes. El presidente se deslizó en su última metida de pata y nos inundamos de comentarios peyorativos y videos jocosos.

Nos reímos de la muerte y nos reímos a carcajadas de quienes nos gobiernan. Pero una vez vivida la más reciente catarsis, la realidad se impone: ese personaje tan caricaturizado, tan arrastrado en el ridículo, tan denunciado en su ineficacia y su corrupción, sigue siendo el presidente.

Pareciera que nuestro “humor” no es sino el pivote de la olla exprés, dado que cumple la misma función: evitar el estallido. Al final de cuentas ni siquiera las denuncias más serias mueven la realidad de un milímetro. Es un hecho que quienes gobiernan desearían, además, ser respetados, populares, admirados. Bueno, en una de esas, hasta amados. Es parte de la parafernalia del narcisismo duro que ha caracterizado a nuestras clases políticas. Pero, ¿qué tan grave puede ser un tanto o un mucho de escarnio si a cambio casi todo permanece en su sitio? 

¿Y qué tal hacer pasar una ley para las denuncias muy serias y documentadas en la que una/o pueda darse por difamada/o aún cuando las acusaciones sean verdaderas?  Si los niveles de impunidad ya eran un colmo, ¿qué creen mexicanas/os? Ellos todavía van por más. Mientras se los permitamos. Porque lo que aún no hemos logrado es transitar de la indignación individual (que se dispara hacia todos lados y se disuelve) hacia una indignación colectiva organizada y rotunda. Del meme a los actos. Desconfiamos de las acciones colectivas. Relativizamos lo que nos sucede. Relativizar (que es una manera de intentar negar) pareciera una de nuestras especialidades.

La tragedia negada

Los feminicidios en México es la prueba más brutal de nuestra capacidad desesperada de ocultar la realidad. Siete niñas, adolescentes y mujeres son asesinadas cada día. Seguimos sin volcarnos a las calles para exigir justicia. “Exageran”, “Ella se lo buscó”, “Seguro no son tantas”. “No es un problema de México, es un problema mundial, en todos lados pasa”.  “Justo ayer leí que hubo un feminicidio en Australia”. “Acá estamos muy bien, para desastres, Siria”.  Y mientras eludimos, justificamos, nos mentimos: nuestra calidad de vida, esa a la que tenemos derecho, continúa deslizándose en la (¿imparable?) rampa enjabonada con unos niveles aterradores de criminalidad.

Nos deseo un 2018 de denuncia y activismo. Un año rico en ese: “A cada quien su granito de arena” que construye sociedades habitables. Amables. Porque existen las sociedades amables.  Seguras. Conscientes de sus obligaciones y de sus derechos. Las construyen las/los ciudadanas/os. Porque no podemos seguir así: tan “acostumbrados” al espanto. Tan “ningún cambio es posible”. Viviéndonos tan impotentes y atados de manos. Nos deseo un año de fuerza, de batallas razonadas y justas. Un año de indignados coherentes y solidarios. Hasta que el bienestar, hasta que la justicia, hasta que el no a toda forma de violencia y de discriminación, hasta que la dignidad, se hagan costumbre

Lo que no hemos aprendido es a organizarnos.

@Marteresapriego | @OpinionLSR | @lasillarota