Opinión

¿Hacia dónde va Mancera?

Roberto Rock L.

  • 02/10/2017
  • Escuchar

Existe una cruel analogía entre el proceso de un derrumbe como el experimentado por cientos de hogares y edificios a causa del sismo del día 19 y lo que ocurre con la causa de Miguel Ángel Mancera en su camino hacia una candidatura presidencial.

El proyecto del Jefe de Gobierno de la Ciudad de México exhibe fisuras desde hace años, que nadie atendió oportunamente. Su equipo cerró los ojos frente a las señales que debieron haber causado alerta a alguien más sensato y responsable. Y todos cruzaron los dedos esperando que la suerte que ha acompañado al señor Mancera los llevara a buen puerto. Ahora parece imposible que sea así.  

El capital político que construyó el mandatario capitalino, expresado en la elección de 2012 con una votación histórica a su favor (por encima del 60% de los sufragios), le dio desde el primer momento la calidad de presidenciable y puso al alcance de su mano la posibilidad de convocar a un amplio espectro político, incluido un ingrediente ciudadano, que configurara un polo electoral imposible de frenar. 

El personaje que surgía de tal escenario parecía imbatible incluso hacia el interior de las múltiples izquierdas mexicanas, que se habían reunido en las dos elecciones previas (2006 y 2012) en torno a Andrés Manuel López Obrador

Lo que ocurrió en los siguientes años podría ser un estudio de caso para especialistas de la ciencia política sobre cómo derruir una base de apoyo, equivalente a un hombre que todas las noches al volver a casa golpeara con un pesado marro los cimientos de su hogar ante la mirada aterrada de su familia y luego fuera a dormir con placidez.

En descargo del señor Mancera, habría que decir que esta incesante demolición había comenzado antes de su llegada al cargo. Si bien su triunfo arrollador lo debió en cierta medida a un amplio margen de popularidad de su antecesor, Marcelo Ebrard, también es cierto que la población lucía cada vez más desconcertada por los cacicazgos y la ineficacia acusaba ya la gestión de gobiernos emanados del PRD, iniciados en 1997 y que mostraban un creciente desgaste. Asimismo, la historia de la Línea 12 del Metro exhibía por todos lados indicios de corrupción. 

Con Mancera debió llegar la hora de los ajustes en diversos frentes, pero ratificando el contraste ideológico que habían sostenido sus antecesores ante el gobierno federal, fuera del PRI o del PAN. Sin embargo, él decidió caminar en sentido contrario.   

Esta podría ser la fábula del hombre que minaba por las noches los cimientos de su casa y durante el día convidaba a comer a las termitas. Mancera corrió a los brazos de la administración Peña Nieto, a la que no costó ningún trabajo seducir a un personaje con escaso bagaje político y que, en cambio, tiene un claro apetito por las liviandades de la vida.   

Con Mancera el proceso de declive del PRD no solo se mantuvo sino que se agudizó. La mayor parte de las delegaciones capitalinas en manos del PRD cuentan con una facción que se ha apropiado de ellas; un solo grupo que se eterniza en el cargo, sea en Álvaro Obregón, en Venustiano Carranza, Coyoacán o Gustavo A. Madero, por mencionar a las más importantes, al frente de la cuales se han ido sucediendo los mismos políticos o sus parientes y empleados, cada vez de menor nivel.

El ejercicio de la política en la ciudad se prostituyó aún más cuando Mancera decidió abdicar un alto porcentaje de su poder en favor de un rudimentario ex priísta, el señor Héctor Serrano, secretario de Gobierno, cuyo fracaso en las elecciones de 2015 tras la emergencia de Morena de López Obrador, lo degradó a secretario de Movilidad, pero no minó ni un ápice su ascendencia sobre su jefe, su control sobre los temas públicos en la capital del país y su activismo para generar negocios, no pocos presuntamente ilegales.

Siempre con la anuencia de Mancera, Serrano castró al PRD de la ciudad, creó para sí la esperpéntica corriente “Vanguardia Progresista” y sometió a sus líderes mediante amenazas o dinero, fórmula que aplicó en múltiples instancias, lo que incluye otros partidos políticos y no pocos medios de comunicación.

A la llegada de los tiempos electorales, el señor Mancera anunció durante su informe de gobierno que pediría licencia al Congreso local para ausentarse e ir en busca de la candidatura presidencial dentro de un frente electoral. 

No son muchas las fichas que Mancera puede exhibir en una negociación dentro del Frente Ciudadano, que integran PRD, PAN y Movimiento Ciudadano. Las encuestas le otorgan entre 6 y 8 puntos de intención del voto. La perspectiva hoy parece imaginarlo sumándose a un dirigente panista o un candidato externo, quizá un empresario. A cambio, el Frente acataría la voluntad de Mancera en la designación de su candidato para el gobierno de la Ciudad de México, donde si las votaciones fueran hoy arrasaría Morena.

El impacto del terremoto del día 19 no hará sino complicar las cosas para el señor Mancera y su equipo. El Jefe de Gobierno, alérgico al contacto con multitudes, no pudo conectar con la población afectada, ni con los voluntarios que buscan ayudar y han tenido un papel protagónico ante la sociedad. La ciudad ha visto a su gobernante acompañando al presidente Peña Nieto, dando conferencias de prensa y portando un impoluto chaleco de tareas.

Ese es el hombre que cualquiera de estas mañanas nos confirmará que dejará su puesto para intentar salvar al país en las elecciones del próximo año. 

Es muy probable que la ciudad no lo vaya a  echar de menos.

robertorock@hotmail.com | @OpinionLSR


Para La Silla Rota es importante la participación de sus lectores a través de  comentarios sobre nuestros textos periodísticos, sean de opinión o informativos. Su participación, fundada, argumentada, con respeto y tolerancia hacia las ideas de otros, contribuye a enriquecer nuestros contenidos y a fortalecer el debate en torno a los asuntos de carácter público. Sin embargo, buscaremos bloquear los comentarios que contengan insultos y ataques personales, opiniones xenófobas, racistas, homófobas o discriminatorias. El objetivo es convivir en una discusión que puede ser fuerte, pero distanciarnos de la toxicidad.