Opinión

Guerra y rumores de guerra

Por razones financieras, de política interna y geopolítica, EU no parece tener ya la capacidad de tener presencia en todas partes al mismo tiempo. | Jorge Iván Garduño

  • 18/01/2020
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A mediados de diciembre del 2019, el secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, advirtió una vez más que cualquier ataque de Irán contra personal estadounidense, acarrearía una “respuesta decisiva”. Este tipo de declaraciones buscaba comunicar que, a pesar de los titubeos que ha mostrado el presidente norteamericano Donald Trump para involucrarse en una de “esas guerras lejanas” que tanto critica, sí había una línea roja.

Esa línea fue cruzada justamente el 27 de diciembre cuando una de las milicias chiítas iraquíes, armadas, entrenadas y financiadas por Irán, lanzó al menos 30 misiles contra una base militar que alojaba personal de Washington. Un contratista estadounidense de nombre Nawres Waleed Hamid, de 33 años, perdió la vida, y varios soldados de ese país fueron heridos, en la base militar K1 cerca de Kirkuk, en Irak, donde Hamid trabajaba de intérprete para el Comando de Seguridad e Inteligencia del Ejército estadounidense. Washington acusó a la milicia Kateeb Hezbolá, facción paramilitar apoyada por Irán.

EU respondió con fuerza mediante una serie de ataques que terminaron con la vida de más de 25 miembros de esa milicia chiíta. Como parte de la escalada del conflicto, cientos de iraquíes miembros de o afines a esas milicias, protagonizaron protestas irrumpiendo en el complejo que aloja a la embajada de EU en Bagdad y Washington tuvo que evacuar a su embajador. El cerco a la embajada estadounidense fue dispersado, pero solo unas horas después Washington lanzó un ataque que terminó con la vida de quien probablemente era el segundo hombre más poderoso en Irán, el General Qasem Soleimani. Y en ese punto, quien cruzó la línea iraní fue el gobierno norteamericano.

Este conflicto seguirá, aún no ha terminado, pero sí fueron 12 días, partiendo desde el 27 de diciembre, de mucha tensión entre Irán y Estados Unidos. Se logró, aparentemente, evitar un escalamiento de las hostilidades al nivel de un conflicto armado de proporciones mundiales, algo muy significativo. Los misiles balísticos que Irán lanzó no tenían solo el objetivo de mostrar su capacidad y precisión, sino que fueron destinados a dañar infraestructura militar específica que utiliza EU en esas bases. Esto pudo haber sido considerado por La Casa Blanca como un acto que merecía una nueva respuesta. Pero al parecer, las tropas norteamericanas fueron alertadas con tiempo y no se produjeron bajas estadounidenses, lo que, al final, facilitó la decisión de Washington de no responder.

Hay otro asunto de interés relacionado con los posibles impactos que estos eventos están teniendo en cuanto al papel que Estados Unidos juega en esa y otras regiones del mundo, y su capacidad de influir en actores y eventos.

Pensemos primero en lo más inmediato. Trump se lleva una importante victoria política. No solamente porque liquida a un elemento tan estratégico como lo era Soleimani, con todo lo que ello puede implicar en la disrupción de las actividades que Irán llevaba en toda su zona de influencia, sino porque: (a) puede venderla a su audiencia interna como un gran “golpe al terrorismo” (según encuesta 2019 del Chicago Council, 60% de estadounidenses aprueba acciones en el extranjero en contra del terrorismo); (b) no involucra a EU en una intervención militar mayor, de esas de las que tanto ha criticado y que implicaría un incremento de tropas en la zona (según esa misma encuesta solo 27% de estadounidenses considera que esas intervenciones hacen a su país más seguro y solo 4 de cada 10 aprueba el incremento de tropas para esas operaciones); y (c) le permite poner sobre la mesa el potencial retiro de tropas de Irak, cosa que aplaude su base electoral.

