Opinión

Hasta de la edecán nos privaron

El discurso de López Obrador no es para hacerse entender, sino para ser adorado | Luis Farías Mackey

  • 27/04/2018
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El ADN de López Obrador es de plantones, movilizaciones, caravanas, mítines, toma de pozos petroleros y Reforma. Su espacio es la plaza pública; su lenguaje la arenga; su papel el de pontificador; su mejor montaje el de perdonavidas; su momento estelar la adoración. Su discurso no es para hacerse entender, sino para ser adorado.

Por eso no entiende de dar razones, de explicar, de discutir, de convencer. Él dicta la verdad desde el Olimpo y no es esta para discutirse.

Ese es su mundo y su adicción, el propio de campaña política; de templete, de proclama, de aplauso.

Su tarea no es persuadir cuanto levantar el aplauso fácil, contagioso, acrítico. Y en los últimos cinco años ha hecho campaña política en solitario, sin nadie enfrente.

Debatir, por el contrario, es controversia, contienda, lucha, combate. Por ello se pasmó cuando, frente a las cámaras, el pontificador adorado de las masas se vio reducido a contestar a sus ¡pares! Por eso no pudo más que balbucear lugares comunes y guiones de televisión frente a cuestionamientos puntuales; por eso sacó por escudo argumentativo encuestas que lo sitúan arriba, sin percatarse que no era lugar ni momento para presumir candidatura, cuanto de acreditarla.

Andrés Manuel requiere el aplauso fácil y ciego tanto como el oxígeno, la aclamación es para él lo que la nicotina al fumador; pero ante la replica se eriza, de cara a la polémica se traba, al ataque lo percibe inaudito, injusto y perversamente manipulado por la mafia del poder. Tres campañas sin aprender que su incapacidad polémica es su criptonita.

Lo que vimos el domingo pasado fue a un enano de tapanco acusando ante las cámaras que le echan montón; un boxeador que se sorprende y reclama al primer golpe; al campeón que se baja del ring, cansado y cabizbajo, antes de que suene la última campana.

Resetear las campañas

Meade, todo lo contrario...


Por el contrario se aprecia a un Meade convencido que la Presidencia le pertenece por merecimiento propio, experiencia y capacidad. Y puede que así lo sea, pero no se le nota interés de convencernos de ello, hambre de pelear por ella, emoción por el viaje, ni entusiasmo por la meta.

Su campaña es la de quien cubre un requisito procedimental, un mero trámite y podríamos decir hasta con cierto enfado. No hay en su talante goce por la campaña, tampoco enjundia por persuadir a su favor; si López Obrador no hace nada por convencernos porque para él su pensamiento es infalible, Meade tampoco, porque está cierto que porta los mejores conocimientos, instrumentos y experiencia, y eso basta, como por escalafón, para que le entreguemos la Presidencia.

Las deudas del debate

¿Y los demás?


Ahora sabemos por qué Margarita fue considerada una buena Primera dama: porque no abrió la boca en seis años.

Jaime Rodríguez sigue haciendo escarnio de las candidaturas independientes.  

Finalmente Anaya hace gala de sus aptitudes discursivas y controversistas, pero algo hay en él que niega la bondad de su empaque, lo estructurado de su mensaje y lo prístino de su parecer.

Para colmo hasta de la edecán nos privaron.

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