Opinión

Hacia una economía de doble moral

Segunda parte. | Leonardo Martínez Flores

  • 02/01/2020
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Con esta segunda parte de la columna dedicada al libro recién publicado por López Obrador, cierro el ciclo del 2019 y comienzo el de este nuevo 2020. La entrega anterior se orientó más al contenido económico del libro, por lo que aprovecharé esta para abordar algunos otros de los temas incluidos en el mismo.

De entrada, vale la pena recordar que el objetivo principal del autor es claramente convencer de que el único y gran culpable de la acumulación de los muy graves males económicos del país es el “modelo neoliberal”, también llamado en el libro neoporfirista, y que a su entender “…consiste en esencia en fincar la prosperidad de pocos en el sufrimiento de muchos”.

Como parte de la argumentación que utiliza para alcanzar su propósito incluye lo que él mismo llama la “cronología de la ignominia”, que no es sino una larga lista comentada de algunas de las reformas realizadas a partir de 1989 y sobre las que va resaltando los puntos que, desde su visión de lo que debe ser el rol del Estado, son los más negativos.

En este apartado se mantiene este enfoque en el que el autor utiliza sólo los aspectos criticables o negativos de lo que aborda, ignorando cuando las hay, otras observaciones que pudieran resaltar aspectos positivos pero que no le sirven para denostar el objetivo en turno. Como mencioné en la primera parte, con esta actitud y este método, López Obrador no honra el título de su libro.

Entre las reformas mencionadas están por supuesto las que permitieron la venta de las empresas paraestatales y la “entrega de bancos que eran propiedad de la nación”, sin hacer ninguna mención o valoración sobre el proceso de expropiación bancaria. Fustiga también las reformas que empezaron a desarticular los altamente ineficientes monopolios estatales del petróleo y la electricidad, mencionando por ejemplo que “aprobaron la reforma energética para 'entregar' el 20% del potencial petrolero del país a empresas particulares y extranjeras”.

Para recalcar el desprecio que siempre le tuvo a la reforma educativa, afirma por ejemplo, que ésta “…dejó al mercado, como si fuera una mercancía, la educación media y superior” y que con “…la mal llamada reforma educativa que tenía como consigna someter al magisterio y avanzar en la privatización de la enseñanza… se implantó la mentira de que los jóvenes no podían ingresar porque no aprobaban el examen de admisión, cuando en realidad no había cupo para ellos en los planteles públicos por falta de presupuesto”.

La restricción de espacio en este tipo de columna no permite abundar sobre el trasfondo de estos argumentos, pero lo que va quedando completamente claro es que la visión que acaricia López Obrador es la del Estado que mantiene y ejerce el control absoluto en todos los ámbitos y esferas de la vida nacional. La justificación, como se explica más adelante, está evidentemente relacionada con la noción que él tiene de lo moral en lo público y en lo privado.

Esa visión se manifiesta por igual cuando habla de las reformas del 2013 en el sector de la radiodifusión y las telecomunicaciones, afirmando con toda falsedad que éstas debilitaron los derechos de las audiencias y desconocieron a las radios comunitarias indígenas, pues en los hechos sucedió exactamente lo contrario. Lo que sí sucedió es que en una nueva reforma de 2017 efectivamente hubo una regresión en los derechos de las audiencias, pero porque se le quitaron facultades al Instituto Federal de Telecomunicaciones para supervisar el respeto de los derechos de las audiencias, y para beneplácito de López Obrador, se regresó al esquema anterior en el que la Secretaría de Gobernación regula todos los contenidos, tutela que se ha ejercido históricamente para censurar y controlar a los medios desde el poder ejecutivo.

Este tema de los medios lo vuelve a sacar en la sección que llama democracia participativa, cuando miente de manera burda al decir dice que ahora “…la relación con los medios de comunicación siempre tendrá como distintivo la más completa libertad y el derecho a disentir.” No hace falta enumerar la larga lista de ocasiones en las que ha fustigado y estigmatizado a los medios y a los comunicadores que se han atrevido a disentir de él, o que han ventilado las mentiras o los datos falsos con los que este gobierno ha intentado justificar muchas de sus acciones y sus actos.

En el libro se afirma que nunca más habrá casos como los de Gutiérrez Vivó o Carmen Aristegui, cuando en la vida real y durante su primer año de gobierno ha habido numerosos despidos y reacomodos de voces críticas en diferentes medios de comunicación y Aristegui ha caído para siempre en el descrédito por haberse convertido en una de las comunicadoras orgánicas del régimen.

Las ironías siguen brotando en cada una de las secciones del libro. Por ejemplo, como cuando menciona que “…durante el periodo neoliberal, las leyes se aprobaron por consigna y a modo…” evadiendo por completo que ahora se hace exactamente lo mismo, pero con el agravante de que Morena tiene mucho más poder que los partidos mayoritarios de periodos anteriores.

En fin, los argumentos que denotan una manipulación amoral de las circunstancias y los hechos siguen y siguen a lo largo del libro, como cuando menciona que “…se acabará la vergonzosa costumbre de fraudes electorales” (recuérdese la Ley Bonilla) y cuando vuelve a poner en el cadalso a la era neoliberal en la que “…la utilización facciosa de las instituciones creó una nueva oligarquía excluyente, una pequeña élite que manejó el país a su antojo, sin atender las necesidades nacionales”. ¡Oh!, ironía químicamente pura.