En otras palabras, pareció haber una confluencia de intereses entre el líder supremo de Irán, el ayatola Alí Jamenei, y el presidente estadounidense. Ninguno de los dos deseaba una guerra frontal. Irán sabe muy bien que no puede ganar un conflicto simétrico contra Washington y ha optado por seguirle combatiendo mediante otro tipo de estrategias, más asimétricas, como las que ha empleado hasta ahora. Al matar a Soleimani, el gobierno de Donald Trump decidió correr, en efecto, el riesgo de detonar una guerra, y hubo varios momentos en los que supo que podía haber arrastrado a su país a un tipo de conflicto que tanto él como la mayoría de los estadounidenses parecen desaprobar, pero logró evitarlo, justamente porque ello tampoco estaba en el interés de Irán.

Pero además de eso, si una de las metas expresas del ayatola era expulsar a Estados Unidos de la región, empezando por Irak, los recientes eventos parecen preparar el escenario para conseguirlo. Y en este sentido, Trump es, paradójicamente, su mejor aliado.

En los hechos, ya hay consecuencias. El parlamento iraquí emitió una resolución que demanda que Bagdad retire a todas las “tropas extranjeras” del país. El gobierno de Irak ya ha solicitado a Washington un plan para que ello ocurra. Lo interesante es que, durante la semana, se estuvo filtrando información que indicaba que la Casa Blanca parecía estar de acuerdo en abandonar Irak. Aunque posteriormente el secretario de defensa Esper lo desmintió y se entiende que el Pentágono se opone rotundamente a ese retiro, sabemos perfectamente cómo piensa Trump. No únicamente por sus discursos y por sus tuits, sino por las decisiones que ya ha efectivamente tomado en cuanto a tropas en sitios como Siria o Afganistán.

Pero si la voluntad de Trump no basta, la situación que ha resultado a partir de los sucesos de la última semana, parece haber quedado preparada para ayudarle a decidirse. Irán no ha terminado de vengarse por la muerte de Soleimani, además de que faltaría alguna represalia por parte de las milicias chiítas iraquíes por la muerte, en el mismo ataque, de uno de sus líderes más importantes. Hay que entender que Teherán y sus aliados trabajan con otros tiempos, prefieren respuestas más paulatinas, eligen cuándo y cómo sorprender y, eligen cuando asumir y cuándo no asumir la autoría de los hechos.

Este tipo de sucesos probablemente se van a intensificar con todo el potencial que ello tiene para elevar nuevamente la espiral hacia niveles peligrosos. Y ello sin considerar lo que podría ocurrir si es que, como parece, Teherán reactiva de lleno su proyecto nuclear.

Quizás dos posibilidades podrían detener la lógica conflictiva que señalo. La primera, si Trump termina efectivamente por sacar a sus tropas en Irak o las reduce, y aún así, seguirá habiendo blancos estadounidenses en otros varios puntos de la región. La otra posibilidad sería si finalmente Washington u otras potencias consiguen involucrar a Teherán en nuevas negociaciones.

Pero al margen de todo ello, hay otra reflexión que se ha vuelto cada vez más necesaria. Por razones financieras, de política interna y de geopolítica, Estados Unidos no parece tener ya la capacidad de tener presencia en todas partes del globo al mismo tiempo. Este tema rebasa a Trump. Su deuda es cada vez mayor y los intereses que genera se vuelven cada vez más difíciles de pagar. Incrementar su presupuesto militar, como lo requiere la competencia armamentista y geopolítica que Washington está teniendo que librar con Rusia y China, conlleva costos muy importantes. Como resultado, Estados Unidos lleva ya años demostrando que necesita priorizar sus recursos y esfuerzos. Además, sus aventuras militares de los últimos 18 años en sitios como Irak o Afganistán tienen ya agotado a un electorado que no comprende cuál es el objetivo de invertir dinero que no se tiene en esas aventuras percibidas como lejanas, ajenas y eternas, y que abrumadoramente aprueba las voces políticas que prometen terminar con ese tipo de guerras.

La percepción del declive relativo del poder de EU para estar presente e influir en los eventos globales ya está provocando vacíos en todo tipo de regiones. Vacíos que otros poderes deciden cubrir. Rusia y China lo han entendido bien. Y si ahora, los eventos de los últimos meses, semanas y días, contribuyen al retiro de las tropas estadounidenses de Irak, se estaría agregando un nuevo vacío al escenario. Actores no estatales como ISIS, o bien, potencias regionales como Irán, están esperando ese momento.

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