Opinión

¿Has podido llorar?

A veces es tan indispensable hacernos bolita. Abrazarnos. Dejarnos ir a nuestras emociones sin juzgarnos demasiado, sin culparnos. Los abrazo

  • 03/10/2017
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Un par de jóvenes graban el bamboleo intenso de un edificio. De golpe, el edificio se derrumba. Escuchamos sus voces atónitas, hace unos segundos allí estaba una construcción de varios pisos. Ahora (desde la perspectiva de su cámara) está el espacio vacío. Esas primeras horas en las que quienes tuvimos la fortuna de no sufrir daños, nos vamos enterando de los hechos. La tragedia. El pánico. La dificultad de comunicarse. El tráfico detenido. Una compañera de los seminarios me narra las cuatro horas que tardó en llegar a su casa sin poder comunicarse, al llegar a su edificio le dijeron que la señora que cuida a su bebé de tres meses y la bebé estaban refugiadas en el Parque México. A salvo. 

Cada persona. Cada familia. Cada historia. Un amigo me cuenta cómo en su calle, pasado el sismo, los obreros que trabajaban en una construcción aledaña se precipitaron con sus herramientas para ofrecer auxilio. Alguien escribe un mensajito afectuoso en una lata de atún. En una botellita de agua. El ruido de los helicópteros y las ambulancias. Esa calidad distinta que de pronto se inscribe en cada ruido. Casi todo se vuelve estentóreo. El dolor es un estallido. Bañarse, tender la cama, cocinar, los gestos más simples toman una apariencia ajena. Como si se redefinieran. Como si tomarse el tiempo de realizar las actividades más “normales” nos despertara una sensación de riesgo, de pérdida inminente. La pérdida está allí omnipresente en la realidad que nos rodea.

Las familias se encuentran, caminan hacia los albergues. Cantidad de preguntas angustiantes flotaban en el espacio vacío: ¿Hay personas con vida entre los escombros? ¿Entrará la maquinaria pesada? ¿Cómo se accede a los derechos previstos por el Fondo de Desastres Naturales? ¿Es posible subir a rescatar lo más indispensable? ¿Por qué estaba habitado un edificio cuya peligrosidad ya había sido señalada? Desde el primer día las historias de generosidad y de esperanza. Desde el primer día las denuncias de la irresponsabilidad mortífera en las construcciones. Y la corrupción.

A lo largo de los días escucho una pregunta que se repite. Está allí entre las personas que tuvimos la fortuna de no sufrir daños mayores:

¿Has podido llorar?

Casi todas respondemos que no. Nos sabemos anegadas/os por dentro y sin embargo, una sensación de vergüenza, de pudor nos impide llorar. Una sensación de culpa. ¿Cómo podría llorar si he sido afortunada? ¿Cómo llorar cuando la desgracia ha golpeado familias con tanta brutalidad? ¿Cómo, si hoy habrá un guiso caliente en mi mesa y dormiré bajo mi techo? ¿Cómo ser tan egoísta, tan ciega? Y sin embargo, lo necesitamos.

Ese desahogo, ese intentar ordenarse por dentro. Un poco. Si tender la cama se convierte en un gesto tan inquietante, es porque sabemos que demasiadas personas hoy, están privadas de la posibilidad de hacerlo. Porque sabemos que hay personas que ya nunca más lo van a hacer. Colocamos una cobija más en nuestra cama, ha hecho frío. ¿Cómo cubrirnos sin pensar en quienes están descubiertos? Hay un vínculo interior oculto que nos une con las miles de personas afectadas, como si mantuviéramos con ellas una conversación secreta y constante.

Nuestro cepillo de dientes. La pasta. La taza de café. ¿Has podido llorar? La solidaridad es indispensable y lo individual y lo colectivo se entrelazan. Y sin embargo, hay un punto que es muy complejo: ¿cómo se separa (en donde es necesario) lo individual de lo colectivo en momentos de crisis? Mi vecina me cuenta que hace dos semanas inició un tratamiento por un problema de piel, pero que el simple hecho de untarse una crema medicinal le provoca mucha angustia, como si realizara un acto de un profundo egoísmo. Se los cuento, porque estoy segura que casi todas/os compartimos esas emociones, vivenciadas en circunstancias distintas.

¿Cómo servirnos un plato de cereal y no pensar en los niños del Rébsamen? Nos invaden los sonidos, las imágenes. A esa hora en que vaciamos la leche en el plato, a esa hora quizá algunos de ellos desayunaban su cereal. La herida está abierta y los duelos son largos. Pero, también, reiniciar la cotidianidad puede provocarnos la sensación de que a ellas/os, las víctimas de la tragedia, los estamos abandonando.

La perrita Frida se convirtió en un ícono (gracias a su entrenador), no sólo por lo fundamental de su trabajo de rescate, sino porque nos permitía abrir una ventanita a eso que en general representan los perros: una caricia, un paseo. Lealtad. Protección. Amor incondicional. El hogar. Frida representaba la esperanza de vidas salvadas y la promesa de la calma por venir, en algún momento, cuando pase el tiempo. Hace tres o cuatro días, tímidamente, algunas personas comenzaron a subir en Facebook canciones, sugerencias de libros, invitaciones a una conferencia, fotografías de flores, paisajes. Casi todas pidiendo disculpas por hacerlo. Era necesario comenzar. Era necesario abrir esas ventanitas, esos pivotes que nos permiten dejan salir el dolor, el miedo, la tensión y comenzar a respirar hondo.

Tenemos que respirar hondo para pensar lo que sigue, para decidir a qué propuestas de  proyectos de reconstrucción podemos y deseamos sumarnos. Para entender bien, en caso de un próximo sismo, ¿nos conviene bajar o no? Según el piso que habitamos. ¿Qué exactamente debe contener la mochila? ¿Cuál es el muro más resistente en nuestra oficina o casa, si no podemos bajar? Prever que ningún mueble caiga y nos impida el acceso a la salida. ¿Hemos realizado simulacros de evacuación en nuestros edificios? Vivimos en zona sísmica, ya lo sabemos y, sin embargo, podría decir que el descenso del sábado en el que sonó la alarma sísmica (no se sintió el temblor), en mi edificio fue un desorden. Casi nadie respetaba algo tan elemental como la regla de bajar por la derecha y dejar libre el área de la izquierda para quienes bajan más rápido. Hay quien llevaba no una mochila, sino una maleta. Tenemos que aprender. La negación no es la mejor herramienta ante la posibilidad de una emergencia.

La portada de Proceso con la imagen de la joven brigadista con el puño en alto, es magnífica. Una imagen de fuerza, de esperanza, de compromiso. Su casco, su chaleco, su tapabocas. Su cuerpo tan delgado, y sin embargo… Desde la imagen su actitud nos habla con la voz de los miles de jóvenes brigadistas que tomaron las calles. ¿Hacia dónde mira? Hacia el futuro. Hacia allá miramos con ella. Erradicar el miedo a la noche. El miedo a la irrupción del daño y del estruendo. A veces es tan indispensable hacernos bolita. Abrazarnos. Dejarnos ir a nuestras emociones sin juzgarnos demasiado, sin culparnos. Los abrazo.

¿Has podido llorar?

@Marteresapriego | @OpinionLSR | @lasillarota