Aunque nunca da una definición clara de lo que quisiera entender por “economía moral”, en el libro explica que “…el paradigma que estamos construyendo se basa en la convicción de que es más poderosa la empatía que el odio, más eficiente la colaboración que la competencia, más constructiva la libertad que la prohibición y más fructífera la confianza que la desconfianza”.  Pero si se contrasta cada una de esas cuatro afirmaciones con lo que realmente ha hecho durante su primer año de gobierno, en todos los casos surgen inequívocamente todas las contradicciones.

En lo que a la economía se refiere, uno de los principios en los que basa su paradigma es particularmente pernicioso. La idea de que es más eficiente la colaboración que la competencia se ha materializado en la destrucción de las reformas que pretendían alentar la competencia en los mercados energéticos, y en la dilución y sometimiento de los órganos autónomos que tienen el mandato constitucional de velar por la competencia económica en todos los mercados. En su visión de Estado, colaboración no significa otra cosa que eliminar la competencia y subyugar todas las decisiones económicas a los valores que determinan su estilo personal de gobernar.

Otro de los principios, vital para un buen desempeño económico, es que es más fructífera la confianza que la desconfianza. En eso estamos completamente de acuerdo, el problema es que en la práctica se ha hecho todo lo posible por eliminar la confianza tomando decisiones que han ido cimentando el retroceso del país. La lista es muy larga, pero quedémonos con las imposiciones de la eliminación del aeropuerto, la construcción de la nueva refinería y la eliminación masiva de licitaciones públicas para regresar al esquema de las asignaciones directas en las compras públicas.

Como lo he repetido también en otras ocasiones, el espectro de las economías de mercado es tan amplio como las diferencias observadas en los resultados que genera. Las reglas que rigen y vigilan su funcionamiento se las pone cada sociedad y por eso el catálogo es amplio y variado: están desde las economías de cuates, corruptas y monopolizadas, con una pésima distribución de la riqueza como las de México, Brasil y Rusia, hasta las economías de mercado con enfoque social que logran reducir las desigualdades y ofrecer una alta calidad de vida, como las de los países nórdicos. Lo que para muchos resulta sorprendente es que al centro de todas está el mismo mecanismo vilipendiado hasta el cansancio por tirios y troyanos: esa institución que llamamos mercado.

Hay que recordar que la economía de mercado es un mecanismo que puede ser muy eficiente para organizar las actividades productivas de una sociedad, pero no viene calibrada de fábrica para distribuir eficazmente la riqueza y reducir las desigualdades sociales. Cada sociedad la calibra haciendo uso de su herencia cultural y de los valores predominantes, de ahí que el mismo mecanismo genere por igual economías monopólicas que competidas, más justas e igualitarias o abiertamente injustas y desiguales, más o menos depredadoras de los recursos naturales y razonable o desmesuradamente contaminantes. En este contexto, el afán de culpar al “neoliberalismo” de nuestras carencias históricas se evidencia como un recurso demagógico, electorero y mercadotécnico.

En el caso mexicano la economía está padeciendo la imposición de reglas que provienen de la cosmogonía de López Obrador, inequívocamente religiosa y particularmente cristiana. Recordemos que en varias ocasiones él se ha declarado profundamente religioso y seguidor de “Jesús Cristo”, porque éste no sólo defendía a los pobres, sino que murió por ellos. Mención aparte, no le cuesta ningún trabajo compararse no sólo con Juárez, sino con el mismo Jesucristo.

Como lo mencioné en algún momento del año que termina, el pensamiento mágico del presidente actual se enmarca en el actuar de las iglesias pentecostales y evangélicas en las que se privilegia el simplismo y la ausencia de autocrítica, y se desprecia a la ciencia y al pensamiento analítico y complejo. La violación de la ley no es un tema que le preocupe, pues como han expresado públicamente sus adalides, buscan la verdad “...que es en sí misma revolucionaria y cristiana”. Paradójica o cínicamente, igualmente predican “...que la mentira es reaccionaria y que es cosa del demonio”.

El problema en el fondo es que, desde siempre, el cristianismo institucionalizado ha despreciado a la tolerancia. Predica una única visión del universo y, por tanto, toda visión distinta debe ser naturalmente rechazada. Cuando esto, promovido ahora por las iglesias evangélicas, se funde con la responsabilidad de gobierno surge alguna de las versiones del Estado hegemónico y autoritario, que en nuestro caso particular empeora porque se mantienen los principios y la arquitectura de la economía de cuates. Sí, el panorama es sombrío.

En suma, la “economía moral” no es otra cosa que un sistema en el que el Estado usa como justificación “el bien del pueblo” para imponer unilateralmente las reglas que: refuerzan y amplían la intervención del Estado en la economía, inhiben la competencia en todos los mercados y desmantelan muchos de los sistemas y redes de provisión de bienes y servicios públicos para poder realizar transferencias monetarias directamente a una parte de la población.

Paradójicamente, estos experimentos ya se han probado aquí y en otros países y los resultados no han disminuido la pobreza, sino que han incrementado la concentración de la riqueza; los datos reales y verificables, así lo demuestran.