Opinión

Hacia una economía de doble moral (Primera parte)

En el libro de López Obrador recién publicado queda en el aire la pregunta de a qué se le llama “economía moral”. | Leonardo Martínez

  • 19/12/2019
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Aprovecharé mis últimas dos entregas del año que termina para hacer algunos comentarios sobre el libro recién publicado por López Obrador, el cual aparentemente no generó las olas que muchos esperaban.

Para empezar, vale la pena ponerlo en contexto diciendo que no es por supuesto un texto académico, sino una narrativa de divulgación basada en las muy peculiares percepciones que el autor y sus escribanos tienen sobre la historia económica de México, las relaciones de corrupción entre los poderes político y económico, lo que entienden por democracia participativa, su concepción de la política de seguridad y su firme intención de convertirnos en una “república amorosa y fraterna”.

Empiezo en esta primera entrega con algunas observaciones sobre las secciones que hablan de economía, con la idea de incluir en la segunda entrega algunos comentarios sobre los otros temas.

El libro es básicamente un compendio de ideas prefabricadas con las que se pretende explicar las razones del mal desempeño económico de México, desde el porfiriato hasta la actualidad. El objetivo principal es claramente convencer de que el único y gran culpable de los males económicos actuales es el “modelo neoliberal”, también llamado en el libro neoporfirista, en el que se explica que “…consiste en esencia en fincar la prosperidad de pocos en el sufrimiento de muchos”.

Más allá de los beneficios de la duda que se le podrían otorgar a un texto que pretende demostrar algo con argumentos serios, el uso deliberado de juicios condenatorios de valor como el que subyace en la frase anterior le quita toda seriedad a la argumentación utilizada. No tengo, por supuesto, ninguna intención de defender al “modelo neoliberal”, pero una cosa es evaluar sus resultados y otra muy distinta es afirmar que uno de sus propósitos haya estado fincado en el sufrimiento de muchos.

Uno de los aspectos que más se le critica en el libro al neoliberalismo es la privatización de empresas públicas, proceso ciertamente cuestionable por el método seguido en muchos de los casos, pero la crítica se engorda con otras políticas que no caracterizaron a la aplicación del modelo, como cuando se dice que: “…los neoliberales sostenían con algo parecido al fanatismo que se debía cobrar menos impuestos a las corporaciones y más a los consumidores”. Esto último sí ha sido propuesto muchas veces en Estados Unidos, pero en México nunca ha sido un mantra de política pública.

El libro funciona bien como propaganda porque resume muchos de los malos resultados que innegablemente ha tenido la economía mexicana a lo largo de muchas décadas, pero ese tipo de crítica es común a una gran cantidad de libros de “economía” publicados en México, en los que si algo los une es la falta de rigor analítico, el uso superficial y desaseado de conceptos teóricos y la utilización a modo y deshonesta de los datos con los que ejemplifican los malos resultados.

López Obrador no honra el título de su libro. Entre otras razones porque hay veces en las que los datos que usa son únicamente los que convienen a su propósito, ignorando aquellos que son ciertos pero que no le sirven para apuntalar los objetivos que persigue.

Un ejemplo claro del manejo cuestionable de los datos es el que hace cuando habla del coeficiente de Gini, que es una medida de la concentración de los ingresos en una economía, que toma valores entre cero y uno, y que es frecuentemente utilizado para hablar de la desigualdad en la distribución de la riqueza. Así, mientras más se acerca al valor de uno, mayor es la concentración de la riqueza.

El autor reproduce una gráfica del coeficiente de Gini para México que le sirve para demostrar que la concentración de la riqueza pasó, con datos de la OCDE, de un valor de 0.45 en1984, a 0.52 en1994, al final del sexenio de su villano favorito, Carlos Salinas.

Hasta aquí el argumento va bien pues efectivamente y según esos datos el coeficiente empeoró con Salinas, pero la manipulación surge cuando dice que “… la desigualdad ahora es mayor a la que existía a principios de 1982 y acaso superior a la de épocas anteriores, pero no se cuenta con registros precisos”. Bueno, la argumentación es inválida porque, primero, usa la gráfica para sustentar su afirmación sobre la concentración que supuestamente tenemos ahora, pero en la gráfica aparecen datos hasta 2012, es decir, ésta termina con datos de hace 9 años. Y segundo, cuando sugiere que la desigualdad de ahora podría ser mayor a la de épocas anteriores pero que no se cuenta con registros precisos, lo que sucede es que él y sus escribanos omiten información existente que indica exactamente lo contrario.

Fue precisamente su primer secretario de hacienda, Carlos Urzúa, quien se encargó de comentar este punto en un artículo que sacó hace unas semanas y en el que rescata los cálculos de Ifigenia Martínez, una economista respetada por el mismo López Obrador y hoy senadora de la república por Morena, que indican que el coeficiente de Gini rondaba el 0.45 en 1958 al inicio del llamado desarrollo estabilizador, y que subió a un altísimo 0.56 en 1975, en la cúspide del nacionalismo económico de Echeverría que tanto admira y emula López Obrador.

Esto nos pinta un cuadro que evidentemente no ayuda a los propósitos propagandísticos del libro, pues aparentemente la peor concentración de la riqueza del México moderno no se dio durante el vilipendiado periodo neoliberal, sino durante el nacionalismo económico echeverrista sobre el que se sustentan una buena parte de los principios que ha estado aplicando el gobierno actual.

Un análisis que recurre a este tipo de triquiñuelas no puede ser serio y denota, no un punto de vista moral, sino más bien una doble moral.

Otro dato que curiosamente no se menciona en el libro a pesar de que ha formado reiteradamente parte de las afirmaciones y promesas de López Obrador desde hace varios años, son las tasas de crecimiento económico que supuestamente íbamos a alcanzar desde su primer año de gobierno, gracias a la aplicación de los principios y políticas de lo que ahora llama “economía moral”. En efecto, muchas veces repitió que, de acuerdo a sus estimaciones, se alcanzaría una tasa de crecimiento promedio de 4% desde el primer año y del 6% al final del sexenio. Sin embargo, ahora se sabe que el crecimiento esperado para este 2019 es de cero por ciento.

La falta de autocrítica sobre los malos resultados del principio de sexenio contrasta con la crítica implacable a los malos resultados en administraciones anteriores, a pesar de que los resultados del primer año de los sexenios anteriores han sido mucho mejores que los del primer año de la autollamada cuarta transformación.

En lo que se refiere a los datos que dan cuenta de la amplitud de la pobreza y el subdesarrollo del país, el libro los enumera con esmero y con todo detalle, por ejemplo, abunda en datos como que 4 millones de personas habitan en casas con pisos de tierra, 8 millones ocupan construcciones que carecen de drenaje y de servicios sanitarios y casi 9 millones no tienen acceso al agua potable. El punto no es que las cifras del Coneval no sean creíbles, sino que siendo el propósito del libro denostar al “modelo neoliberal” y al no aclarar que las cifras mencionadas son acumulados históricos imputables a varias administraciones anteriores, el lector no especialista o el ferviente admirador del autor en turno se quedan fácilmente con la idea de que esos son los resultados del modelo insistentemente criticado. Como propaganda, el efecto es sin duda muy eficaz.

Queda en el aire la pregunta de a qué se le llama “economía moral”, cuando la argumentación desarrollada a lo largo del libro parece, con frecuencia, acogerse mejor a una doble moral.

Continuará.