Opinión

Hacer visible la violencia contra las mujeres

Por Cécile Lachenal, investigadora de Fundar México.

  • 08/12/2016
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Cada año, en todo el mundo, el 25 de noviembre se celebra el día internacional para eliminar la violencia que se ejerce sobre las mujeres y reclamar políticas públicas en todos los países para su erradicación. Esta conmemoración se estableció en el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe celebrado en Bogotá en 1981, en honor a las hermanas Mirabal, asesinadas en 1960 por el régimen del dictador Trujillo en la República Dominicana. 18 años después, en 1999, la Asamblea General de Naciones Unidas asumió esta jornada de reivindicación y convocó a los gobiernos, organizaciones internacionales y organizaciones de la sociedad civil a promover actividades dirigidas a sensibilizar a la opinión pública sobre la problemática de la violencia contra las mujeres.


36 años después de la convocatoria lanzada por el movimiento feminista latinoamericano y 17 años después de que la ONU asumiera esta iniciativa como suya y la impulsara en el mundo entero, ¿es necesario seguir hablando de la violencia contra las mujeres? Tantos años después, no será que haya desaparecido esta problemática? O disminuido de manera significativa para ser ya tratado como un problema secundario.

Si están ya sensibilizados con el tema, sabrán qué es la respuesta. Pero si no, y si se preguntan por qué hablar de la violencia contra las mujeres como una problemática distinta de la violencia contra los hombres, permítanme presentarles un par de datos:


En el mundo, 1 de cada 3 mujeres sufre violencia física o sexual a manos de su pareja íntima (OMS, 2013). Esta cifra no habla de los actos de violencia cometidos por desconocidos en calles sombrías, plazas públicas o caminos aislados. No. Es violencia cometida por el marido, el compañero, la pareja sentimental de una mujer. Es decir en el espacio íntimo, privado de una mujer. Y ¿pasa lo mismo con los hombres? No negamos que exista violencia contra los hombres. Existe la violencia contra los hombres en el ámbito doméstico, ejercida por parte de su pareja. Las mujeres no somos santas ni pretendemos serlo (que por cierto esto es una categoría creada por el patriarcado, al igual que la de madre, puta o loca, como bien lo mostró Marcela Lagarde, 1990) y no podemos negar que podemos ejercer violencia. Entonces, se preguntarán, desde una perspectiva de política pública, cuál es el “tamaño” del problema para ver cómo se prioriza dentro de la agenda pública y cómo se diferencia de la violencia contra los hombres. Cierta teoría liberal hablará de irnos por los daños que provocan estas violencias, y la que más daño provoca, más atención pública recibirá. Para ello, habría que recurrir a cifras. Pero es bien sabido que existen sub-registros de las denuncias hechas por las mujeres de la violencia que sufren, y los estudios sobre la violencia contra los hombres afirman lo mismo. A pesar de ello, ¿qué nos dicen las cifras oficiales? En México, 47% de las mujeres de más de 15 años declaran haber sufrido algún tipo de violencia por parte de su pareja (ENDIREH, 2013). Y según datos del Centro de Atención a la Violencia Intrafamiliar en la Ciudad de México, en 2006, 14% de las víctimas de violencia familiar eran hombres (citado por Garibay Ostos, 2016). La brecha es enorme.


Si nos interesamos en el cómo se ejerce la violencia contra mujeres y hombres, encontramos otra diferencia. Alrededor del 30% de los asesinatos de mujeres ocurren en el espacio privado, y las mujeres son asesinadas por lo general por arma de fuego, golpes y violación, ahorcamiento, estrangulación y ahogamiento así como por ataques con instrumento o arma punzocortante. En comparación existe una sobre mortalidad masculina por arma de fuego.


Estos son sólo un par de elementos para mostrar que la problemática de la violencia contra las mujeres es distinta de la violencia contra los hombres, por lo que no hay razón válida para desestimar esta perspectiva que se enfoca específicamente a la violencia contra las mujeres. Insistir en desestimar y minimizar la problemática de la violencia contra las mujeres argumentando que también existe violencia contra los hombres es obstinarse en ir en contra de las realidades, en negar las especificidades de las violencias contra las mujeres, y mantener obstáculos para que esta violencia particular no reciba la atención particular que merece para poder pretender erradicarla. ¿Por qué negar o rehusar a prestar atención a lo que le pasa a la mitad de la población? Porque lo que no me afecta no existe. La lucha para visibilizar las condiciones y las situaciones particulares en las que vivimos las mujeres, las opresiones y formas de violencia particulares que vivimos incluso de manera distinta entre nosotras en función de nuestra raza/etnia, clase social, religión, discapacidad, es precisamente la lucha que abrazan los distintos feminismos, visibilizando el sujeto/la sujeta, frente a los análisis que pretenden la neutralidad y la objetividad y terminan en la negación de problemáticas porque no las pueden ver.