Opinión

¿Hacia un gobierno sin contrapesos?

Es indispensable que se entienda que los límites y contrapesos son necesarios. | Agustín Castilla

  • 04/07/2019
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A lo largo de la historia, sobran ejemplos de lo que sucede cuando se concentra el poder y no existen contrapesos que le pongan límites a su ejercicio, busquen racionalizar la toma de decisiones e impulsen la transparencia y rendición de cuentas, pues está demostrado que el poder no se auto contiene y por tanto no se debe apostar por las virtudes personales, las buenas intenciones y muchos menos por la infalibilidad del gobernante.

Los resultados de las elecciones del pasado 1 de julio le dieron al presidente López Obrador una gran legitimidad y también un amplio margen de maniobra al obtener la mayoría en ambas cámaras del congreso federal -incluso en la Cámara de Diputados puede alcanzar la mayoría calificada que le permite la aprobación de reformas constitucionales así como nombramientos clave gracias a la sobre representación, la “migración” de legisladores al grupo parlamentario de Morena y su alianza con otros partidos-, así como el control en 20 congresos locales además de 5 gubernaturas a las que se sumaron este año Puebla y Baja California.

El mapa político de nuestro país se modificó radicalmente en unos pocos meses y aunado a ello, los partidos de oposición muestran una gran debilidad no sólo por su menguada fuerza electoral y la significativa disminución en el número de espacios que ahora ocupan -aunque esto es relativo pues todavía están al frente de 25 gobiernos locales y de la mayoría de los municipios-, sino por la limitada capacidad que han exhibido para colocar temas en el debate público, contrastar posiciones, proponer alternativas y convertirse en la voz de los inconformes con las decisiones gubernamentales.

Cuando menos en este momento, no se percibe que en el corto plazo puedan recomponerse y recuperar la credibilidad que les permita desempeñar con eficacia el papel tan necesario que les corresponde en el contexto actual, y todo indica que no estamos lejos de regresar a los tiempos del sistema de partido hegemónico.

Es cierto que aún contamos con los contrapesos institucionales que representan el Poder Judicial -con quien ha tenido momentos de mucha tensión y se le han mandado algunas advertencias desde el Senado- y los órganos autónomos como la CNDH, el INE y el INAI, y también con los contrapesos informales que surgen desde la sociedad civil organizada y medios de comunicación a través de los cuales se puede ejercer un control ante el abuso del poder público. Sin embargo, es claro que al presidente no sólo le incomoda cualquier posición que no se ajuste a su visión, sino que incluso considera todo aquello que se pudiera convertir en un contrapeso, como un obstáculo para cumplir con su proyecto de nación, por lo que ha optado por la descalificación constante y en algunas ocasiones ha recurrido a la confrontación.

Pero lo más preocupante son las señales que advierten una embestida para seguir debilitando política y presupuestalmente a los organismos constitucionales autónomos, o de plano ir por su desmantelamiento y/o captura -como ya ocurrió con los órganos reguladores-. Las iniciativas presentadas por legisladores de Morena para una nueva reforma electoral -que involucra el control de la estructura del INE así como del padrón electoral-, así como los ataques a la CNDH con motivo de la recomendación que emitió sobre la cancelación del programa de estancias infantiles, y la próxima designación de su presidente por parte del Senado no auguran un buen escenario. Es indispensable que se entienda que los límites y contrapesos son necesarios, y que su función -e intención- no es oponerse al gobierno -como al parecer han llegado a interpretar erróneamente-, sino que por el contrario, pueden ayudar a evitar tropiezos innecesarios y por tanto a fortalecerlo.