Opinión

Hasta el gorro de los mercaderes

Y de los síntomas sociales que representan y sostienen. Primera parte.

  • 19/05/2015
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Discriminar: (Del lat. discriminare).

 

1. Seleccionar excluyendo.

 

2. Dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etcétera. Diccionario de la Real Academia Española.

 

Es un hecho que “el cuerpo habla”. “Habla”, por ejemplo, cuando somatizamos. Es también un hecho que cada ser humano mantiene una relación específica y diferenciada con su cuerpo y que en este sentido, transformarlo a través de las técnicas que ahora existen es el derecho incuestionable de cada una/o. Hace algún tiempo leí un ensayo muy interesante: El lugar de los piercings y los tatuajes como intento de reapropiación del cuerpo en el caso de algunos jóvenes sobrevivientes de abuso psicológico y/o sexual. Cito el ejemplo anterior, porque me parece importante respetar las razones y sinrazones –tan íntimamente suyas- por las cuales una persona elegiría “reinventar” su cuerpo. Escribirlo “a su manera”.

           

Imposible –al mismo tiempo- no cuestionar esa dolorosa presión que las sociedades ejercen –unas más que otras- para exigir a los cuerpos juventudes eternas, sobre todo en el caso de las mujeres. Para exigirnos - en países construidos en el mestizaje- que correspondamos a características físicas que con frecuencia no son las nuestras. Esas exigencias que desde la publicidad se convierten en una manera embozada de acoso: Es imprescindible ser joven (o desencuadernarse por parecerlo), blanca/o, delgada/o, alta/o, atlética/o. Con facciones lo más “occidentales” posibles.  Tan blancas/os a como se pueda y con los ojos tan claros a como nos sea posible.

           

En el caso de las mujeres sumemos los senos grandes, la curva pronunciada debajo de la espalda, los labios carnosos. Para toda transformación ya existe alguna operación, intervención, inyeccioncita, crema. Rubieidades Clairol. Pupilentes de colores. No importa si arruinamos nuestra economía monetaria y libidinal: De lo que se trata -según los mercaderes- es de someternos a sus imperativos de belleza. No a los nuestros, que por supuesto que existen. Jamás me pelearía con el tan humano deseo de gustar, ¿quién no quiere gustar en donde elige gustar? No descalifico un segundo la importancia de trabajar nuestras bellezas exteriores e interiores. Las que sí nos pertenecen a cada una/o. Las que sí son nuestras. Las que construimos en la realidad.

           

Pero muy otra cosa es la vendimia y sus constantes imposiciones de ideales del Yo, que contribuyen –desde la infancia y golpean duro en la adolescencia- a crear y/o ahondar el conflicto entre una persona y su cuerpo. La distancia entre el cuerpo del ideal (los estereotipos impuestos) y nuestros cuerpos de la realidad. La desgarradura. Esa sensación esquizoide que a una le puede provocar encender las televisoras comerciales e irse de bruces porque el mestizaje sobre-representado, es aquel lo más cercano posible al fenotipo europeo. Esa sensación esquizoide cuando una escucha: “Es morenita, pero bonita”. Y ese –aparentemente minúsculo- pero se convierte en una especie de traición de la realidad, de traición histórica.

           

Como en mi casa seguimos sin tele, esta extravagante ficción de la güereidad discriminatoria  –como dicen los publicistas “aspiracional”- me golpea cada vez que encuentro una tele encendida. Caigo en estado de indignación hipnotizada: Tan habilidosas/os las/los maestras/os de la vendimia. Primero labran de manera insistente y meticulosa el conflicto, luego nos ofrecen un “producto milagro” para resolver el conflicto que ellos nos crearon. Primero llaman a las adolescentes a ser flaquititas y a matarse de hambre, y luego nos ofrecen una mesa de análisis  (preocupadísimos): “Los peligros de la anorexia”.

             

Primero nos dicen que no tenemos derecho a pasar de los treinta años, y luego nos invitan a la mesa: “Sí hay vida después de los cuarenta”. Algo así. ¡Gracias! Para los murales esos ojotes oscuros y pelones pintados por Diego Rivera. Para los murales aquellos rasgos que nos recuerden que nosotras/os mexicanas/os tenemos en términos culturales y genéticos, una historia. Nuestra historia.  ¿Qué ser humano, qué cultura es capaz de construir en tierra firme malbaratando su historia? En este contexto, las/los mercaderes nos arrojan al más cotidiano de los conflictos en México: el pleito por aquello que Hortensia Moreno llama: “El colorímetro de los mexicanos”.

           

En este contexto –la negación de la realidad, el llamado a rechazar lo que somos en nuestra vastísima diversidad- encontré en La Silla Rota el texto de Agustín Velasco: “Photoshop, el mejor amigo de los candidatos”. El texto nos muestra fotos de 10 candidatas/os: La realidad, y su foto del cartel publicitario. ¿Cómo les diré? Más de lo mismo. Como si me tropezara en la arena política con los ideales del Yo que crea/recrea Televisa. Ustedes me dirán: “Pero si son lo mismo”. A lo que sólo puedo responder: Porque se lo permitimos.  

           

¿Hasta cuándo? Mientras se lo permitamos. Agustín cita al politólogo José Fernández Santillán: “En cada proceso electoral los políticos se venden como un producto, es por ello que no resulta raro encontrarse con modificaciones de imagen que los convierten en otras personas”. Y mi pregunta sería: ¿Es lo mismo el manejo de una candidatura que un comercial de pasta de dientes? ¿No es para desmayarse de la indignación y del susto?

           

¿Si ellos – los candidatos a puestos de elección popular- son un “producto”, nosotros a qué quedamos reducidos? No a ciudadanas/os, ciertamente, sino a tristes e infinitamente pacientes consumidores de productos.  Ironías de la vida, les pagamos con nuestros impuestos a quienes acceden a los puestos de elección popular. Nosotras/os pagamos para que nos vendan su “producto”.  Los consumimos para que nos sigan consumiendo. Nos consumen.

           

Próxima semana, segunda parte:  LOS CANDIDATOS Y LA REINVENCIÓN DISCRIMINATORIA DE LOS CUERPOS.

 

@Marteresapriego